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domingo, 27 de marzo de 2022

Cyrano de Bergerac: Del hombre a su nariz pegado

National Theatre Live / 27 de marzo, 2022 / Función única /
2:40 h de duración /
Promotor: Lunario.

José Homero
Hubo un tiempo en el que las pullas se respondían con ingenio, sarcasmo y métrica exacta en vez de con bofetadas. Que un caballero contestara a una estocada verbal con una embestida, como si careciera de la herramienta primordial humana, el lenguaje, hubiera sido degradante. Oprobio aún mayor si el agresor fuera un comediante; sería una admisión de impotencia. En inglés, “spirit” (espíritu) en ocasiones sustituye a “wit” (ingenio); el pobre de espíritu lo será también de inventiva para las invectivas.

Ningún personaje tan diestro en el manejo de los filos como Cyrano de Bergerac, campeón de los duelos poéticos y de los lances letales. Figura arraigada en el imaginario, sus atributos e historia provienen de la creación epónima de Edmond Rostand y no del Cyrano histórico, libertino, libelista y espadachín. El ardid de que un galán apuesto pero torpe con las palabras se valga de un asesor creativo para enamorar a una doncella arisca se ha recreado tanto en películas como en episodios de comedias televisivas (Los Simpson, Seinfeld, Don Gato, Family Guy). El doble ―de voz y de lenguaje― ya no requiere ser narigón ni varonil, como en las versiones libérrimas de las comedias fílmicas Admiradora secreta (David Greenwalt, 1985) o La verdad acerca de perros y gatos (Michale Lehmann, 1996), entre muchas, donde los roles se trastocan y las heroínas son mujeres y hombre el objeto de deseo.

Todo cabe en Cyrano sabiéndolo acomodar. La adaptación del tardovanguardista Martin Crimp se inscribe en esta dinámica de recreaciones, interpretaciones y aggionarmentos. Nos sitúa en 1640, pero no hay decorados figurativos ni indumentaria de época ni héroe narizón, y los diálogos se urden en pareados procedentes del rap sustituyendo los versos alejandrinos evocativos del teatro clásico francés de la época histórica. El yermo escénico y la vestimenta callejera de los personajes ―la escenografía y el vestuario los diseñó Soutra Gilmour―, como si hubieran escapado de una novela de Irvine Welsh, contribuyen a que el registro se concentre en la ficción que configuran las palabras, “la verdadera esencia de la obra”, según confiesa Jamie Lloyd, su director, en una entrevista.

El universo de Cyrano siempre ha sido lingüístico. Si en el principio era el verbo, en el desenlace del drama la agonía incluye una actuación postrera del protagonista, pues “un hombre siempre debe decir la última palabra”. Sustentada en su único material insoslayable, el verbal, la obra acentúa la cualidad de conjuro, de hechizo de palabras, de toda representación, ejemplificando y amplificando su eje rector: el simulacro a través del lenguaje. Simulación e intercambio de dualidades y personalidades entre Cyrano y Christian, y simulacro entre la pareja integrada por él y Roxane, cumpliendo el adagio de que una pareja se compone de tres. La contradanza se resuelve en el lance homoerótico de Christian tras la revelación del amor de Cyrano por Roxanne.

No hay espectáculo sino “representación”. Por ello, la escena en la oscuridad donde se comprometen Christian y Roxanne ―el famoso beso― alude a la ceguera como un espacio propicio al imaginario. En paralelismo compositivo, el drama concluye con un Cyrano cegado por la pólvora, pero recompensado por el amor de Roxanne, del mismo modo que dejó de ser un bardo inédito para convertirse en autor publicado. Nótese cómo sus palabras dejan de estar vivas para permanecer una vez que muera. La alusión es, pese a la oscuridad, evidente: todo personaje, toda situación y todo amor son construcciones imaginarias.

Reflexión posmoderna, es también una alegoría de los límites de la libertad de expresión, cuya gama trasciende el tópico del escritor libelista que se enfrenta anónimamente al poder y a la represión institucional. La libertad fluye en el tránsito del verso a la prosa, en el desenfado con respecto al canon clasicista, y en las licencias que se toma la adaptación al deconstruirla/reconstituirla en una fábula de cultura callejera con sus duelos de ingenio rimados, evocando las batallas del rap, sus guiños al scratching verbal y la cita al stand-up en el soliloquio del charlatán agónico.

Salpimentada con referencias al mundo de los escritores y los editores; con zumbonas alusiones a la cultura de la “cancelación” y la “apropiación cultural”, y con un elenco multirracial y anti-estereotipos, sería menos creíble sin los méritos de las actuaciones de James McAvoy, quien revela una gran gama histriónica, capaz de pasar de las expresiones más sutiles a los arrebatos más temperamentales en segundos, de Anita-Joy Uwajeh, cuya heroína woke insufrible es más que verosímil, y de Eben Figuereido, como galán lerdo pero honesto. Todo ello convierte a este clásico adocenado en un cuadro vital contemporáneo. ♪

Director: Jamie Lloyd
Traductor/Adaptador: Martin Crimp

Diseñadora de escenografía y vestuario: Soutra Gilmour
Diseñador de Iluminación: Jon Clark

Diseño de sonido y composición: Ben y Max Ringham
Movimiento escénico (peleas): Kate Waters
Movimiento Adicional: Polly Bennett

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