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domingo, 19 de junio de 2022

La Sonora Santanera con María Fernanda, toda una institución

 Amor a México / 19 de junio, 2022 / Función única /
2:36 h de duración /
Promotor: Muziek, S.A. de C.V.

José Homero
“Nunca serás más bella que danzando / nunca sería yo más devoto amante”, escribió el veracruzano Ramón Rodríguez (1926-2014). ¿El nombre del poema? “Bómboro quiñá quiñá”. A buen seguro, la Sonora Santanera desconoce este tributo de un poeta cuya lírica citó a filósofos y parafraseó a titanes como Eliot, Pound o Robert Frost sin fruncir la nariz ante los ritmos guapachosos, pero lo que no desconoce es que esa expresión es ya parte del acervo popular. Si con el tiempo todo autor se diluye en el anonimato y lo importante es dejar unos versos que se incorporen al idioma, la Santanera tiene mucho que cumplió esa misión, pues muchas frases y expresiones de su cancionero perviven en nuestra habla cotidiana. “Y la Santanera, lo sabe, lo sabe…”.

La singularidad de esta presentación, en una fecha tan simbólica como el Día del Padre, es que el conjunto tropical por antonomasia de México se acompaña de una orquesta sinfónica. Así, tras una breve introducción en video, se corre el telón, y al fondo del foro, iluminado como casino de provincia, aparece una orquesta que abre el concierto con el conocido motivo principal de la Quinta sinfonía de Beethoven. En seguida, coro y orquesta, dirigidos por Odette Tapia, interpretan un popurrí que retoma frases melódicas de algunas de las canciones más populares de la Santanera, hiladas como armonía coral, aunque suene más a un mashup de Beethoven / Santanera. Como en México es fácil tomar la calle de la Solemnidad y desembocar en el callejón de la Cursilería, la cantata concluye con las reconocibles cuatro notas de “leche con pan” sentenciando que “la Santaneeera / la Santaneeera / ya está aquí / ya está aquí”. Fuera penumbra decimonónica y bienvenida a la estética de la lentejuela y de la cadencia bullanguera, únicos vestigios del origen cabaretero y non sancto de esta sonora que, aunque integrada por jóvenes, cumplió 67 años recientemente.

Enfundada en un body negro, refulgente a fuerza de remaches con estrellas y otros apliques, con unas botas altas también rutilantes, emerge María Fernanda cantando “Quiero relatar lo que a mí me sucedió”, y durante unos minutos, con las santaneritas contoneando sus cuerpos turgentes en la retaguardia de los cantantes, pareciera que estuviéramos en uno de esos cabarets hoy perdidos pero inmortalizados en clásicos como Las ficheras (1975) o Las ficheras: Bellas de noche, II parte (1977); filmes, donde, por cierto, actuaron los santaneros originales.

Del mismo modo que ese México de rumberas, cinturitas y ficheras ha quedado en la nostalgia, paulatinamente la Sonora Santanera ha descartado de su repertorio los himnos al arrabal, y sólo permanecen unos pocos porque, si los quitaran, ¿cómo distinguiríamos que estos jovenazos son la Santanera? Canciones que conforman nuestra educación sentimental y maridan ―actualmente más que la cubalibre― nuestros arrebatos de sensiblería y de azote machista, con sus elogios a la vida bohemia y disipada (“los humos del alcohol”, el “vende caro tu amor”), y sus alardes de impotencia, pues únicamente quien fracasa en el amor bebe, brinda y canta ―y paga la francachela

Para no desentonar con el lugar común, citemos a aquel adolescente gangoso que dijo: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, y la Santanera, claro que tampoco lo es; de la original, muerto Andrés Terrones, emblema fundador, sólo quedan el nombre y los derechos que aseguran que la legítima heredera es la señora Yolanda Almazán, viuda de Carlos Colorado. El director es el bajista Juan Carlos Navarrete, El Pollo ―apodo que reiteran los vocalistas para que el público se lo aprenda―; hay cuatro voces masculinas que se alternan la interpretación y María Fernanda se acredita en la denominación del conjunto. Por si no quedara claro, a lo largo del concierto se reitera quién posee los derechos; se le rinden homenajes a Carlos Colorado y a su esposa e hija mediante placas enmarcadas, e incluso, en otro gesto de legitimación simbólica ―y fetichista― se planta al centro del escenario la trompeta del tótem difunto.

