jueves, 23 de junio de 2016

Orquesta Sinfónica Simón Bolívar: Sonido de titanes



23 de junio, 2016 / Función única / 1:50 hrs. de duración /
Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Gustavo Emilio Rosales
La bandera de la República Bolivariana de Venezuela está presente a lo largo de todo el frente escénico, representada por cientos, quizá miles de flores rojas, amarillas, blancas y listones de color azul. Las vibraciones de los casi cien cuerpos que emanan música concertadamente, ataviados todos de negro para cumplir con la etiqueta de indumentaria de gran gala, otorgan movimiento a esta piel vegetal de colores en lo que parece ser una inmensa danza de pétalos, estambres, hojas y pistilos. 
Como la pieza que abre el programa es la Suite margariteña, de Inocente Carreño, esta danza florida es coqueta e irrefrenable. Su autor, el recientemente fallecido compositor que ha sido considerado una gloria de la cultura venezolana, la escribió como un homenaje a su tierra, Porlamar, que es una pequeña ciudad ubicada al sureste de la isla de Margarita, en el estado de Nueva Esparta. Inspirado en una famosa canción popular llamada “Margarita es una lágrima”, y tomando como base otros temas de folclor local, como el “Canto del pilón”, Carreño articuló una composición sensual de principio a fin, que habla de comunidades que gustan de sentir su cuerpo en contacto con la naturaleza a través del baile, la música, la fiesta. El director, maestro Diego Matheuz —quien ha sido recibido con un sonoro aplauso debido a la fama de joven talento que le precede—, proyecta esta pieza con determinación sonora, como para que no quede duda de que Venezuela es, de fundamento, una nación de gente alegre.
En claro gesto de reconocimiento al país anfitrión, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar (OSSB) ofrece acto seguido la Sinfonía Número 2, India, del compositor mexicano Carlos Chávez, quien llegó a dirigir a esta agrupación en sus inicios, hacia la segunda mitad de los setenta, cuando recién había sido fundada por el músico y gestor cultural José Antonio Abreu, con el lema Tocar y luchar como divisa. Desde entonces, la OSSB ha representado la cima artística del programa institucional en el que se fraguó el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, adquiriendo fama internacional como embajadora del acervo cultural de ese país.
La inclusión de esta pieza de Chávez en el programa no es un mero halago baladí. Se trata de una composición de marcada complejidad rítmica, que enlaza al canon sinfónico sonoridades de dos grupos étnicos de México —los yaquis, de Sonora, y los huicholes, de Nayarit— cuya emisión se lleva a cabo por medio de instrumentos autóctonos como flautas de barro, guajes con raspadores y tambores de corteza y piel hechos a mano. En una interpretación prodigiosa de esta elaborada partitura, a través de una conducción vehemente en la que Matheuz ha llegado incluso a perder una batuta en lo que fue un desplante enérgico de su brazo derecho, la OSSB enseña con orgullo su talante guerrero. El público, de pie, ovaciona con enjundia esta actitud bravía y así dispone un ánimo propicio para encarar la última sección de la noche, reservada para el ofrecimiento de la Sinfonía Número 1 en Re Mayor, Titán, de Gustav Mahler.
Tras breve intermedio, con un tono extremadamente lento como primer clima dominante, comienza la interpretación de Titán, escrita hace ciento veintiocho años por el compositor bohemio-austriaco a manera de poema sinfónico. La OSSB opta, como es usanza en el medio orquestal, por eliminar el segmento melódico conocido como Blumine, ofreciendo así una partitura de cuatro grandes movimientos que, en los ámbitos ortodoxos de finales del siglo XIX, en los que predominaba el agotamiento de formas repetidas y un miedo generalizado a las transformaciones inminentes de la incipiente modernidad, fue calificada como insustancial e incomprensible; sin embargo, su desarrollo en el tiempo mostró que en realidad se trataba de una creación innovadora, en la que Mahler cimentaría su gloria póstuma como gran escritor de sinfonías.
El comportamiento de la orquesta ante la ejecución de Titán genera un silencio respetuoso. Tan vigorosa es su forma de encarar los continuos cambios de atmósferas, tonalidades y energías de esta obra que pareciera que la agrupación de Diego Matheuz la hubiera elegido para hacer gala de su poderío orquestal, tal y como un hombre musculoso goza en hacer pública su fuerza encarando abiertamente desafíos sobrehumanos. Después de un cierre dramático —la obra de Mahler concluye con vertiginosas mudanzas acústicas—, el público se levanta al unísono de sus asientos, aplaude, brinca y lanza vivas y proclamas a favor de los músicos, del director y también de Venezuela; hay quien tiene la faz bañada en lágrimas.
Los músicos se encuentran también visiblemente emocionados. Son personas de distintas edades, que parecen haber hecho un pacto de lealtad con un director que en los agradecimientos luce incluso más joven de lo que en realidad es, pero que enfrascado en su trabajo orquestal desprende un temple de león ante la caza. Todos ellos permanecen en escena para brindar una despedida binacional consistente en la interpretación del Huapango, de Moncayo, y del célebre tema popular “Alma llanera”, que parece ser un sello de la identidad venezolana, tal y como lo demuestra un amplio sector de público proveniente de esta nación sudamericana, que, por medio de gritos de júbilo, provoca que la orquesta brinde por segunda ocasión dicha pieza, esta vez con un énfasis rítmico que suscita el baile generalizado, marcando así, con esplendor, el cierre definitivo de una magna celebración sinfónica.

