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domingo, 29 de enero de 2017

Las Primadonnas: Menos psicólogos y más payasos

Fotos: Carlos Alvar / Colección Auditorio Nacional


Sombreros con patas y alas / 29 de enero, 2017 / Función única / 1:10 hrs. de duración / 
Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Julio Alejandro Quijano
Y cuando despertó, el mosco seguía ahí... ¿O era una cochinilla? ¿O una cucaracha de las que tienen alas y atacan mientras duermes?
La respuesta es lo de menos. Lo que importa es que los niños se acaban de ahorrar horas de psicólogo y sus papás una cuenta abultada. Y todo gracias a setenta minutos de clown con el espectáculo Sombreros con patas y alas, el segundo que presentan Las Primadonnas en el Lunario y que les enseña que los sueños no son como los pintan los cuentos de hadas tradicionales. 
No por lo menos el que tiene Luis (López), un payaso desafortunado en el amor, desilusionado del mundo y que lo único que quiere es dormir: coloca su almohada en el piso y sueña. Pero no con castillos y princesas, sino con un insecto raro que tiene patas y sombrero. 
Y lo despierta. Lo ataca. Lo hace correr. La escena, desarrollada con pura pantomima (es un show sin palabras) y con la ayuda de un pianista que agrega música dramática, es de terror.
Pero los niños no se espantan; por el contrario, se emocionan, se divierten, ayudan al pobre payaso que no puede con semejante ¿cucaracha? No lo saben, pero en ese momento, mientras gritan para alertar la presencia del enemigo, los pequeños exorcizan sus miedos y se vacunan contra el trauma de las pesadillas.
Bernardo Espadas, el pianista a cargo de darle ritmo a este sueño, explica que en ese momento la mitad de su misión se ha cumplido: “La idea es que los niños se enfrenten con naturalidad a sus pesadillas, lejos, muy lejos del mundo infantil dominado por la estética de Disney”.
El espectáculo está evidentemente inspirado en La metamorfosis, de Franz Kafka. Por eso los chiquillos no son los únicos que hallan alivio en este mundo oscuro en donde un payaso triste es incapaz de dominar sus traumas. Los adultos también se curan de espanto. Se ríen del clown cada vez que es incapaz de besar la fotografía de su amada, que queda siempre por arriba de él cuando se lanza sobre sus labios. 
También hacen exclamaciones de incredulidad cuando ven que la cucaracha es cada vez más grande y el payaso más chico. ¿Cómo es posible eso? Porque Bernardo tiene razón: aquí no hay final feliz. Lo que hay es un laberinto onírico que comienza cuando el payaso duerme y sueña con una cucaracha que duerme y sueña con un payaso que duerme y sueña con una cucaracha... Y cuando despiertan, después de un sueño intranquilo, se encuentran convertidos en cucaracha gigante y payaso pequeño. No hay villanos. Hay niños a los que ahora ya no les da miedo explorar mundos oscuros.
Pero falta todavía la otra mitad de la misión. Al terminar la función, los clowns (músico y actor) se toman fotos con los asistentes. Entre ellos aparece un niño que berrea. No le gustan los payasos, le dan miedo. Su mamá no sabe cómo tranquilizarlo y únicamente atina a decirle: “¡Cállate, Mateo!”. 
 
Fotos: Carlos Alvar / Colección Auditorio Nacional
Entonces Bernardo, aún con su traje clown y la cara pintada, se acerca. Le estira la mano y le dice: “Hola Mateo, soy Bernardo y soy un payaso”. Mateo deja de llorar. Lo saluda. Hasta sonríe. Acaba de vencer otro miedo porque sólo se teme lo que no se conoce. “Y de paso le ahorramos a su mamá el dinero del psicólogo”, bromea Bernardo.



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