domingo, 14 de mayo de 2017

Joaquín Sabina: La democratización del bombín


Lo niego todo / 14, 16, 23 y 28 de mayo, 2017 / Cuatro funciones / 
2:10 hrs. de duración / Promotor: Erreele Producciones, S.A. de C.V.

Julio Alejandro Quijano
En general los sombreros cuestan cien pesos. Pero hay algunos que, bajo la promesa de ser “el original”, se cotizan hasta en doscientos. “Para ser igual al maestro Sabina”, grita uno de los vendedores a la salida del metro Auditorio. La promesa es irresistible. Muchos lo compran para llevarlo en la cabeza cuando llegue el momento de hacer ruido en el bulevar de los sueños rotos, durante 19 días y 500 noches, como dicen las canciones.
Habría que tener en cuenta, sin embargo, que los bombines que usa el cantautor no se consiguen en otro lugar que no sea la calle Imperial número 12, en Madrid. Pero para ser Sabina no se necesita su sombrero de diseñador (la tienda acaba de cumplir doscientos años y es la más antigua de España) sino, a diferencia de su nueva canción en la que todo lo niega, confesarlo todo.
Primera confesión: Esta boca es mía… y suya. Antes que a él, se escucha una versión de banda oaxaqueña de “Y nos dieron las diez” que contribuye al ambiente de lo que sucede después. Cuando finalmente aparece, hay una reacción inesperada. O mejor, un sentimiento imprevisto. Porque con veintiocho años de venir a México es natural que la gente se ponga de pie y aplauda durante tres minutos. Pero… ¿Sabina se lleva las manos a los ojos porque está llorando? ¿El pirata cojo, el hombre que toma pastillas para no soñar, ha sucumbido al sentimiento? En el momento en que la ovación cesa, trata de poner en palabras lo que siente. Dice que el Auditorio Nacional es “el templo de la canción más importante de América Latina”. Y añade: “No ha sido nunca simplemente un foro donde damos un concierto más, ha sido uno que nos ha cambiado la vida en todos lados. Fue el primero donde dimos un concierto, en el antiguo, cuando todavía no lo remodelaban”. 
Se refiere a 1989, época en que en lugar de sombrero, su signo de identidad era la mezclilla: chamarra y pantalón. Con el Auditorio Nacional sin remodelar (era un foro donde lo mismo cabía la Feria del Hogar y teatro de masas que conciertos), él llegó a México el mismo año en que Rod Stewart y esa primera vez contribuyó a su leyenda. Sin promoción, sus fans ya eran tantos que no cupieron pero sí organizaron un portazo para entrar.
De vuelta al presente, Sabina explica que además de la mezclilla, con los años perdió algo de su capacidad física (“ahora tengo que estar la mayor parte del concierto sentado por recomendación de la doctorcita”), pero ganó en inspiración (“en esta primera parte del show voy a interpretar algunas canciones del nuevo álbum… no todas, no se espanten”).
En vez de espantarse, le demuestran que igual que en 1989, la promoción en medios masivos no es necesaria porque corean las nuevas letras a pesar de que no suenan en la radio.
Una vez que termina esta primera parte, viene una confesión y una petición: “No sé si sean los nervios o la altura que me afecta siempre los primeros días en México, pero siento que me falta el oxígeno, pero ustedes me darán el boca a boca ¿verdad?”. La respuesta es un “sí” en el que se mezcla la camaradería de los hombres y la pasión de las mujeres, todos dispuestos a decir “esta boca es mía”.
Segunda confesión: México, yo soy su hijo. “Lo que más me molesta en la vida es saber que mi madre se acostaba con un policía”, suele decir con ese tono de cinismo que recorre tanto su obra como su biografía. Falso. Más allá del sarcasmo con que cuenta la vida familiar (efectivamente su madre fue un ama de casa y su padre un inspector de policía) la búsqueda de cariño lo ha llevado a convertir a México en su Madre Patria. A ella le dedica “Postdata”, inspirada en eso que ha vivido muchas veces en las noches mexicanas: un amor que de tan intenso, se destruye a sí mismo. Luego hace su declaración de amor maternal: “Cada que vuelvo a la Madrastra Patria lo hago con la maleta llena de colores de México”. Él, un español que le va al Atlético de Madrid y disfruta de los toros en primera fila, niega pues que España sea su Madre Patria, para la cual no le queda sino el lugar de la mamá postiza. 
Tercera confesión. Todavía me emborracho y traiciono a mis amigos. Ya sobrevivió a una isquemia. Y a una operación de hernia. “Durante todo este tiempo siempre han estado conmigo Panchito Varona y Antonio García de Diego, que son mi familia y llevamos juntos más que casi cualquier matrimonio”.
Pero que lleven tanto tiempo juntos no significa que Sabina haya sentado cabeza: “Les acabo de poner los cuernos con Leiva”, confiesa. “Que es alguien más joven”. 
Sucede que para el nuevo álbum cambió de productor y le fue infiel a Varona y García de Diego, con quienes había grabado casi todos sus discos. Pero ellos no son celosos, tienen una relación abierta y lo siguen acompañando, como desde hace dos décadas, a sus shows. Y Joaquín les hace justicia al cederles el foro para “El pirata cojo” (Pancho) y “Tan joven y tan viejo” (Antonio). En esta última, Joaquín se une para la parte final: “Cada noche me invento, todavía me emborracho; / tan joven y tan viejo, like a Rolling Stone”. 
Los versos suenan, más que a confesión, a deseo colectivo de todos los que hoy usan bombín, original o de cien pesos. 

La doble negación
Joaquín Sabina comenzó el siglo XXI con un infarto cerebral. Desde entonces sus conversaciones incluyen de manera inevitable las recomendaciones del doctor. “No puedo moverme en el escenario como yo quisiera”, dice al explicar la dinámica de su gira Lo niego todo. Con sesenta y ocho años, y para engañar al cuerpo, toma cerveza sin alcohol y procura obedecer las instrucciones de sus médicos.
Dejó, además, las drogas duras. El vicio que no puede abandonar es el de la escritura. Llevaba ya ocho años sin publicar desde la salida del disco Vinagre y rosas. Parecía que finalmente la idea de que era un músico “incombustible” ya no era cierta y la inspiración se le había acabado. Aunque hizo una gira con Joan Manuel Serrat, nada nuevo salía de su pluma. 
Hasta que se encerró. “Me fui a una casita con Leiva (productor y músico español) y en quince días nos pusimos a trabajar como en los viejos tiempos: con intensidad y pasión”.
De ahí salió la idea de que era tiempo no de cosechar lo sembrado, porque al español no se le da lo bíblico, sino de negarlo todo. “Incluso la verdad”, dice la letra de la canción. “Incluso a Sabina”, se podría agregar ahora que se le ve tan mesurado y obediente al médico. (J.A.Q.)

Programa
Lo niego todo / Quien más, quien menos / Postdata / No tan de prisa / ¿Qué estoy haciendo aquí? / Lágrimas de mármol / Las noches de domingo acaban mal / Hace tiempo que no (Mara Barros) / Por el bulevar de los sueños rotos / Y sin embargo / Ruido / Peces de ciudad / 19 días y 500 noches / La Magdalena (con Mara Barros) / Medias negras / Princesa / La del pirata cojo (Pancho Varona) / Seis de la mañana (Jaime Azúa) / Noches de boda / Y nos dieron las diez / Tan joven y tan viejo (con Antonio García de Diego) / Contigo / Pastillas para no soñar.

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