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miércoles, 14 de septiembre de 2022

Jarocho: Un continente cultural en sus ritmos

14 de septiembre, 2022 / Función única /
2:00 h de duración / Promotor: FR Producciones, S.A. de C.V.

José Homero

En el principio era el zapateado, y
el zapateo estaba con el ritmo, y el zapateo era el ritmo.
Estaba en el principio con el ritmo y todas las músicas se hicieron de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho se hubiera hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no lo comprendieron”.

Sobre el escenario a oscuras, primigenia nada, emerge un bailarín totalmente enhiesto con los brazos pegados al torso, más instrumento que persona, zapateando insistente, percusiva, enfáticamente, convocando con los tacones nuevas entidades, otras criaturas, que poco a poco surgen de la penumbra, apenas iluminada por círculos, haces lumínicos, que paulatinamente alumbran otros bailarines, dos, tres, cuatro… hasta que se despliega una formación, marcial casi, de diez danzantes masculinos que taconean enfáticos, pretoriana falange a la que se suma otra decena, esta vez femenina, y he aquí que se ha hecho la luz, a base de taconeos, de percusión, de ritmo y tras las dos hileras emerge el último, el número non, singular, cuya danza da cohesión, sentido a esta creación…

En el principio fue el ritmo…
Jarocho
no es un mosaico folclorizante destinado a suscitar suspiros turísticos, tampoco un espectáculo estilo Broadway o un pastiche tropical de Riverdance —en la elaboración de Jarocho participó Richard O’Neal, coreógrafo asistente del espectáculo irlandés—, ni mucho menos una corrupción del son jarocho; acusaciones que durante estos años ha recibido la casi veintiañera obra, sin importar los reconocimientos, entre ellos dos Lunas del Auditorio (2006 y 2007). Comencemos discerniendo que aun cuando el soplo inspirador provenga del son, sería injusto reducir la obra a una apropiación —o reelaboración— del legado sotaventino. Propone, por el contrario, una comprensión del parentesco rítmico de un “continente cultural”, para recurrir a la fórmula de Antonio García de León, del que Veracruz forma parte y cuyas corrientes provienen de tres mundos diferentes: el Mediterráneo, el africano y los sedimentos amerindios.

Notables coreógrafos contribuyeron a esta conjunción: Ernesto Luna Ramírez, oriundo de Tlacotalpan, intérprete de son jarocho; María Juncal, nativa de Las Palmas y discípula de grandes maestros flamencos; Cecilia Lugo, fundadora de Contempodanza; Susana Arenas Pedroso, de la agrupación cubana Raíces Profundas; y Eugenia Castellanos, exintegrante de la Compañía Nacional de Danza y del Taller Coreográfico de la UNAM.

Si Jarocho se sitúa en el género dancístico, lo cierto es que trasciende tal categoría. Descubramos el hilo negro en un texto tejido delicada y abigarradamente con la minucia memoriosa de Penélope, y asentemos que es un tapiz rítmico de una cultura; un ensayo, a través de la sensibilidad, sobre las tradiciones que unen a Veracruz con el Caribe, el sur español y el corazón del África. Su continuo es a la vez diacrónico y sincrónico de los géneros musicales veracruzanos, y por extensión, de otras regiones. Como sabe el aficionado al son —no únicamente al adjetivado “jarocho”—, aquí se entreveran vertientes líricas castellanas, ritmos africanos, melodías ternarias, propias de la ascendencia flamenca, y reminiscencias de la percutividad autóctona. El son es un mole sonoro, una combinación barroca de estructuras, ritmos y acentos.

La narrativa y composición de Jarocho muestran esa confluencia. A un número de danza proseguirá uno musical, si bien hay uno, “Zapateado”, auténtico duelo entre el zapateador y el baterista, que además de arrebatar a la audiencia, remarca —¡y vaya que remarca!— que toda percusión, por compleja que sea, proviene de los pasos del danzarín primigenio, Adán sonoro. El hecho de que tras el taconeo genésico —el ya descrito de “Ritmo” y de la “Obertura”—, continúen el “Colás” y “La bruja”, indica la intencionalidad. El origen es el ritmo, y del ritmo se desprenderá el son jarocho; todo un marco conceptual pero sensible. La visión panorámica da paso a la escenificación de las tradiciones afluentes: los compases binarios africanos, por ello el cuarto cuadro, “Raíces”, tiene ascendencia bantú; la melancolía marinera con aires galaicos de “La sirena”; las correspondencias afroantillanas con “Noche cubana”; la evolución en una música híbrida que conjuga lo popular con lo culto, el danzón de “Salón Veracruz”, sin soslayar las notorias afinidades entre la tradición veracruzana y otros ámbitos, incluso para el neófito, como la rumba flamenca, los aires castizos (“Malagueña”), los sones de otras tierras —de ahí la inclusión de canciones emblemáticas, como “El son de la negra” y “Cielito lindo—; corrientes todas que confluirán en el espectacular número final: “La bamba”, construcción barroca como la que más, de tan conocida no siempre apreciada. Así, además de celebrar la notable labor coreográfica, debe reconocerse un elemento muchas veces soslayado, pero preponderante en la unidad de la obra: la música de Luis Leñero Elú, reconocido compositor de bandas sonoras para el cine, cuyas sonoridades extienden la gama sónica al incorporar toques de jazz y de rock progresivo, interpretados diestramente en vivo —una falla que lamentar: los nombres de los músicos no aparecen en ninguna de las páginas oficiales del espectáculo en las diversas plataformas de internet.

Jarocho, originalmente una encomienda del entonces gobernador de Veracruz, Miguel Alemán Velasco y hoy producido y administrado por el el Fondo de Empresas de la Universidad Veracruzana A.C, trasciende el orgullo regional y resulta una propuesta artística que, en el curso de estos casi veinte años —se cumplirán en 2023 pero los festejos conmemorativos comenzaron esta noche en el Auditorio Nacional— no ha perdido vigencia y continúa siendo ejemplar. Su gran aporte es mostrar el acervo musical de Veracruz. No de un estado sino de una región enclavada en el Golfo y el Sotavento veracruzanos, que, gracias a este panorama, se revela vinculada con corrientes más lejanas: las que bañan las aguas de dos mares de encuentros, el Caribe y el Mediterráneo. El personal bagaje y memoria del autor, un inmigrante caribeño versado en las músicas celtas, sin duda contribuyó a convertir a este cauce, en principio comarcal, en un verdadero océano rítmico.

Concluyo con estos versos de Sánchez de Badajoz, compuestos en evocación de los fandangos americanos:

¡Oh! Quién pudiera tener
unos zapatos de hierro,
para bailar como un perro
cien años hasta caer…

Jarocho en Facebook: https://www.facebook.com/EspectaculoJarocho

 

 

 

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