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viernes, 8 de abril de 2022

Diego Ojeda: Una vida en letras


Foto: Antonio Torres / Fondo Histórico del Auditorio Nacional

  8 de abril, 2022 / Función única / 2.15 h de duración /
Promotor: Oceransky Music Entertainment, S. A. de C. V.

José Homero
“Seguiré viviendo mis poemas”, dice Diego Ojeda como preámbulo a la interpretación de “Kharma”, confesional a rabiar y más oportuna que la alerta sísmica, con sus menciones a la pandemia y a los “superhéroes dejándose el alma / en algún hospital”. Desde su aparición en el proscenio, la audiencia está predispuesta a interpelar, actuar como patiño, corear las canciones y ovacionar a este otro Diego de la gente. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria hará apenas 36 años, el cantautor comprende esta simbiosis con su público, y también entre su vida y sus composiciones, entre su música y la poesía. Como declaró en una entrevista: “El noventa por ciento de lo que escribo soy yo y por lo tanto todo mi trabajo es un reflejo de mi evolución personal”.

Cuando los límites se diluyen y ser músico y escribir poemas no se oponen, menos contradictorio será recurrir a la métrica y a la vez al lenguaje coloquial. Consciente de que su cancionero es una confesión y sus peripecias de dominio del público, previamente a la primera canción, “Guapa”, pregunta si entre los asistentes hay quienes lo escucharán por primera vez. Varios alzan la mano por lo que añade que entonces dirá “las pendejadas que siempre cuento”.

Con algo de comediante y mucho de juglar, Ojeda necesita contar historias, intercalar anécdotas y demostrar que es uno más de los muchachos. Así, para ostentar que se ha graduado de “chilango”, espeta en su monólogo “chingaos” y “pendejos”. Como si fuera personaje de la comedia del arte, finge asomarse a la sala y asombrarse ante la multitud, exclamando: “¡No mames, son un chingo!”

Diálogo y mímica ratifican el vínculo con los asistentes. Y la grey participa. Por ello, después de que con ironía comenta que sabe bien que están ahí por su físico y no por su música, cada que bebe de un brebaje que afirma es una infusión de jengibre, le gritarán “¡Guapo!”, como si fuera un rolling gag.

Curtido y ducho, así no se haya presentado antes en el Lunario, se conduce con soltura. Bromea, invita a beber ―“mañana sábado y el domingo habrá ley seca”―, excita los músculos del corazón nacionalista, siempre tan sensible y agradecido con las caricias extranjeras y las inefables referencias a Frida, Chavela, José Alfredo, las rancheras, el bolero, el tequila, el mezcal y Garibaldi, y payasea sin exagerar. Incluso se da tiempo para cambiarse de saco y relevar el pocillo de aluminio por una copita a fin de echarse varios alipuses, brindando siempre con los parroquianos.

Con desparpajo, más de pícaro que conquista simpatías mediante el descaro que de trovador bohemio, recuerda a un Jacques Prévert con pinta de reguetonero por su gorra beisbolera, sus coquetos aretes de diamantes y los vaqueros con los bajos remangados. Y aun cuando es un músico reputado, un autor ya de cinco libros con ventas exorbitantes, y propietario de un próspero sello que fomenta los versos de frases eficientes para ganar miles de likes, se trasluce cierto anhelo por una fama aún mayor. No importa que afirme que le “vale madre lo que piensen. / No sueño con sonar en el dial”. El espectáculo, además de historias y anécdotas, ofrece, de tanto en tanto, poemas, uno de los cuales reitera que “hay cantantes que no suenan en la radio”.

¡Qué importa eso! ¿Quién cambiaría un público que corea las canciones y recita líneas con memoria que ya quisieran los actores de telenovelas por un Oscar? Hay en este auténtico animador ―de la escena de la trova, del mundo editorial―, un afán de agradar. Se afana en caer bien, en cantar y contar, pero también en celebrar a sus amigos, a sus invitados, proclamándolos, a cada uno, sus compositores favoritos. Así desfilan Zabdiel, Chano Guardado, Loli Molina ―con quien interpreta el tema que da nombre a la gira, Como nunca pero como siempre, en lo que es musicalmente el mejor momento del programa―, y Ale Zéguer, recibida con una gran ovación, silbidos y piropos, con la que canta “Ojalá que sí”.

Auténtica velada, más propia de las viejas tascas, mesones y peñas que de las salas indie, a cuya atmósfera intimista contribuyen los acordes del piano de Eduardo Esquivel, su acompañante en la mayoría del repertorio, a medida que avanza la noche los versos van creciendo en extensión. De igual modo el vate se advierte más cómodo ―lo denotan sus gestos: cambia los ademanes declamatorios del principio por movimientos más espontáneos―, y si las canciones son ampliamente celebradas, no menos lo es “Mi chica revolucionaria”, el tótem literario de Ojeda. No por nada, para finalizar el generoso recital de más de dos horas de duración elige como despedida otro poema, no sin antes acotar que espera que haya sido el primer concierto de muchos. ♪

Programa
Guapa / Kharma / Once meses / Me gustaría / Por ti / Una vez por semana / La talla de tus vaqueros / Estrella polar (con Zabdiel) / ¿A qué diablos volviste? (Zabdiel solo) / El mejor experimento / Puedo verte ahora / Corazón (con Chano Guardado) / Como nunca pero como siempre (con Loli Molina) / Mi chica revolucionaria / Quiero / Almohadas / Ojalá que sí (con Ale Zéguer) / Cosquilleo/ Encore: Incendio / Cómo te digo / Poema.

 

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