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sábado, 5 de noviembre de 2016

Lila Downs: Del camposanto al carnaval

Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional


Balas y chocolate / 5 y 6 de noviembre, 2016 / Dos funciones / 
2:40 hrs. de duración / Promotor: Westwood Entertainment S.A. de C. V.


Gustavo Emilio Rosales
La geografía escénica que esta noche alberga a Lila Downs y su banda es una representación a escala de la tradicional celebración mexicana de Día de Muertos, en la que se recuerda a los difuntos por medio de la intensificación de diversos signos de vitalidad: diez mil flores de cempasúchil (colocadas por unidad en el respaldo de cada butaca del recinto) convierten la zona de espectadores en un jardín resplandeciente, que guarda empatía con una colorida ofrenda y una serie de asombrosas proyecciones en video.


Numerosas personas, de múltiples géneros y edades, realizan su aportación simbólica a este festejo al arribar al concierto maquilladas cual jocosas calacas.

Pero de no haber aquí flores, ni el paradigmático papel picado, ni los admiradores que buscaron recrear en sus rostros las figuras emblemáticas trazadas por el grabador José Guadalupe Posada hacia el final del siglo XIX y principio del XX, ni los coloridos cráneos y cruces proyectados en video, bastaría la presencia portentosa de esta cantante oaxaqueña para evocar un importante conjunto de tradiciones mexicanas en su vestuario de trazas folclóricas estilizado a tono actual; en el escudo nacional, bordado con lentejuelas, que destaca en uno de sus tres cambios de ropa; en los decorados florales y rebozos, que abundan en su indumentaria; y, especialmente, en los rasgos llamativos de su corporalidad: el moreno bruñido de su piel, cuyo evidente buen estado de salud podría causar escándalo en los países que ven pasar la mayor parte del año sumergidos en penumbra; sus ojos y cabello, intensamente negros y brillantes; su amplia sonrisa, que esplende a la menor provocación.
Es cierto que Lila Downs ha impulsado su carrera por medio de su imagen. No sólo por la obvia —aunque no por ello menos atractiva— noción de que el cantante, como el bailarín, son al unísono creador y creación (a tal punto resulta orgánico el fundamento de su arte); sino también porque las particularidades de su fisonomía se prestan para que la intérprete de La línea (canción y disco que ponen el acento en su doble linaje, mitad indígena, mitad estadunidense) se convierta en cifra de lo mexicano en Estados Unidos, Europa y Sudamérica, donde se le estima como embajadora cultural de nuestro país.
“¡Vivos los queremos!”, grita segundos antes de que la banda que la acompaña entone los primeros acordes de “Patria madrina”, canción que la oriunda de la heroica ciudad de Tlaxiaco interpretó al lado de Juanes en su versión original, registrada en el disco que brinda la columna vertebral del repertorio de esta noche, Balas y chocolate (2015); y con este alarido suscita el ardor de los públicos que bailan cual posesos, delante de la auto investida Reina del inframundo.
Dos personajes, caracterizados con la ornamentación humorística del sainete, acompañan este reinado espectacular cuyo propósito primero es dar luz a las maneras mexicanas de asumir la muerte con picardía, exuberancia e incluso sensualidad. Ellos son un diablo, con acento de gringo y pensamiento colonizador; y un tlacuache humano, cuya vestimenta y habla corresponden al arquetipo del campesinado. Entre canciones, ambos se trenzan en acaloradas disputas políticas y culturales, cuyo desenlace final suelen ser los abucheos para el demonio, declarado seguidor de Donald Trump, y las carcajadas que empoderan el ingenio del único marsupial mexicano, quien acude al albur cuando escasean los argumentos. Lila, divertida y señorial, casi siempre al frente de un micrófono estable que tiene como decoración una serpiente emplumada de innúmeros colores, los mira desgreñarse, festejando con sorna todo tipo de exabruptos, dimes y diretes.
Aprovechando que la serie de temas dispuesta para esta velada abunda en comentarios a las luces y sombras de la muerte, los estimula para que declaren cómo son las nociones del más allá en Estados Unidos y cómo lo fueron en el México prehispánico; y agrega una particular arenga a favor de los productores nacionales de cacao.
Los músicos que acompañan a Lila son visualmente discretos, pues se encuentran situados hacia el fondo del escenario —muchas veces velados por un gran bastidor de dos hojas de tela, sobre el cual se realizan proyecciones—, pero artísticamente demoledores: junto con la cantante, llevan a cabo un sonido de carácter vigoroso, que favorece esta visión de la muerte como un fenómeno extraordinariamente activo en su complejidad cultural.
Sería más sencillo apuntar a los instrumentos musicales que faltan en la banda que enumerar los que en ella se encuentran: así de vasta es la dotación instrumental. Al colectivo de base se suman eventualmente tres conjuntos: el Trío Corona, especializado en los repertorios de la región huasteca (zona que abarca la geografía de cinco estados de la República Mexicana); la Marimba Municipal Yetzi Quieru, de Ixtlán de Juárez, Oaxaca, acompañada por el guitarrista, cantante y declamador Amílcar Jiménez; y el Mariachi de Aída Cuevas, una de las principales exponentes de la canción ranchera, quien cierra este concierto ofrendando, al lado de Lila, un homenaje a Juan Gabriel.
 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
Antes de rendir honores al divo recientemente fallecido, Downs conduce el concierto hacia una cresta difícil de olvidar. “La cumbia del mole”, “Zapata se queda” y “Son de difuntos” son temas que provocan que la efusiva danza de la gente bajo el proscenio se engarce energéticamente con el baile centenario de los insólitos tiliches, figuras de la danza tradicional de la población oaxaqueña de Putla Villa de Guerrero, que destacan por su atuendo —hecho con decenas de listones de múltiples colores y jirones de telas diversas— y sus enormes máscaras elaboradas con fibras naturales. La Reina del inframundo, de nombre latino y apellido anglosajón, anuncia en alarido que “¡aquí llega la muerteeee!”, y el público, enfebrecido, festeja el arranque como si se tratara del imposible tanto con el que la Selección Nacional de futbol habría de ganar la Copa del Mundo… México, sin duda, es este lugar fuera de serie que sólo se comprende vía las leyes del caos y la lógica no escrita de la contradicción; materias en las que Lila Downs se muestra experta, y desde las cuales ha construido un imperio artístico que, fiel por supuesto a los mandatos de la paradoja, es en esencia popular.