Como razonó Plutarco Elías Calles, para perpetuarse, lo que alguna vez fue marginal debe institucionalizarse. La Sonora Santanera es hoy una institución. Y aunque es obligatorio revisar el cancionero institucional (“Perfume de gardenias”, “Noches de cabaret”, “Luces de Nueva York”, “El mudo”, “El orangután”), se han ido asentando gradualmente en la complacencia del bolero (“Capullito de alhelí”, “Pena negra”, “Frenesí”, “Bésame mucho”), muy lejos del registro melodramático de Silvestre Mercado o Terrones y cercanos al formato adocenado con que hoy se cantan los boleros, a la par que se apoyan en invitados de diversos géneros para llegar a nuevas audiencias. Esta noche toman la alternativa Gerardo Montero, Horacio Palencia ―quien mereció la mayor ovación y el único al que el público le reclamó “otra, otra”―, Carlos Cuevas, cuya interpretación de “Mi razón” fue notable, Kika Edgar y Jimena Bringas.

La Sonora Santanera del siglo XXI no vacila en apelar a las emociones de las “mamacitas”, los “papacitos” y los niños; es decir, hoy ofrece “ambiente familiar”. Con su acompañamiento de noveles artistas procedentes de Semilleros creativos en “Sueño infantil”, sus vocalistas masculinos contoneándose como si fueran una boy band, e incluso un sesgado guiño a la comunidad arcoirisada ―aunque tradicionales como son, no se atreven a decir que los clásicos de Alaska y Gloria Trevi covereados son himnos LGBT―, la Santanera busca acomodarse a todos los gustos.

¿Es necesario? Muchos de sus versos, muchas de sus frases, lo sepamos o no, están ya petrificadas en nuestro imaginario. Y en cualquier pachanga, en cualquier antro, incluso cuando el último congal y la última vecindad desaparezcan, resonarán los compases de sus sones, guarachas, merengues, chachachás, boleros, cumbias y bugalús. Nada importa que las referencias zozobren y ya nadie sepa a qué remite la letra de “La boa”, el himno de los santaneros desde sus principios ―aunque el compositor sea Carlos Lico―, con el que concluyen su noche sinfónica. “Patrimonio cultural de la nación!”, proclamaba Mercado refiriéndose a la Sonora Santanera. Y aunque México, lo sabe, lo sabe, quizá la Santanera ―al menos esta encarnación― aún no lo sepa, y por ello recurrieron a los arreglos cultos como si necesitaran de cuerdas y coros para legitimarse. ♪

Programa
Introducción: Popurrí sinfónico / El ladrón / El botones / Por las calles de México / Capullito de alhelí / A ver cómo haces / Frenesí / Todo se paga / El orangután / Cáncer / Que me vas a dar si vuelvo (cover de Valentín Elizalde) / Lo mejor que me pasó / Sueño infantil / El mudo / A muchos años / Perfume de gardenias / Amor de cabaret / Mi razón (con Carlos Cuevas) / Luces de Nueva York (con Horacio Palencia)/ Popurrí: A quién le importa (cover de Alaska) / Todos me miran (cover de Gloria Trevi) / Castigo (con Ximena Bringas)/ Bómboro quiñá quiñá / Ya no vuelvas conmigo (con Kika Edgar)/ De mil maneras / El pescador / Pena negra / Dios sí perdona, el tiempo no / El santanero / Saca la botella / El nido / Dónde estás Yolanda / La boa.

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