domingo, 23 de abril de 2017

Saint Joan: La obediencia suprema



National Theatre de Londres presenta: NTL / 23 y 24 de abril, 2017 / Dos funciones / 
2:45 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional – Embajada Británica.

Fernando Figueroa
Como toda obra de arte, Saint Joan tiene varias lecturas, aunque dos de ellas saltan a la vista: el retrato de un personaje casi mitológico como lo es Juana de Arco, y el ajuste de cuentas por parte de su autor, George Bernard Shaw, contra la Iglesia y el Estado.
La directora Josie Rourke opta por modernizar la historia. Ubica los hechos en una sala de juntas donde los funcionarios visten de traje y corbata, al mismo tiempo que en una pantalla gigante de televisión puede verse un noticiero en el que se informa que hay escasez de huevos.
Sobrada de valor, Juana de Arco se las ingenia para entrar a esa oficina regional y pedir apoyo. Su intención ulterior es hablar con Carlos VII y proponerse como líder militar de un contingente francés contra la ocupación inglesa, durante la Guerra de los Cien Años.
Todos los hombres con quienes habla la protagonista coinciden en decir: “Algo tiene”. En efecto, ella posee fe ciega en un Dios que, literalmente, le habla a través de las voces de Santa Catalina, Santa Margarita y San Miguel. Es un tornado que transmite una certeza: el Señor no desea que ningún país invada y someta a otro.
Gemma Arterton se posesiona del papel y convence no sólo a los hombres que la rodean en el escenario, también al público que la ve tanto en vivo como a través de las pantallas de dos mil quinientas salas alrededor del mundo. En el Donmar Warehouse de Londres apenas hay cuatro filas de butacas, donde los privilegiados espectadores son testigos cercanos de un duelo de actuación entre Arterton y los señores que detentan el poder religioso y político. Destacan Niall Buggy como el obcecado Arzobispo y Fisayo Akinade como Carlos VII, este último un mentecato que llega al trono de chiripa.
Como si se tratara de un personaje de El túnel del tiempo, programa de televisión de los sesenta, Juana de Arco es la única que usa prendas medievales. Cuando está en escena, las imágenes de los noticieros se transforman en cuadros religiosos de su época.
Alta, fuerte, decidida, se enfrenta primero a los políticos de su país, luego a los soldados ingleses —a quienes derrota en el cerco de Orleans— y finalmente a la Inquisición en Ruan, donde los invasores británicos le montan un juicio. Durante el intermedio, en entrevista, la directora dice que Arterton le cambió la imagen que tenía del personaje histórico. La actriz, por su parte, afirma que su intención es mostrar a Juana como un ser de carne y hueso. Y vaya si lo logra.
Las escenas de combate sólo se registran en la imaginación del público; el montaje coloca al texto en primer plano y lo echa a andar en diálogos y discusiones entre tipos siniestros que se disputan el primer lugar en perversidad. A pesar de que se trata de un drama, la pluma sarcástica de Bernard Shaw se las ingenia para arrancar risas con el comportamiento de quienes aman el poder y se resisten a perderlo.
Al enterarse de que será quemada en la hoguera, Juana se retracta porque es un ser humano y quiere evadir el sufrimiento físico. Sin embargo, al saber que su castigo será cadena perpetua en un oscuro calabozo, prefiere morir entre las llamas (su discurso sobre la vida al aire libre es muy emotivo).
Dos capellanes —uno que siempre mostró buena voluntad y otro que desde el principio se empeñó en destruirla— atestiguan el final de Juana y ambos se convencen de que era inocente. Piensan que sólo una santa pudo conservar la calma como ella y entregarse plácidamente en los brazos de su Señor.

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