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domingo, 12 de agosto de 2018

Macbeth y Mad Max se encuentran



National Theatre Live, temporada 2018 / 12 y 13 de agosto, 2018 /
 Dos funciones / 2:40 hrs. de duración /
Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del
Auditorio Nacional – Embajada Británica.

Jesús Quintero
Si unos seres sobrenaturales te profetizan que llegarás a poseer la autoridad para aplastar a tus rivales y ser reverenciado como amo y señor, ¿apresurarías los hechos o esperarías a que las piezas se integren para que el destino te alcance más tarde que temprano?


Estrenada probablemente hacia el año 1606, Macbeth de William Shakespeare mantiene su vigencia porque la ambición humana parece inalterable y sigue espoleando a los ávidos de poder con la misma saña que hace cuatro o seis siglos.

La trama es bien conocida, pero se vale recordarla: Macbeth, general del rey de Escocia, regresa de una campaña militar cuando se topa con tres brujas que le vaticinan que llegará a ser barón y posteriormente rey. Al hacerse realidad una parte de aquel augurio, Macbeth, empujado por la sed de poder de su esposa, asesina a Banquo, compañero de armas y padre —según las brujas— de futuros reyes. Este hecho desencadena trágicos acontecimientos, dejando al descubierto las consecuencias más terribles de la codicia, el ansia de poder y la avaricia.

La producción sombría y a menudo gore de Rufus Norris (responsable de la magnífica puesta de The Threepenny Opera) se aprovecha de tan truculenta historia y busca ser una representación visual de un estado post-apocalíptico donde la ley y el orden se han roto.

En el papel principal, Rory Kinnear —multipremiado actor de ópera, teatro, cine y televisión— encarna a un hombre de apetitos intensos que no sabe estarse quieto. Kinnear tiene un amplio historial shakespeareano, pero aquí, acaso por la escenografía que parece opacar a los histriones, y por el exceso de sangre y vísceras de las que se vale Norris para impactar a los espectadores, el sentido trágico del personaje se diluye en una serie innecesaria de gestos grotescos.

Más equilibrada parece Anne-Marie Duff como Lady Macbeth. Hay en su mirada una vulnerabilidad que se torna en la de una atrevida, y hacia su cónyuge despide una calidez y una feroz pasión que se convierten en horror a medida que su locura se desenreda espectacularmente.

Pero las buenas actuaciones de un puñado de implicados no impide que los delirios a lo Mad Max sobre el escenario enturbien muchos instantes. La gran rampa que domina el escenario es más un obstáculo que un trampolín. Y aunque siempre se agradece la actualización de los clásicos, el diseño escénico de Rae Smith nos hace sentir que Macbeth y señora poco tienen que hacer en un banquete que parece un rave armado con más ganas que recursos.

Como sea, al final Shakespeare a todo se impone. ♪

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