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domingo, 29 de abril de 2018

Allegro sinfónico para niños que saben ver con los ojos cerrados


 
Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Allegro sinfónico para niños. Cuentos y voces / Orquesta Sinfónica de Minería;
Raúl Delgado, director. Sasha Sökol, narradora / 29 de abril, 2018 / 
Función única / 1:35 hrs. de duración / 
Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Julio Alejandro Quijano
¿Lo ves o no lo ves? Entró por la puerta de emergencia, esa que está junto a las butacas de la décima fila. Pesa unos quinientos kilos, creo. Tiene trapío y es astifino. ¡Mira cómo trota! Es un toro de lidia de buen encaste, dirían los conocedores.


¿Ahora sí lo ves? Viene de regreso, ahí por donde están los violinistas. Levanta la arena del proscenio y ¡embiste la muleta del barítono Josué Cerón! Llega el momento de la estocada y… “¡Toreador, cuidado! ¡Toreador, toreador! Y recuerda, sí, / recuerda al torear / que unos ojos negros te miran, / ¡y que el amor te espera, toreador!”.

¿No lo viste? Ah, es que no cerraste los ojos.

Porque esto no es un concierto de la Orquesta Sinfónica de Minería en el Auditorio Nacional. Es la Plaza de Toros de Sevilla, en donde el torero conocido como Escamillo sale en hombros mientras que su amada Carmen no sabe si irse con él o con don José, un cabo del ejército. Porque ella quiere a ambos. Mírala, ahí está, lava su ropa, muerde una manzana y canta: “El amor es un pájaro caprichoso que nadie puede domesticar / y desperdiciarás tu tiempo si lo tratas de atrapar”.

Pero para estar ahí hay que hacerle caso a Sasha Sökol, la narradora, que pide a todos mantener los ojos cerrados para entrar a la Maestranza y también para ir hasta Hungría, que es un trayecto bastante complicado porque estamos a mediados del siglo XIX y por tanto no hay aviones ni automóviles. En el viaje también van Johannes Brahms y un amigo suyo que es un virtuoso del violín.

Sasha nos guía con la voz: “El camino comienza en Viena y la distancia hasta Hungría es como si fuéramos de aquí a Toluca. En auto sería una distancia corta pero sin los transportes modernos es toda una aventura en la que encontramos músicas exóticas que inspiran en Brahms veintiún piezas de ‘Danzas húngaras’”.

Si te cuesta trabajo imaginarlo, por encima de la orquesta hay cuatro pantallas en la que se proyectan imágenes que recrean el folclor húngaro y que son obra de Nicolás Chirokoff, diseñador gráfico francés que vive y trabaja en México desde 1997.

Las ilustraciones aparecen en todas las travesías y a veces tienen movimiento, lo que las convierte en el paisaje perfecto. Así sucede cuando hay que ir al reino de Salerno, al sur de Italia. La orquesta hace sonar la perversa ilusión de Don Magnifico: quiere que una de sus dos hijas —que no son bonitas ni simpáticas— se case con el príncipe Ramiro. Al mismo tiempo, en la imaginería de Chirokoff se ve el avance de una carroza con forma de calabaza en la que va la joven Cenicienta, que es obligada a trabajar como criada en casa de su padrastro.

“¿Reconocen la obra?”, pregunta Sasha. Aunque aquí no hay madrastra malvada ni zapatilla de cristal perdida como en la versión de Disney, la emoción explota cuando la orquesta llega al final de la pieza de Gioachino Rossini en la que, para coraje de sus hermanastras, Cenicienta se casa con el príncipe y ya nunca más tendrá que fregar pisos.

Pero no todas las historias de amor tienen final feliz. La del señor Gato es triste y desgraciada… o por lo menos eso se deduce al escuchar su último diálogo: “Miauuuuu, miauuuu, miau, miau”. Es que el señor Gato quiere enamorar a la señora Gata, se le acerca y trata de acariciarla con su cola pero ella es arisca y gruñe. La pieza se llama “Dueto para gatos” y es un divertimento escrito con base en música también de Rossini, en el que sólo hay maullidos y termina cuando ella lanza arañazos mientras él se resigna al desamor felino.

