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lunes, 25 de septiembre de 2017

Rosencrantz y Guildenstern han muerto: Filosofía a ras de suelo


National Theatre de Londres presenta / 25 de septiembre y 1 de octubre, 2017 / Dos funciones / 
2:40 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional – Embajada Británica en México.


Fernando Figueroa
En 1966, con apenas veintinueve años, Tom Stoppard tuvo el atrevimiento de crear una obra a partir de personajes secundarios de Hamlet, de William Shakespeare, y de esa forma surgió Rosencrantz y Guildenstern han muerto, hilarante historia en la que dos jóvenes comunes y corrientes filosofan a su manera en torno a lo absurdo de la vida y la inexorable muerte.

Mientras el mítico personaje del Cisne de Avon es ejemplo de profundidad y concisión, los creados por el dramaturgo británico de origen checo divagan de manera profusa y confusa, aunque de pronto dan en el clavo y llegan a las mismas conclusiones que el príncipe de Dinamarca.

En diversas entrevistas, Stoppard ha dicho que le gusta hacer teatro para un público “preparado y con perspicacia intelectual”. En este caso se requiere conocer, al menos, la sinopsis de Hamlet y detectar el tono irónico en esta especie de paráfrasis que el autor dirigió en el cine, en 1990, con Tim Roth y Gary Oldman en los papeles principales, obteniendo el León de Oro en el Festival de Venecia.

En el teatro Old Vic de Londres —donde la obra se estrenó comercialmente hace exactamente medio siglo— la dirección corre a cargo de David Leveaux y el elenco lo encabezan Daniel Radcliffe (conocido por encarnar a Harry Potter es la saga fílmica) y Joshua McGuire, quienes forman una genial mancuerna a la que se une David Haig como el líder de la troupe que, por indicaciones de Hamlet (Luke Mullins), representa La muerte de Gonzaga ante el usurpador Claudio (Wil Johnson) y Gertrudis (Marianne Oldham). El grupo de saltimbanquis también cobra mayor relevancia en la obra de Stoppard que en la de Shakespeare, mostrándose como un puñado de extravagantes artistas callejeros que son capaces de prostituir no sólo su oficio sino también el cuerpo.

Las carreras profesionales del grupo Monty Python y de Tom Stoppard nacen a principios de los sesenta del siglo pasado y entre ellas hay evidentes conexiones. En ambos casos condensan el flemático humor británico que combina temas cultos con asuntos populares. En Rosencrantz y Guildenstern han muerto resulta gracioso que Hamlet aparezca de manera esporádica con azotes emocionales y su desdén hacia Ofelia (Helena Wilson).

Cuando Stoppard presentó la versión fílmica dijo que en el teatro todo se da en un plano intermedio, mientras que en el cine existe la posibilidad de mayor profundidad visual. En ese momento él no imaginaba que, gracias a la tecnología, su obra sería representada en la capital británica y al mismo tiempo sería vista en cientos de pantallas alrededor del mundo.

La experiencia híbrida de ver teatro gracias al video tiene obvias limitaciones, pero se compensan si el director de cámaras logra un acercamiento en el momento justo; por ejemplo, cuando el cabecilla de la compañía hace gestos o señas obscenas para explicar que sus pupilos están dispuestos a todo.

En el montaje de David Leveaux no hay mobiliario, sólo lienzos con nubes a manera de paredes, objetos que entran y salen, y un telón que advierte en qué momentos la troupe no está en su “vida real” sino ejerciendo la profesión actoral. Como parte de su show, en escenas breves tocan música festiva, como de circo, con clarinete, sax, tambor y acordeón.
El público sale del Old Vic y del Lunario con la sensación de que, en efecto, “el mundo es la suprema carnicería”, “la eternidad es un pensamiento terrible” y “estamos a la deriva en el tiempo”, pero a final de cuentas una carcajada lo resuelve todo.

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