domingo, 19 de marzo de 2017

El elíxir de amor: Remedio para todo mal



Temporada de ópera para niños presenta… / 19 y 26 de marzo, 2017 / Dos funciones / 
1:05 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Fernando Figueroa
“¿El elíxir es de verdad?”, pregunta un niño como de siete años a su mamá. Aunque el cuestionamiento se escucha con claridad en español, ella le responde en inglés: “Only fiction, you know” (“sólo ficción, tú lo sabes”).
Resulta imposible saber qué pasa por la cabeza del pequeño, pero no sería raro que ya esté enamorado de alguna compañerita de su escuela y piense que un brebaje similar al que toma Nemorino (Hugo Colín, tenor) le podría ayudar en una conquista.
En El elíxir de amor, de Gaetano Donizetti, el mágico licor es en realidad un vino de Burdeos que el embaucador Dulcamara (Charles Oppenheim, bajo barítono) vende como remedio para todo mal: “Mueve al paralítico y sana al asmático y al diabético”. Con esa cantaleta se ha hecho rico a costillas de cientos de ingenuos que no dudan en pagar tres liras por cada botellita. Nemorino lo adquiere con la esperanza de obtener el amor de Adina (Jéssika Arévalo, soprano).
Los personajes de esta ópera cómica en italiano, con subtítulos en español, son muy atractivos para chicos y grandes porque corresponden a los prototipos de la Comedia del Arte: Nemorino (Pierrot), Adina (Colombina), Dulcamara (Balanzone) y Belcore (Spavento).
Belcore (Mariano Fernández, barítono) es un sargento que también está enamorado de Adina. Ella le hace ojitos pizpiretos, pero sólo porque de esa forma crece el interés de Nemorino.
Un grupo de muchachas se entera de que Nemorino ha heredado una millonada y entonces lo empiezan a ver como un buen partido. Él no sabe que la diosa fortuna lo ha favorecido de esa manera; piensa que su éxito con las damas se debe a la eficacia de la pócima que bebió con singular alegría.
Adina se encela al ver que el humilde muchacho tiene un pegue brutal con las jovencitas y decide ponerle remedio a la situación. Entre sollozos le declara su amor a Nemorino, y es entonces que él interpreta entre las mesas “Una furtiva lágrima”, célebre aria que todo mundo ha escuchado alguna vez. Lo hace de manera tan extraordinaria que consigue un silencio casi absoluto entre el público, compuesto por bebés, niños, adolescentes, adultos y uno que otro con credencial del INAPAM.
La presencia de Hugo Colín en el Lunario es un lujo. Estudió en la Escuela Superior de Música del INBA y en el Conservatori del Liceu (Barcelona); hace unos meses sustituyó con éxito a Alessandro Luciano en el Palacio de Bellas Artes, en el papel principal de Los puritanos, de Vincenzo Bellini.
Algo similar puede decirse de Jéssika Arévalo con su bel canto sin fisuras, de Mariano Fernández con una voz potente que se oye hasta la calle y del magnífico Coro de la Sociedad Internacional de Valores de Arte Mexicano (SIVAM).
Mención especial merece el trabajo de Charles Oppenheim, quien conjuga virtudes histriónicas y vocales como pocos artistas de México y de cualquier parte del mundo. En 2015 ya había dado muestras aquí de su talento y simpatía en el papel de Colás (Bastián y Bastiana, de Mozart), y ahora refrenda su altísimo nivel.
Como de costumbre, el trabajo de Arpegio Producciones es impecable, con la dirección artística de Sylvia Rittner y dirección escénica de Jaime Matarredona.
En esta adaptación, reducida a una hora de duración, Adina no lee un libro acerca de la historia de Tristán e Isolda sino una revista frívola para mujeres. Los hechos suceden en un restaurante donde Nemorino trabaja como empleado y la música en vivo surge del teclado que pulsa con maestría Israel Barrios.
Al final de la función, Rittner y Matarredona invitan a niños y adultos a que se tomen fotos con el elenco, y les recuerdan que el domingo 26 de marzo pueden repetir esta mágica experiencia.

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