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viernes, 7 de julio de 2017

Ricky Martin: Himnos de estadio para abrir el mar

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

One world tour 2017 / 7 y 8 de julio, 2017 / Dos funciones / 1:40 hrs. de duración / 
Promotor: Compañía Promotora de Eventos Internacionales, S.A.P.I. de C.V.

Alejandro González Castillo
Ricky Martin se muerde el labio al darle una nalgada al aire, luego guiña un ojo y se agita al ritmo de la música como si fuese un títere manipulado por un sujeto con pulso de maraquero. Porta saco y corbata, el cabello ligeramente desordenado y, además, un deseo —“lo único que hoy quiero es fiesta”— y una pregunta: “México, ¿tú a qué vienes, a bailar y a cantar?”.


Sin embargo, al puertorriqueño se le olvida algo importante, que la audiencia ha venido también a gritar. De hecho, ésta se anuncia lista para hacerlo tan fuerte como le sea posible sin que importe lo que el cantante haga; aunque, claro, si el sujeto no sólo se quita coqueto el saco, sino que pone cara de sufrimiento o de pillo mientras sacude la pelvis, qué mejor. Porque si de algo no debe caber duda es que el baile es la mejor arma que Martin posee; que entre coreografías el también actor se dé tiempo para cantar en español, inglés y francés ya es un añadido que se aplaude cuando la hora de las calmadas llega, porque mientras las congas truenen y los metales soplen, con repetir bien fuerte “ale ale”, “bon bon” y “le lo lai” es más que suficiente.

Capo de los himnos de estadio, el cantante ostenta los poderes de Moisés y a la orden de su mano parte en dos ese mar de seguidores que frente a él produce olas rugientes, todo con tal de saber cuál de las mitades genera más decibeles. “Esto lo he hecho en todos los continentes”, avisa orgulloso el galán para que a continuación géiseres artificiales a la orilla del escenario entren en actividad a la orden de su dedo. “Vine a dejar mi alma aquí”, sentencia el ex Menudo sin chistar cuando le da descanso al multirracial cuerpo de bailarines que lo acompaña, ofreciendo de esta forma la señal para que la tanda de baladas empiece a hacer lo suyo.
A continuación, tiene lugar un acto de crueldad que las fans del boricua soportan con entereza. Porque ver al antes fiestero allá, tan lejos, atormentado por no saber si olvidar o extrañar, distante de las miles que se saben listas para regalarle abrazos de consuelo, no es cosa fácil. Además, la cara desolada que el intérprete se cuelga al hablar de añoranza y desdén, el drama con el que carga sobre hombros el pedestal del micrófono mientras se tropieza hacia la oscuridad, como si a la silla eléctrica se aproximara, derriten hasta a la espectadora más fría. Y ya que se menciona a las de las butacas, habría que recalcar el afán con el que se acicalaron para la cita, porque vaya que los vestidos entallados y las zapatillas con tacón de aguja que hoy engalanan el Auditorio Nacional nada le piden a los atuendos que se aprecian durante la entrega de las Lunas.
“Vente pa’ ca”, el tema que suena en playas, estaciones del metro y mercados sobre ruedas por igual, trae de vuelta el confeti y las coreografías, la clase de ambiente que el público prefiere pues lo goza como si frente a la playa estuviera. En medio del jolgorio costero, a ocho santos se les reza, y a cada cual se le pide exactamente el mismo favor: bailar calientito, bien pegadito y con mucho cariñito por un rato más. Una cadena de ruegos en diminutivo que con “La mordidita” se acerca al punto final, pues así se les advierte a los bañistas que la marea está picaíta, “ita ita”.
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
“¡Chiquito!”, remata antojadiza y rumbera alguna asistente a modo de despedida, como si el divo pudiera escucharla a la hora en que cuenta que se va; pero la expresión es completada con un “¡sabroso!” que revela algo de mayor profundidad: una añoranza sin duda provocada por tantas alusiones al Caribe. Entonces se comprende que como esa mujer hay muchas más que se van del foro con una ilusión, la de que, lejos de una lluvia torrencial y aires helados, cláxones y semáforos, a la salida aparecieran la arena, el mar y la brisa que agita a las palmeras más queridas, esas que se emborrachan tomando sol. Por supuesto, sobraría decir que si Ricky completara la postal bailando “Pégate” en la cubierta de un yate, ninguna se atrevería a soltar reclamos. 

Ni muñeco ni de papel
Fue en 1984 que Ricky Martin supo lo que era la fama al integrarse al grupo Menudo, donde permaneció cinco años para luego dedicarse a la vida actoral, haciendo teatro en México. Dicha labor a la larga lo llevaría a tomar roles protagónicos en telenovelas, y una de ellas resultaría definitiva para su carrera como cantante: Alcanzar una estrella II.
Transmitida en 1991, dicha historia narraba las andanzas de un grupo musical llamado Muñecos de Papel, el cual estaba integrado por Miguel Ángel, Silvana, Jorge, Jessica, Alejandro, Marimar y Pablo. Pese a ser un grupo ficticio, la popularidad del sexteto lo llevaría a filmar una taquillera película titulada Más que alcanzar una estrella, de Juan Antonio de la Riva, estrenada en 1992. Y cómo no iba a ser de esta forma, si detrás de los personajes que integraban Muñecos de Papel estaban Angélica Rivera, Pedro Fernández, Biby Gaytán, Erick Rubín, Sasha Sokol y, por supuesto, Ricky Martin. (A.G.C.)

Programa
Mr. Put it down / This is good / Drop it on me / Shake your bon bon / Adrenalina / Tal vez / Livin’ la vida loca / It’s alright / Asignatura pendiente / Disparo al corazón / Tu recuerdo / Y todo queda en nada / Fuego contra fuego / Te extraño, te olvido, te amo / Vuelve / Adiós / Vente pa’ ca / Lola, Lola / María / La bomba / Por arriba, por abajo / Pégate / The cup of life / La mordidita.


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