sábado, 25 de febrero de 2017

Rusalka: Una sirena sin pasión


Transmisión de ópera en vivo desde el Met de Nueva York. HD. Temporada 2016-2017 / 25 de febrero, 2017 / Función única / 3:55 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.

Fernando Figueroa
Sin lugar a dudas, Kristine Opolais es una mujer valiente. Interpretar el papel principal de Rusalka en el Met, sin importar que hace tres años lo haya hecho ahí mismo la consentida del recinto, Renée Fleming, no es poca cosa. Por fortuna, se trata de una nueva producción, de Mary Zimmerman, y elenco totalmente distinto.

Para los asiduos a las transmisiones en vivo desde el Met, no es una sorpresa la osadía de Opolais. La noche del viernes 4 de abril de 2014 interpretó a Cio-Cio San, en Madama Butterfly, y se desveló luego de una cena con prolongada sobremesa. Al amanecer del día siguiente, le pidieron que supliera de emergencia a Anita Hartig como Mimí, en La Bohème, dentro del programa Live in High Definition. O sea, unas cuantas horas después, en la función sabatina del mediodía. Aceptó el reto de morir dos veces con Puccini y salió triunfante sin ensayo previo.

Ahora se trata de que los fans de Fleming se olviden de ella y fijen su atención en la soprano letona, quien ha hecho de Ruslaka uno de sus principales estandartes, y lo planta por vez primera en el Met como quien llega a la cima del Everest sin ayuda de oxígeno extra. Opolais apenas tiene treinta y siete años y puede darse ese lujo gracias a la calidad de su voz y por la belleza que debe tener una ninfa de la mitología eslava.
La ópera de Antonin Dvořák también es un dechado de audacia, pues no cualquier compositor se atreve a escribir una ópera donde la protagonista pierde la voz durante un buen trecho; es el costo que ella paga con tal de conquistar el amor de un ser humano; príncipe, para más señas. La anécdota parece incongruente dentro del arte lírico, pero en realidad es una idea genial porque, a fin de cuentas, el silencio es una parte fundamental de la música.
Escuchar en el primer acto la maleable voz de Opolais crea adicción. Luce imponente en los recitativos y, sobre todo, en el aria “Canción a la luna”. Cuando se queda muda, el público siente algo similar a un síndrome de abstinencia. El segundo episodio arranca con esa misma privación, pero a los pocos minutos Rusalka vuelve a expresarse con su canto y el alma regresa al cuerpo de los espectadores en el Lincoln Center y en el Auditorio Nacional.
La música de Dvořák parece un océano burbujeante donde el sonido del arpa genera continuas olas. La protagonista no puede ir contra su naturaleza; nunca deja de ser un pez fuera del agua y eso se transmite de forma clara y contundente a través de las notas.
El libreto en checo de Jaroslav Kvapil está basado en el cuento La sirenita, de Hans Christian Andersen, y en la novela Undine, de Friedrich de la Motte Fouqué. Para enamorarse, Rusalka le pide consejo a su padre, el Espíritu del Agua (Eric Owens, bajo barítono), quien trata de disuadirla, pero ante la insistencia decide remitirla con la bruja Jezibaba (Jamie Barton, mezzosoprano).
Jezibaba prepara una pócima casera y se la ofrece a la joven, no sin antes advertirle que corre muchos riesgos. Apenas el 7 de enero pasado se vio en pantalla a Jamie Barton como Fenena, la hija fiel de Nabucco (Verdi). Hoy exhala gracia como la hechicera que combina toda clase de ingredientes en un pocillo humeante.
Eric Owens plasma su maestría vocal como el padre angustiado que ve el hundimiento emocional de su hija. Por su parte, el tenor estadounidense Brandon Jovanovich (Príncipe) y la soprano sueca Katarina Dalayman (Princesa Extranjera) lucen extraordinarios como los humanos que, al flirtear entre ellos, le enseñan a Rusalka lo que son los celos, la traición y demás “linduras” del desamor. La sirena sabe que carece de pasión, misma que le sobra a su competidora terrenal.
Según Kristine Opolais, “Rusalka tiene dos caras: la pura e ingenua y la peligrosa (un beso suyo puede ser mortal); ella descubre muy pronto que todo lo relacionado con los seres humanos tiene un tinte de tragedia. Aunque yo no haya vivido lo mismo, siento intensamente todo lo que le sucede”.
La producción es de Mary Zimmerman, quien antes se encargó en el Met de Lucía di Lammermoor, La sonnambula y Armida. En Rusalka crea cuadros muy variados e imaginativos: la mujer con vestido largo a manera de aleta surge de un hermoso estanque en medio de ninfas que danzan a su alrededor, pero al humanizarse todos los sitios le son hostiles, desde el rico salón en el que baila la realeza hasta el tétrico bosque nocturno donde se entrevista con Jezibaba.
Ganadora en 2003 de varios premios Tony por Las metamorfosis, de Ovidio, ahora Zimmerman cuenta con el apoyo de Daniel Ostling (escenografía), Mara Blumenfeld (vestuario), T. J. Gerckens (iluminación) y coreografías de Austin McCormick.
Al presentador Matthew Polenzani, Zimmerman le explicó brevemente de su proceso creativo: “Primero analizo la partitura, luego entro en un estado de ensoñación y después imagino escena por escena”. El siguiente paso es la brillante ejecución de un equipo creativo que transporta al espectador a un mundo metafórico en el que un ser etéreo alcanza corporeidad con resultados fatales.
Los planes de boda entre Rusalka y el Príncipe se van a la basura por la deslealtad humana; él muere arrepentido y ella regresa deshecha a su mundo acuático, de donde nunca debió salir.

La mano de Wagner
• Durante la tradicional charla introductoria, en el Lunario, el maestro Sergio Vela comentó que Rusalka es una ópera con sabor checo pero con una asumida influencia wagneriana. Minutos después, en las entrevistas del intermedio, Eric Owens coincidió en esa apreciación.
• Rusalka se estrenó en el Teatro Nacional de la Ópera, en Praga, el 31 de marzo de 1901. Fue la penúltima de once óperas de Dvořák y la más exitosa. También es autor de las famosas Danzas eslavas.
• Según el director Mark Elder, quien estuvo en el foso del Met, “Rusalka es una obra maestra. Contiene lo mejor del bel canto y por eso necesita de los mejores cantantes del mundo”. Añadió: “Dvořák tiene melodías radiantes y Wagner le aportó la oscuridad”.
• “Puccini está en mi corazón y Dvořák en mi alma”, afirmó Kristine Opolais. Acerca de los minutos en que está muda, dijo: “Me encanta porque estoy en estrecho contacto con la audiencia, y debo estar muy concentrada para estar lista en el momento en que vuelvo a cantar”.
• Jamie  Barton: “Las mezzosopranos somos las que le damos sabor a las óperas”. (F.F.)

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