¿A los gatos sí los ves, cierto? Ni siquiera hace falta cerrar los ojos porque son interpretados por la soprano Anabel de la Mora y el barítono Josué Cerón, a quienes minutos después vemos nuevamente pero ahora con unas alas enormes y plumas de todos los colores posibles.

Se llaman Papagena y Papageno e igual que los gatos se comunican en forma peculiar. Sasha lo advierte: “Escucharemos cómo se presentan los personajes de esta aria que forma parte de La flauta mágica, de Mozart. Ellos se enamoran y se dicen sus nombres de una manera peculiar”.

“Pa-pa-pa-pa”, dice él. “Pa-pa-pa-pa”, responde ella. Las carcajadas que provocan son la muestra sonriente del genio de Mozart y también del tino con que la Orquesta de Minería eligió el programa de este Allegro Sinfónico, presentado con motivo del Día del Niño y que le enseña a niños, jóvenes y adultos que la música clásica sí les gusta… sólo que no lo sabían.

Con diez obras bajo la dirección de Raúl Delgado el público conoce tierras lejanas y personajes fantásticos.

La última pieza se llama “Marcha Radetzky” o lo que es lo mismo “Cómo echar relajo con globos gigantes y miles de papales de colores”. Sasha es otra vez la que advierte: “Es hora de divertirse, ya lo verán”. La marcha, compuesta por Johann Strauss para celebrar la victoria de los austriacos en la batalla de Novara, se convierte en una fiesta donde Sökol toma la batuta y juega a dirigir la orquesta en tanto que el público aplaude, brinca y corre a golpear los globos. Para entonces, sobra decirlo, ya no hay adultos, todos son niños.

Un director que no usa el pulgar
Es un detalle pequeño. Menor hasta el punto de que pocos lo notan durante el concierto pero da cuenta de los nuevos tiempos que soplan en los podios de orquestas: el director Raúl Delgado no tiene partitura en papel sino en tableta electrónica. No requiere de apoyarse en el pulgar para dar vuelta a la página, usa sólo el índice para darle scroll al archivo.
Tiene que ver, sí, con la edad (no llega a los treinta años) pero también con la actitud con la que Delgado, nacido en una familia de músicos venezolanos en 1989, prepara este tercer Allegro Sinfónico (los dos anteriores se realizaron en este mismo foro en 2017).
Durante el ensayo, los músicos se sacuden el estigma de seriedad que suele perseguir a los integrantes de las orquestas. Sin perder disciplina, colaboran para el montaje de breves rutinas de humor que se integran a la función más tarde.
Así Sasha Sökol platica con el primer violín Mykyta Klochkov: “Usted debe cuidar mucho de su instrumento, maestro. Pero tiene la ventaja de que saliendo de aquí, lo guarda en el estuche y se puede ir de fiesta toda la noche”.
La conversación da pie a la entrada del barítono Josué Cerón, a quien Sasha le pregunta: “A propósito, ¿usted cómo cuida su instrumento, que es su voz?”. Él responde: “Bueno, duermo mucho, evito los irritantes, tomo muchos líquidos. Yo no puedo quitarme el instrumento y guardarlo para irme de fiesta… como hacen otros compañeros”. Mykyta voltea y acepta la ironía con una sonrisa generosa.
La conexión con el público, ya durante la función, se debe en gran parte a este ambiente. (J.A.Q.)

Programa
Obertura de Las bodas de Fígaro (Wolfgang Amadeus Mozart) / Dúo Papageno y Papagena de la ópera La flauta mágica (Wolfgang Amadeus Mozart) / Obertura El murciélago (Johann Strauss hijo) / Obertura Carmen (Georges Bizet) / Toreador (Georges Bizet) / Danza húngara (Johannes Brahms) / Obertura de Cenicienta (Gioachino Rossini) / Dúo para dos gatos (Gioachino Rossini)/ Obertura de Caballería ligera (Franz von Suppé) / Obertura de Guillermo Tell (Gioachino Rossini) / Marcha Radetzy (Johann Strauss padre).


Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Marie Pain / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Toni Francois / Colección Auditorio Nacional.

Foto: Toni Francois / Colección Auditorio Nacional.

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