De aquí y de allá
• Ana Lila Downs Sánchez sabe lo que es bañarse en varios ríos. De sobra conocida es su ascendencia binacional, así como también que su esposo, el saxofonista y director musical (quien ofició de Diablo en el sainete preparado para estos conciertos por Jesusa Rodríguez) Paul Cohen, es oriundo de Estados Unidos, como lo fue el padre de ella. Ha admitido que desde pequeña se sintió desconcertada por el biotipo indígena de su cuerpo, al grado de rechazarlo; para llegar a reconciliarse con él por medio de la canción y el desarrollo de una incipiente conciencia política que la impulsó a investigar artísticamente las tradiciones culturales de Oaxaca, su estado natal, y abrazar posteriormente el estudio universitario de la antropología. El habitar su corporalidad de forma integral fue una conquista que la llevó a encauzar su producción musical por caminos interdisciplinarios marcados por el concepto de fusión, pero también por la conservación de un fundamento simbólico que remite a los factores de identidad del mexicano actual. En varias ocasiones ha declarado que no soporta la propagación del rumor de que ella tiene más éxito fuera que dentro de México, o que así sucedió en el principio de su carrera: sostiene que resulta favorable para la vida nacional que se sepa públicamente que un mexicano puede destacar dentro y fuera de su lugar de origen; que puede ser, sin menoscabo de sus posibilidades externas de éxito, profeta en su tierra.
• A diferencia de muchos otros colegas suyos, Lila Downs se ha preocupado por crecer artísticamente a partir de propiciar el espíritu del trabajo en equipo basado en la calidad. Los músicos de su colectivo poseen un nivel técnico excepcional y brindan su atención a formar una unidad de estilo que hace que cada disco o presentación de esta cantante sea motivo de auténtico disfrute estético. Cuida, asimismo, sus letras y no permite que su activismo político la precipite a abordar asuntos delicados desde la óptica del maniqueísmo o la chabacanería. A la par, impulsa a jóvenes promesas de su estado natal, como es el caso de la Marimba Municipal Yetzi Quieru —formada por adolescentes que decidieron preservar la tradición musical de sus ancestros— y de Amílcar Jiménez, un joven intérprete de la guitarra eléctrica, quien canta sus propias composiciones en estilo de rock y en lengua mixe.
• El disco Balas y chocolate, así como estos conciertos de Día de Muertos, portan un mensaje de alerta y petición de defensa colectiva acerca de la situación de crisis en la que trabajan los productores cacaoteros de México, quienes están a merced de especuladores de la distribución nacional e internacional de su producto; de quienes usurpan sus tierras en busca de otros recursos naturales; de quienes las contaminan, arrojando a ellas cuantiosos desechos tóxicos, y de las organizaciones criminales, que los despojan impunemente. Dentro del marco del recital, junto con cada flor, en cada butaca, se podía hallar una tarjeta con los datos de una organización no gubernamental que trabaja a favor del rescate del cacao nacional, cuyo nombre es Conservación México. (G.E.R.)


Programa
Waltz fúnebre / Humito de copal / La iguana / El preso número 9 / La reina del inframundo / Fallaste corazón / Balas y chocolate / Popurrí huasteco (Trío Corona) / Una cruz de madera / La martiniana / El feo / La mentira / Patria madrina / Viene la muerte echando rasero / Mano negra / Actuación de Amílcar Jiménez acompañado de la Marimba Municipal Yetzi Quieru / Zapata se queda / Cruz de olvido / Son de difuntos / Mezcalito / La cumbia del mole / Tributo a Juan Gabriel (con Aída Cuevas): Se me olvidó otra vez - Te sigo amando - Amor eterno.



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