Sembrar en los orígenes, cosechar en el mundo
• La Orquesta Sinfónica Simón Bolívar representa la decantación hacia las virtudes artísticas que ha buscado sembrar y desarrollar, desde su fundación en 1975, también a cargo de José Antonio Abreu, el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela (Fundación Musical Simón Bolívar), conocido como El Sistema: un programa de educación musical que tiene como principal objetivo fomentar la cohesión comunitaria a partir de fundamentos humanísticos y por medio de la instrucción y la práctica sistematizadas de la música de concierto.
Uno de los puntos notables de este programa institucional consiste en brindar opciones de desarrollo creativo a jóvenes que viven en circunstancias de extrema pobreza, amenazados por las tentaciones o consecuencias nocivas del crimen y variantes de la adicción. De hecho, el actual director de la OSSB, Diego Matheuz, es uno de los ex alumnos de El Sistema (al lado de músicos como Natalia Luis-Bassa y Gustavo Dudamel, entre otros) que han logrado consolidar una brillante y próspera trayectoria profesional.
• En la esfera culterana de la música, de ordinario conocida como clásica, adquiere una morbosa relevancia el caso de los niños prodigio: infantes que antes de escolarizarse son capaces de leer e interpretar una partitura compleja —no menos que una sonata, por ejemplo— con absoluta corrección. Pero Diego Matheuz, el guía de la OSSB, representa a una especia más rara y mucho menos llamativa: la del adulto que resulta una revelación.
Matheuz comenzó sus estudios musicales de pequeño, con el violín como medio de expresión. Pero no pasó de ser un concertista correcto, de los muchos que El Sistema prepara, generación tras generación. Sin embargo, al cumplir su deseo de estudiar dirección musical, apenas en 2005, su carrera adquirió un impulso meteórico. Sus compañeros, para quienes antaño era un chico callado y quizá demasiado obediente al momento de tomar la lección, lo vieron despegar con un ímpetu conquistador: estudiaba y practicaba como un poseso y su memoria, que antes no había mostrado signos de singularidad, comenzó a atesorar, sin pérdida, las grandes sinfonías. En menos de un lustro, Matheuz era nombrado director titular del Teatro La Fenice, de Venecia. Desde entonces, ha encabezado a algunas de las agrupaciones orquestales más destacadas, como la Orquesta Nacional de Lyon, la BBC Philharmonic y la Netherlands Radio Philharmonic Orchestra. Durante los próximos meses debutará como director de ópera en la conducción de un Rigoletto para la Deutsche Oper, de Berlín. Tiene treintaiún años y nació en Barquisimeto, una ciudad del occidente venezolano, famosa por sus centros de estudio y arte, donde se dice que tienen lugar los carnavales más frenéticos del Estado Lara, una de las veinticuatro entidades federales de la República Bolivariana de Venezuela.
• Al término de alguna populosa reunión que hubiera tenido como centro a Venezuela, a su gente y sus costumbres, sería de esperar que, como marca una tradición no escrita (que son las que suelen pesar más), se escuche alguna de las numerosas versiones del tema “Alma llanera”, canción considerada como el himno no oficial o segundo himno del país en que nació Simón Bolívar.
Con letra de Bolívar Coronado y música de Pedro Elías Gutiérrez —escrita a ritmo de joropo; son que, de tan alegre, también motiva una danza del mismo nombre—, esta pieza fue inspirada por música de vals e imágenes de un paseante que, arrebatado por la fuerza vital de la naturaleza que lo circunda, no duda en declarar a viva voz el santo y seña de su preciado origen: “Yo nací en esta ribera del Arauca vibradoooor…”. (G.E.R.)

Programa
Suite margariteña, de Inocente Carreño / Sinfonía Número 2, India, de Carlos Chávez / Sinfonía Número 1 en Re Mayor, Titán, de Gustav Mahler / Encore: Huapango, de José Pablo Moncayo / “Alma llanera”, de Pedro Elías Gutiérrez.

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