sábado, 5 de agosto de 2017

Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández: El arte de sacar a bailar a la Nación

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional


100 años de Amalia Hernández. Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández; Orquesta Sinfónica Juvenil de la Universidad Autónoma del Estado de México
5 de Agosto, 2017 / Función única / 2:00 hrs. de duración / Promotor: José Antonio Valencia.

Gustavo Emilio Rosales
Es una fiesta donde hay mucho (si cabe la redundancia). Una celebración de la riqueza en la que los elementos constitutivos de la poética coreográfica ligada al folclor de nuestra Nación —músicas, colores, decorados y usos del cuerpo diversos y emblemáticos— rinden obediencia a las leyes nunca escritas, pero siempre contundentes, del placer. Sin duda a Amalia Hernández, fundadora y directora del Ballet Folklórico de México (BFM), le hubiera gustado ver que el centenario de su nacimiento se festeja con este laberinto de espejos en el que se multiplican esplendores y gozo.
El programa que hoy transcurre, a diecisiete años del fallecimiento de quien desde mediados del siglo pasado es considerada la reinventora artística de las tradiciones mexicanas de danza, es similar al ofrecido por el BFM en París, en 1961, donde la agrupación forjada por Amalia ganó el primer lugar de su categoría en el Festival de Naciones: da comienzo con un cuadro de evocaciones prehispánicas y continúa un desarrollo cronológico a través de danzas mestizas (la mayor parte de ellas de influencia española), bailes adheridos a corridos de la Revolución, La danza del venado y la Fiesta en Jalisco (en la que domina el estruendo jocoso del mariachi).
Ese fue el esquema coreográfico premiado en la Ciudad Luz, al cual se agregan en la presente función conmemorativa cuadros de danzón, de carnaval veracruzano, de danzas que pudieran ocurrir en palenques y ferias, bailes de Oaxaca y adaptaciones coreográficas a segundos himnos de la República Mexicana, como el Huapango imaginado por José Pablo Moncayo a principio de los años cuarenta del siglo XX.
Los ropajes de las bailarinas prolongan sus cuerpos en oleajes de colores diversos, en tanto que el organismo de los varones bailarines se aplica con denuedo a invocar poderes acústicos de la tierra mediante fiero zapateado. El ritmo, entre ambos modos de enfatizar el movimiento, surge como una mirada hacia lo ancestral y los ancestros: costumbres y figuras que aprendimos a identificar como propias desde niños. La música, organizada y emitida por la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Universidad Autónoma del Estado de México, es un afluente constante de imaginería nacionalista, donde los sonidos cantan la gesta de un país que tira siempre hacia adelante empapado por una fiebre inspiradora, donde la risa y el llanto en ocasiones resultan indistinguibles entre sí.
Entre los bailarines que son dínamo multicolor, los músicos de la orquesta, ataviados de indumentaria clara, cercana en textura a la manta cruda, y el amplio vestido negro con vivos arcoíris de la directora sinfónica Hilda Saquicoray Ávila urden multitud de personajes singulares y extravagantes, según la dramaturgia del espectáculo aborde una época o estilo regional particulares. Diablos y ángeles se corretean por una ardiente feria de pueblo; cabezones carnavaleros de papel maché bailan entre el público, convidando a los animados testigos a mover sabrosamente el bote. Un ensamble jarocho levanta aún más el ánimo por medio del ejercicio de la legendaria picardía veracruzana, que llega a su cima en un virtuoso duelo de arpistas.
El Ballet Folklórico de México fue fundado en 1952 y desde entonces no ha dejado de trabajar, perfeccionando su repertorio y alimentándolo con nuevos cuadros. Su fundadora cuidó bien que la intención estética de esta compañía fuera el refinamiento extremo de la exacerbación, lo que se transmite en cada detalle, desde el floreo virtuoso de los charros que salen en estampida a enamorar a las doncellas cual si fueran potrillas, hasta el austero cuadro de La danza del venado, que es una divisa coreográfica de la agrupación y una de las tradiciones coreográficas mexicanas más antiguas.
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
Cuando las intensidades artísticas puestas en juego llegan a provocar el hervor de las pasiones en el público —surgen gritos como “¡qué lindo!” y “¡esto es México!” entre la zona de butacas— se proyecta un video en el que diversos actores de la cultura nacional hacen apuntes elogiosos en torno a la vida y obra de Amalia Hernández. Su nieto y director del BFM, Salvador López, agradece a la vida su condición familiar, al tiempo que recuerda a su abuela como “una gran mujer”. La celebración termina en alto cuando los cuerpos recios, morenos, felinos de los bailarines, filtrados en el área de los espectadores, sacan a bailar a la gente al son de “La pollera colorá”. El país entero cabe en un zangoloteo de la cadera.

Un país de danzantes
• Amalia Hernández se forjó como artista de danza de forma similar a quienes a la postre serían importantes figuras de su generación: bajo la tutela de las dos grandes maestras estadunidenses que trajeron a México la metodología y desarrollo técnico de la danza moderna americana, Waldeen von Falkenstein y Anna Sokolow. Sin embargo, su vena antropológica y su hambre de aventura la llevaron a desarrollar sus saberes coreográficos en lo que hasta el final de la primera mitad del siglo XX era territorio virgen: el folclor coreográfico.
• Deslumbrada por la riqueza dancística de México, donde cada pequeña comunidad posee al menos una forma de danza que salvaguarda sus capitales simbólicos, Amalia se propuso lo que nadie había considerado anteriormente: decantar este tesoro en formas escénicas que, conservando los fundamentos y los motivos de origen, tuvieran una impronta coreográfica contemporánea. Heredera de una familia acaudalada, supo emplear cada centavo de su patrimonio para lograr el ambicioso proyecto que paradójicamente alcanzaría su consolidación fuera del país que trataba de dignificar, cuando, en 1961, el BFM ganó el mencionado premio máximo en el Festival de las Naciones, en París.
• Mientras Amalia, no sin enormes esfuerzos, cuidaba la consolidación de su Ballet, la también coreógrafa mexicana Guillermina Bravo establecía un imperio al frente de su propio feudo, bautizado por ella como Ballet Nacional de México; una agrupación de danza moderna fincada en la técnica de movimiento creada por la bailarina estadunidense Martha Graham. A medidos de los ochenta, cuando el ensamble de Bravo se encontraba en la cima de su gloria, Amalia Hernández identificó a un pequeño pero talentoso grupo de bailarines disidentes de esa factoría dancística y los apoyó para que fueran a Estados Unidos a capacitarse en nuevas metodologías, que estaban dejando atrás el estilo modernista alabado por Bravo como único camino para la creatividad. Fue así como Amalia Hernández contribuyó en forma decisiva a lo que sería el nacimiento en México de la internacionalmente nombrada danza contemporánea; un estilo que ignoraba la narración de historias alegóricas, para indagar en la subjetividad del intérprete por medio de osadas experimentaciones corporales. (G.E.R.)

Programa
Sinfonieta, de José Pablo Moncayo (orquesta) / Azteca / Popurrí de Manuel Esperón (orquesta) / La Revolución / Danzón Nereidas / Fiesta en Tlacotalpan (con ensamble jarocho) / Pinotepa (orquesta) / Danza de la pluma / La vida es juego / Danza del venado / Guadalajara (orquesta, coro y mariachi) / Floreo / Fiesta en Jalisco (con mariachi) / Video acerca del centenario de Amalia Hernández / Palabras del director de la agrupación, Salvador López / Huapango, de José Pablo Moncayo / ¡Viva México!


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