sábado, 2 de septiembre de 2017

Hernaldo Zúñiga: La revolución sentimental

Olor de luna / 2 de septiembre, 2017 / Función única / 2:20 hrs. de duración /
 Promotores: Tulio Bagnara Vivanco y Milton Bitelbick.

Gustavo Emilio Rosales
“La luna se puede tomar a cucharadas”, afirma Hernaldo Zúñiga con la voz prestada de un poeta chiapaneco que también escribió: “Si pudieras escarbar en mi pecho y escarbar en mi alma y escarbar por debajo de las tumbas, no encontrarías nada. Es sólo el tiempo el que nos pone algo en las manos: una fruta, una piedra, algodones o vidrios”.

Su porte y señorío contrastan con la imagen del satélite aludido. Viste de negro, por completo y sin afeites. Siempre delgado, al parecer está atrapado en algún hechizo de juventud perpetua, similar al padecido por un famoso personaje de Oscar Wilde, pues su corporalidad resta al menos dos décadas a las sesenta y dos primaveras que cronológicamente lo definen. 

Canta: “¿A dónde va la neblina de una tarde junto al mar?”, y una tormenta de suspiros bate la penumbra que lo enmarca. Zúñiga y cuatro buenos músicos transforman la canción en un lugar de encuentro pasional. Al arte dan su amor y son correspondidos por un público mixto, que no escatima elogios y declaraciones atrevidas.
El nicaragüense afincado en México hace canciones que dan fortuna a otros cantantes, quienes les han otorgado un pundonor particular; además, él mismo las interpreta con sabia dedicación tonal. Pero no sólo eso, también gusta de hablar. Así, entre temas que evocan versiones de éxito masivo, platica largo y tendido. Su voz es un poder y lo sabe. Terciopelo acústico que mantiene en vilo a más de un corazón. Discurso de emociones. Dice y se desdice; comenta acontecimientos que modifican o corrigen a la anécdota inicial.
De esta manera se sabe de su vida y del vaivén de los ancestros artísticos que invoca para sazonar el recital: Jaime Sabines (el de la luna a cucharadas), Violeta Parra, Miguel Hernández en boca de Serrat, Fernando Pessoa en acuerdo con su heterónimo Alberto Caeiro; sus mudanzas de casa; itinerarios por Chile, España, Portugal; sus jornadas como estudiante de Derecho en América del Sur; su combate particular con los caprichos de esta guitarra que casi nunca sale del hogar y que ahora comienza a meterlo en problemas.
El auditorio lo escucha, como hipnotizado. Quizá esta entonación pausada, en mismo tono y ritmos, sea una creación intencional del cantante para lograr el efecto cautivador que barniza la sala repleta con un cariz devocional. Los acentos provienen de alguien que súbitamente quiebra el encantamiento y grita: “¡siempre te he amado!”; entonces las olas de energía colectiva comienzan a adquirir cierta bravura.
Zúñiga está en lo suyo. Se regocija con sus propias canciones como si fuese la primera vez que las aborda, como si le estuviera dando serenata a Hernaldo. Hacia afuera, sus saltos, sacudidas, meneos de cabeza y demás ajetreos corporales lucen intensos, pero espacialmente mínimos; hacia dentro de él se adivinan inmensos. Como si el uso de sí mismo al cantar fuera la proyección parcial de un arquetipo que, en algún otro cielo nocturno, bajo una luna menos lluviosa que la de hoy, estuviera suscitando una revolución sentimental en espectadores vírgenes de música.

Programa
A dónde / Septiembre / Ruido / ¿Cómo te va mi amor? / Te llevaré / Aún te quiero / Siempre / Se van / Volver a los 17 / Al otro lado del mundo / La luna se mudaría de piel / Dame un abrazo, un lápiz y un papel / Que nos dejen vivir en paz / Popurrí / Mentira / Creciendo / Procuro olvidarte / Mira arriba / Caracola / No tengo más patria que tu corazón / Poemas declamados: “La luna”, de Jaime Sabines; “Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos”, de Miguel Hernández; “Mi mirada”, de Alberto Caeiro; “Al perderte yo a ti”, de Ernesto Cardenal.

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