miércoles, 15 de febrero de 2017

Lupita D’Alessio: La reina de la selva




Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional


15 de febrero, 2017 / Función única / 1:40 hrs. de duración / 
Promotor: OCESA Promotora S.A. de C.V.

David Cortés
La de hoy es una experiencia vicaria, trasciende la etiqueta de concierto. Aquí no sólo hay un diálogo entre público y cantante, tampoco es un asunto reductible a la empatía. No es la nostalgia el principal motor, aunque hay algo de ella. Las mujeres ⎯mayoría como siempre en sus shows⎯ que se han dado cita para ovacionar un vez más a la Leona Dormida, están aquí para compartir parte de su vida.
No se crea que la comunión entre Lupita D’Alessio y sus seguidoras se reduce a la lírica. Las situaciones y emociones que ella ha pasado y plasmado en sus canciones han servido de guía, de faro en el día a día de quienes hoy se rinden ante ella. Seguramente la cantante jamás pensó en ser pedagoga, pero vaya que las letras de quienes le han escrito han servido de enseñanza a varias generaciones que vivieron el paso de la sumisión a la conquista de la libertad personal. Cuando pregunta “¿cuántas leonas hay aquí?”, la clamorosa respuesta confirma el juicio anterior.
Hoy, lo que para algunos será una hipérbole, se manifiesta en la equidad de género y si bien la D’Alessio dista mucho de ser una comentarista social, bien sabe que quienes han pagado su boleto, además de sus éxitos, vienen a celebrar su actitud.
El pretexto, sí, es la música, el desempeño de una intérprete que incluso ha ejercido la autocrítica y reconoce sus yerros. Esta noche lo vuelve a hacer frente a sus tres hijos que, en una de las primeras filas, le tributan aplausos y admiración a la mujer que confiesa que “a pesar de todo han aguantado vara”. Ese instante es el único en el cual se le quiebra la voz.
Si algo no cambia es el estado de su garganta. Es la misma, sin grietas; se expresa con fortaleza y una vitalidad que no se advierte si se la transmite la música o viceversa. Como sea, sus músicos no se constriñen, la arropan con delicadeza, con vigor, según sea el caso. Ahora sus temas se mueven más hacia un pop rock muy sólido respaldado por una guitarra que constantemente hace solos rayanos en el virtuosismo. Los metales, roncos, hacen todavía más vigoroso ese vestido de notas que se cuelga del brazo de la cantante y pone energía, estamina y poderío a cada una de sus interpretaciones.
En este repaso por el amor y el desamor justo un día después de haber festejado el Día de San Valentín, no falta la sensualidad y esta aparece, aunque un poco avanzada la tanda, en un solo de saxofón. Esa pátina de jazz que fugazmente se hace presente, habla del olfato de quienes se encargaron de la producción de sus discos, que supieron insuflar a sus canciones con otros ritmos que probablemente no estaban en boga, pero encontraron terreno fértil. El popurrí —“lo trajimos otra vez, diez canciones con arreglos de Eugenio Toussaint”, dice— es una prueba fehaciente, todo él pintado con síncopa, muy ligero pero no por ello menos elegante y con borbotones de ritmos latinos, apenas lo suficiente para agregarle vida a melodías que de otra manera hace tiempo habrían perecido.
Por ejemplo, la introducción de “Ese hombre”, que es funky, profundamente negra y que le sirve como falso final para luego pintarse de tonos épicos, climáticos, propios del mood de los centros nocturnos donde la orquesta hace un crescendo que habla de inmensidad. “Acaríciame” no sólo sobrevive merced a un excelente arreglo que la vivifica; es la demostración vocal la que la eleva hasta el clímax y que es premiada de pie y con una larga ovación.
 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
Todavía hay tiempo para más. Escucha muy conmovida las demostraciones de afecto y agradece “estar una vez más allí, a quien me permitió estar de nuevo ⎯y eleva la mirada al cielo⎯, a ustedes ⎯y sus manos abarcan todo el Auditorio Nacional⎯ por su fidelidad y su amor”. Algunas lágrimas resbalan por su rostro, pero se confunden con el sudor. Un giro funciona como señal para el encore; la orquesta incrementa el volumen, el tono es majestuoso. Ella corona el todo con su voz, llena el lugar con un tema que se ha escuchado infinidad de veces, pero que todavía resuena con frescura, al menos así lo expresan su devotas que, felices, emprenden la retirada no sin voltear por última vez al escenario para comprobar que, efectivamente, llegó el final.

La transformación
Era dulce, mucho. A principios de los setenta, Lupita D’Alessio alcanzó el éxito con “Mi corazón es un gitano”, versión a un tema original en italiano. Después grabó un par de canciones infantiles, una de ellas utilizada en la telenovela Mundo de juguete. El despertar se dio en los ochenta, el decenio dorado no sólo para ella, sino para muchos de los intérpretes de la música popular mexicana. Es entonces cuando la rosa saca las espinas y la angelical mujer se transforma en fiera: la Leona Dormida despierta.
Algunas de sus canciones se convierten en diatribas para los hombres, en reclamos y gritos. Muchos dicen que su éxito es producto del despecho, pero lo que traslucen esas canciones es un cambio de mentalidad, una transición que lejos de ser entendida como tal, se convirtió en objeto de polémica.
En medio de esa vorágine perdió la estabilidad, según afirma. De ahí emergió con algunas cicatrices, pero sin resentimiento. Su vida ha sido de continua transformación, como comentó a People en español: “Conocí a Cristo, me entregué a él y hoy soy otra mujer”. (D.C.).

Programa
Opening / Aquí estoy yo / Tiempo de rosas / Ni guerra ni paz / Es un peligro / No preguntes con quién / Leona dormida / Qué ganas de no verte nunca más / Popurrí: Punto y coma - Lo siento mi amor - Vieras cuántas ganas tengo - Como tú - Si no te gusta como soy - Ya no regreso contigo - Juro que no volveré - Te estás pasando / Inocente pobre amiga / De parte de quién / Amor (contigo me da igual) / Ese hombre / Acaríciame / Mudanzas / Mentiras.


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