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domingo, 7 de mayo de 2017

Hedda Gabler: Eso no se hace



National Theatre Live presenta: temporada 2016–2017 / 7 y 8 de mayo, 2017 / Dos funciones / 2:45 hrs. de duración / 
Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional – Embajada Británica en México.

Fernando Figueroa
Henrik Ibsen no se andaba por las ramas. En Hedda Gabler, por ejemplo, la protagonista dice en una de las primeras escenas: “Morir de aburrimiento es mi destino y él (su esposo) es mi asistente”. Tales palabras no surgen después de un largo y tedioso matrimonio sino al regresar de la luna de miel.
Sigmund Freud era un gran admirador de Ibsen “por su rigor insospechado en la tarea del examen psicológico”, y dramaturgos consagrados del siglo XX se fueron de este mundo con una gran deuda con él. Tales son los casos, entre otros, de Edward Albee (¿Quién le teme a Virginia Woolf?) y Tennessee Williams (Un tranvía llamado deseo), quienes difícilmente podrían haber escrito esos dramas sin tener como antecedente la obra del autor noruego en su conjunto y, en especial, Hedda Gabler. Hay que señalar que el texto para el National Theater fue adaptado por Patrick Marber (Closer) y eso potencia los vasos comunicantes entre tales autores.
Hedda es una mujer deprimida que se casó con Tesman porque “mostró mucha disposición para cuidar de mí”, según le confiesa ella al juez Brack, un tipo cínico a quien le gusta participar con ventaja en triángulos amorosos.
Tesman es un académico que antes de casarse vivía protegido por sus tías Rina y Juliana. La primera nunca aparece en escena pero se sabe que está muy enferma; la segunda visita a la pareja y es tratada con desprecio y maldad por Hedda. Hay una empleada doméstica, Berte, que funge como convidada de piedra. 
Lovborg es un ex compañero de escuela de Tesman; acaba de publicar un libro aclamado por la crítica y tiene un manuscrito infinitamente superior. Thea está enamorada del primero y se lo ha demostrado ayudándole de manera incondicional con su trabajo; sin embargo, en el pasado de Lovborg hay una fallida y nunca superada relación sentimental con Hedda.
Durante una borrachera Lovborg pierde el manuscrito; Tesman lo encuentra y se lo lleva para mostrárselo a Hedda. Tesman habla maravillas del texto pero tiene que salir porque ha muerto su tía Rina; Hedda aprovecha el momento para quemar la obra inédita de Lovborg mientras grita: “¡Thea, estoy matando a tu hijo!”; en ese momento se escucha “Allelujah”, de Leonard Cohen, en versión de Jeff Buckley. Hedda está embarazada y con ese ritual acaba metafóricamente con la nueva vida que lleva en las entrañas.
El director Ivo van Hove trasladó el ambiente decimonónico a la actualidad y el resultado es magnífico. Hedda y Tesman han alquilado un espacioso departamento, aún sin muebles, donde tienen planeado organizar toda clase de reuniones sociales. Sin embargo, a él le informan que su contratación en una universidad aún no es un hecho y eso pone en peligro los planes de la pareja, cuya relación se enrarece a cada minuto. Si la historia de Leopold Bloom en Ulises, de James Joyce, sucede en veinticuatro horas, la de Hedda acontece en día y medio.
En el intermedio, el director afirma que “en la historia del teatro realmente hay pocas obras maestras y una de ellas es Hedda Gabler”. Define al personaje principal como “una mujer enigmática, recluida en sí misma, que comete actos irracionales”. También señala que no quiso realizar “una antigualla sino un montaje que muestre lo que le sucede a hombres y mujeres de nuestro tiempo”.
Todas las actuaciones son buenas, pero la de Ruth Wilson —Premio Lawrence Olivier como mejor actriz secundaria en Un tranvía llamado deseo (2010) y Globo de Oro por mejor actriz de serie de televisión dramática por The Affair (2015)— es tan impresionante que de algún modo eclipsa a sus colegas Kyle Soller (Tesman), Chukwudi Iwuji (Lovborg), Sinéad Matthews (Thea), Rafe Spall (Brack).
La estupenda escenografía de Jan Versweyveld muestra el departamento como una claustrofóbica galería de arte sin puertas, sólo hay un ventanal y unas persianas que a veces parecen los barrotes de una cárcel. Ahí se desarrolla toda la obra. En la mejor escena, Hedda enfurece a solas y azota unas rosas sobre el piso, regando los pétalos por doquier; los tallos los engrapa en las paredes como si se tratara de una exposición de arte conceptual.
Más tarde, Hedda saca una pistola de su padre, un fallecido general, y se la da a Lovborg, quien no sabe que ella ha quemado el manuscrito. Lovborg ha vuelto a tomar alcohol luego de dos años de abstinencia y se va a un antro de mala muerte; ahí fallece a causa de un disparo en los órganos sexuales. Hedda cree que es una muerte muy poética, pero Brack le dice que al parecer todo fue un accidente.
Brack humilla a Hedda y le hace ver que su libertad depende de lo que él le diga a la policía. Ella sólo ve tinieblas a su alrededor y se suicida con otra arma que perteneció a su papá. Brack comenta lacónico: “Ese tipo de cosas no se hacen”.

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