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martes, 5 de diciembre de 2017

Sofía Niño de Rivera: Acto de amor y humor



No es el de Netflix / 5 de diciembre, 2017 / Función única /
1:40 hrs. de duración / Promotor: Multiopciones de Entretenimiento S.A. de C.V.

Gustavo Emilio Rosales
Repasemos sus síntomas: dolor agudo en la zona que compromete los cachetes, el arco de Cupido y el hueco del mentón, a raíz de una risa irrefrenable; huracán en la panza, de tanto estimularla a carcajadas; enigmáticos ataques de una efervescencia en la que se mezclan estornudos malogrados, tos jocosa y una rara fricción en la potencia de goce, semejante al recorrido del chile que, mezclado con un sorbo veloz de refresco, se nos sube a la nariz; ensueños. Ni duda cabe que usted padece los efectos fisiológicos de una noche de humor desatada por Sofía Niño de Rivera, la mujer que ahora tiene en su puño la alegría de diez mil personas, con tan sólo hacer uso brillante de la (im)pura verdad.


Bella, Sofía hace el papel de una mujer poco agraciada, pero absolutamente segura de sí misma, ya que ha decidido no deber nada al mandato de cumplir con moldes instituidos de estética social. He aquí una llave maestra por medio de la cual la comediante nacida en la Ciudad de México, a inicio de los ochenta, abre la percepción de almas dispuestas a comer de su mano: la contradicción de lo real sorprendida en el acto —“con las manos en la masa”— y transmitida sin anestesia por medio de una lengua karateca, que no toma prisioneros.

No va sola contra el mundo, sino que es el mundo en sí, deambulando por un cuarto tapizado de espejos. A la manera del antiguo filósofo Diógenes de Sinope, apodado, para orgullo propio, como El Perro, adopta las complejidades del alma humana en su justa medida e inocula en cada frase un virus de certeza que tiene la misión de poner freno a las posturas rimbombantes, a los bailes de máscaras, a las transas de mago de feria por medio de las cuales los hombres de poder ganan más poder. “Hablando de muertes, con lo que empecé, díganme por aplauso dónde están los casados… ¿Ven? Un aplauso triste, cansado, deprimido; gracias por usar la única energía que les queda para participar en mi show, yo sé que la están guardando para que funcione su matrimonio, pero les tengo una mala noticia: no va a funcionar…”.

Viste toda de rojo, pero ni aún así condesciende al albur, a la banal vulgaridad. Se sabe inteligente, perspicaz. Sale de noche a cazar su presa predilecta: la percepción de espectadores que apaciblemente pastan en las praderas de los usos y costumbres. “Entonces, me pasó por la cabeza exactamente lo mismo que están pensando ustedes…”, dispara, justo después de narrar un malentendido en el que ha puesto en juego una parte del cuerpo de su novio, y la multitud reacciona como brasa frente al aire: se torna espuma que va de risas a sonrisas. Así eres, así soy; es lo que hay. Sofía —nombre de una antigua diosa del saber— nos muestra lo que somos bajo los maquillajes y el disfraz utilizados para erigir la identidad, y esa revelación, que pudiera fulminarnos, desata hilaridad. Es la teoría de la comedia encarnada en una actriz que cumple con destreza la misión más alta de sus género y estilo artísticos: revelar y punzar, embromar revelando.

Si fuera del recinto el clima frío va en aumento, dentro de él los asuntos humanos se calientan progresivamente, con la audaz sapiencia histriónica de Sofía como dispositivo radiador. La ruta de su arte visita los parajes de la autocrítica, el absurdo, la burla inapelable y ese tipo de confesión fatal que atinadamente hemos dado en llamar sincericidio. Ni siquiera sus papás, aquí presentes, quedan a salvo de una metralla humorística que tiene como guía el concepto de que, entre más mal estés, estás mejor, pues pocas cosas peores te pueden ya pasar. A manera de emblema de este enfoque teatral basado en el sarcasmo, el espectáculo comienza con un telón cerrado, pero transparente; alcanzamos a divisar una silueta femenina que suponemos sería Sofía, quien se eleva a metros de distancia del piso y cae. Se escuchan gritos de horror. ¿Algo ha fallado? ¿Fatalidad? Cuando Sofía aparece, la muchedumbre se rinde ante ella, con aplausos y vítores. “La muerte pone en perspectiva los hechos”, afirma, “si ahora yo me equivoco o no les gusta mi show, pensarán cual consuelo que podría haber sido peor: podría haber muerto”. Ante tal argumento y sus multitudinarias consecuencias a la vista, se traza con énfasis la posibilidad de que reírse de uno mismo se convierta en una esperanza veraz y siempre disponible. Acto de honestidad, acto de amor: acto de humor.

Así soy, y qué
La traducción al idioma español del término stand-up comedy sería comedia de pie, aunque también se le llama comedia en vivo o comedia de improvisación. Se trata de un desarrollo verbal de anécdotas humorísticas que lleva a cabo un actor que no intenta representar personajes, sino encarnar preocupaciones, anhelos, vicios y sucesos inconfesables, que podrían estar estrechamente relacionados con las obsesiones cotidianas de su audiencia. Aunque el género es nombrado en idioma inglés, incluso en países hispanohablantes, su origen antiguo involucra el desempeño público de bardos, trovadores, merolicos y pregoneros de numerosas tradiciones. En América Latina es fuerte la influencia de esta manifestación artística, al grado que comediantes famosos, como la argentina Malena Pichot, devienen en territorio propio de líderes de opinión.
La sorna y el desparpajo con que Sofía adereza sus cómicas rutinas provienen, según declaraciones de la propia standupera, del bullying (acoso físico y emocional) ejercido por sus hermanos sobre ella. No importa si este hecho es falso o verdadero, lo significativo es que implica una estrategia quizá infalible para desatar el humor: la violenta señalización de lo ridículo y absurdo, ejercida con ingenio que se solaza en tintes de crueldad, mientras teje los rizos de la ironía más afilada. No pocos chistes famosos —Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”; Les Luthiers: “Hay un mundo mejor, pero es carísimo”— parten de dicha condición.

Niño de Rivera —quien ha sido amenazada de muerte en las redes sociales, debido a lo picante, quizá incómodo, de su juego de ironía— logra el prodigio de llenar el Auditorio Nacional con un programa de stand-up que no se aleja de la convención que el género establece para su propio ecosistema: bares, teatros pequeños, salones de fiesta. Con un telón cerrado tras ella, por cuya transparencia se vislumbra una serie de grandes lámparas ambarinas, recortadas sobre un fondo azul cobalto, se limita a deambular por una zona acotada del proscenio. Conversa con un público legión como si compartiera una cuita o una ventura con dos o tres cómplices de café favorito. Un fenómeno, sin duda, en el circuito convencional del espectáculo. (G.E.R.)

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