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sábado, 12 de septiembre de 2020

Matute: Fiesta para la esperanza

En línea desde el Auditorio Nacional / 12 de septiembre, 2020 / 
Función única / 2:47 h de duración / Promotor: E-ticket.

 Jesús Quintero

Una de las más altas virtudes de la nostalgia es que nos ofrece el pasado de manera editada, sin escenas aburridas, dolorosas o regidas por la obligación. La nostalgia es un parque temático en que todo —empezando por nosotros mismos— es bueno, luminoso e inocente. La invocamos y nos regodeamos en ella porque a estas alturas nuestras ilusiones rotas no son pocas, porque el suelo que nos sostiene parece frágil o el futuro no se ve brillante.

Sea cual fuere su naturaleza, el sexteto mexicano Matute ejerce la nostalgia en su primer concierto en línea desde el Auditorio Nacional con entrega profesional y un declarado gusto por la fiesta, sin intimidarse por las casi diez mil butacas vacías que se iluminan a sus espaldas. Saben que en miles de dispositivos, ubicados en Centro y Sudamérica, sus fans están conectados a este singular show que acata los protocolos que la pandemia impone: poco antes de llegar al escenario, los miembros del grupo se sometieron a la prueba para detectar al maligno virus y su staff porta cubrebocas todo el tiempo.

Como en las transmisiones de ópera en vivo desde el Met de Nueva York, el poder mágico de la música rebasa el hecho de que cámaras situadas estratégicamente transmitan detalles y generalidades de lo que sucede en el foro. Jorge D’alessio (teclados, voz); Tana Planter (voz); Ignacio Izeta (guitarra y voz); Irving Regalado (batería); Pepe Sánchez (teclados) y Paco Morales (bajo) se saben acompañados a la distancia y su adrenalina asciende mientras revisan el repertorio que en los ochenta marcó con fuego a quienes se lanzaron a conquistar su independencia mientras en Frecuencia Modulada sonaban, entre otros, Alaska y Dinarama, Flans, Timbiriche, Hombres G, Luis Miguel, Caifanes, Daniela Romo, Juan Gabriel, Yuri y La Sonora Dinamita.

La acumulación de estilos musicales parece arbitraria, pero con catorce años de trayectoria Matute posee un retorcido colmillo. Sabe crear combinaciones que asaltan el corazón y, como centellas, hacen arder los recuerdos de los “chavo rucos” que cantan y bailan una de Parchís —que tiene a Tino Fernández como invitado—, de Chico Che, Miguel Bosé, Soda Stereo y Rocío Banquells… Lo que se aprecia en las pantallas de lap-tops, celulares y tablets es apenas la mitad del reventón; la otra tiene lugar en salas, cocinas y rincones favoritos de miles de casas donde no faltan botanas y bebidas. Las sonrisas y la emoción que se advierten en fotos y videos enviados a Matute por sus seguidores son muestras del poder sanador de la música y de las ganas que hay de quitarse de encima el miedo.

Matute ofrece a una generación lo que no conoció en su primera juventud: la posibilidad de escuchar en vivo docenas de sus canciones favoritas, coloreadas con ritmos y riffs de temas populares en aquella década, rica en propuestas sonoras pero, en estas tierras, exigua en conciertos y no se diga en festivales. Nadie pone objeción en que el sexteto trence con ánimo festivo la base rítmica de “We will rock you” de Queen con “La Negra Tomasa” de Caifanes, o “Santa Lucía” de Miguel Ríos con “Everybody wants to rule the world” de Tears for Fears. El hecho de que el grupo entregue popurrís y eso signifique fragmentar himnos de amor y truene, no admite réplica, pues si con esa vigorosa iniciativa su concierto dura cerca de tres horas, ¿cuánto tendrían que estar sobre el escenario si interpretaran los temas íntegros?

Los de Matute disfrutan tocar con el volumen a tope, pero también les emociona la bohemia y al estilo del Piano Bar del Chato —extinto refugio en la Zona Rosa donde un piano era también mesa y escenario para que profesionales y espontáneos entonaran versos de Agustín Lara— se reúnen en torno a dos teclados, tequilean, cantan a Ricardo Montaner, agradecen a Dios, a sus fans y a su equipo la oportunidad de regresar al Auditorio Nacional y además de emitir un mensaje de amor a quienes han perdido seres queridos en estos meses extraños y desear que el Creador proteja a todos y cada uno, recomiendan enfáticamente el uso de cubrebocas.

Se despiden con “Vive” de Napoleón, que no sacude directamente las caderas, pero sí a la esperanza, tan petrificada en estos últimos seis meses, y a la reciedumbre de un país y de un continente que quiere volver a abrazarse y cantar.

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