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jueves, 8 de junio de 2017

Lucas: El día de la independencia

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional



Lucas. ¿Qué sabemos del amor? / 8 de junio, 2017 / Función única / 
2:40 hrs. de duración / Promotor: FR Producciones S.A. de C.V.

Fernando Figueroa
El 7 de enero de 2016 Odin Dupeyron llenó el Auditorio Nacional con el monólogo ¡A vivir!, y ahora repite la hazaña con la obra de teatro Lucas. ¿Qué sabemos del amor? En ambos casos se trata de obras con un largo historial de complicidad entre su creador y el público.


¡A vivir! tiene doce años en escena de manera ininterrumpida, mientras que Lucas se monta por tercera vez —la primera fue en 1995— y arranca temporada itinerante en este recinto para casi diez mil personas. Nada mal para un actor, director y dramaturgo que alguna vez comió sándwiches de jitomate por falta de recursos.
Lucas (Dupeyron) es un exitoso artista plástico de mediana edad que vive en un confortable penthouse de la Ciudad de México. Convive con su amiga Inga (Erika Blenher), quien está ahí mientras consigue un departamento propio. Él es homosexual sin pareja por el momento y ella no tiene novio pero sí amantes de ocasión. Ambos tienen un amigo en común, David (Mauricio Ochmann), un joven heterosexual que los visita con regularidad.
Un 15 de septiembre de los noventa, Inga sale con sus amigos a festejar el Día de la Independencia, mientras David y Lucas pasan la noche en el departamento de este último. Inga se comunica constantemente por teléfono para decirles que la está pasando muy bien; ellos cenan cereal y tacos de aguacate porque eso es lo que tienen a la mano. De pronto les da por juguetear como adolescentes y aquello termina en la cama.
A partir de ese momento, se produce una vuelta de tuerca con un insólito suceso que no debe contarse en las reseñas ni, mucho menos, en el boca a boca, según suplica Odin en el programa de mano y al final de la representación: “Si lo hicieras, arruinarías la experiencia a alguien que no la ha visto; no está padre, no es buena onda, no te gustaría que te lo hicieran”.
Lo que sí se puede decir es que la obra, tal como lo dice el subtítulo, es una exploración en torno al amor (“la felicidad es ejercer la libertad de ser uno mismo"), pero también acerca de la diversidad y la tolerancia. Una tragicomedia en la que se pone de manifiesto el buen oficio de Dupeyron como escritor, sobre todo por su habilidad para llevar al espectador del conflicto a la carcajada con un estupendo timing.
En los ensayos del actual montaje, Axel Alcántara y Alan Alarcón se alternaron en el papel de David, pero por diversas razones dejaron el proyecto y Mauricio Ochmann los suplió para este estreno. El esposo de Ayslinn Derbez es recibido desde las butacas con gritos de entusiasmo femenino; él corresponde con una actuación convincente como el ser que se asume heterosexual pero no puede negar su amor por Lucas.
Erika Blenher es una graciosa y seductora Inga que sabe ser buena amiga. Luis Couturier interpreta con maestría el rol de Lord, un anciano inglés que llega a casa de Lucas para dar fe del extraño acontecimiento (que no debe contarse), mientras que Mayra Rojas (Margarita) es la excéntrica madre del protagonista. Lourdes Gazza (Carla) es una trabajadora social que el “sistema” impone a la nueva pareja; Nando Estevané tiene el papel más pequeño, pero se muestra brillante como un juez liberal que se las sabe todas.
La escenografía de Philippe Amand es minimalista: la sala de un departamento con muebles blancos y pequeños, más un amplio ventanal que deja ver a la gran ciudad de día y noche, pero también los fuegos artificiales que remiten, por partida doble, al festejo patrio mencionado y a las eufóricas sensaciones que produce el contacto íntimo. La iluminación, también de Amand, es sencilla, nítida, eficaz.
El vestuario de Adela Cortázar va de lo informal en personajes cotidianos como Lucas, Inga y David, a lo sobrio y adusto en Lord, la trabajadora social y el juez. El tema musical, “Sólo contigo”, es una pegajosa balada compuesta por Arturo de la Fuente, del grupo Óleo.
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

Cerca de la medianoche, la gente sale del recinto y recibe una carta firmada por Lucas. El verdadero final sucede en la mente de cada espectador cuando lee: “Espero de todo corazón que hayas disfrutado esta experiencia, que te hayas divertido, que hayas sentido empatía, que el amor haya logrado abrir tu mente —si es que no la tenías abierta ya—, que tus conceptos hayan sido confirmados o redefinidos o embellecidos, y que tus sentimientos hayan sido apapachados”.

Un reality previo
Antes del estreno de Lucas en el Auditorio Nacional, Odin Dupeyron grabó una especie de bitácora del proceso de producción, y la subió a sus redes sociales en cápsulas semanales de aproximadamente diez minutos cada una.
Ahí reconoció el temor de que esta función no fuera tan exitosa como ¡A vivir! en el mismo recinto, pero los directivos de FR Producciones lo convencieron de seguir adelante. Con buen humor, el hijo de don Humberto dijo que, si fracasaban, se imaginaría que gastó el dinero “en la boda que nunca tuve, en el bautizo de los hijos que tampoco tuve o en unos quince años”.
Rentaron salones y el teatro Aldama para afinar detalles de actuación, escenografía e iluminación. Realizaron ensayos generales con y sin público y luego hicieron una pequeña gira por Torreón, San Luis Potosí, Chihuahua y Ciudad Juárez. En todas esas ciudades la gente llenó los teatros y al salir externó su conmoción por lo que acababan de ver.
La presentación en el Auditorio Nacional ha sido un éxito si se toma en cuenta el sold out en taquilla y la estruendosa ovación final. (F.F.)


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