viernes, 4 de marzo de 2016

Orquesta Mariinsky: La profunda alma rusa

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

Orquesta Mariinsky. Valery Gergiev, director principal; Sergei Redkin, solista (piano) / 4 de marzo, 2016 / 
Función única / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Fernando Figueroa
El Auditorio Nacional es el sitio donde se cumplen los sueños de todo tipo de públicos. En febrero de 2015 fue posible ver vía satélite, en pantalla gigante, a Valery Gergiev dirigiendo a la orquesta del Met de Nueva York en la ópera Iolanta, de Chaikovski. Esta noche, Gergiev está parado en el escenario de Reforma frente a la Orquesta Mariinsky, que ejecuta un programa en el que se incluyen dos obras del mencionado compositor.
La música rusa, interpretada por la célebre agrupación de San Petersburgo, es una refrescante ola que baña el espíritu de los miles que intuyeron la magnitud de este suceso. Ochenta instrumentistas de alto nivel, una leyenda viva en el podio y partituras de Chaikovski, Borodin y Stravinski eran una oferta irresistible, más las agradables sorpresas que siempre da la vida (encores).
Dos semanas antes de esta presentación, Valery Gergiev ofreció una videoconferencia para los medios mexicanos. En un acto de humildad, declaró: “Los músicos de la orquesta y los solistas que van a estar con nosotros, consideran que es un gran honor visitar su país, vamos a trabajar para estar a la altura”. Se refería a tres conciertos en el Palacio de Bellas Artes y este cerrojazo en el Auditorio Nacional, donde los asistentes se rinden con ovaciones interminables que parecen decir a los artistas: no sólo están a la altura sino que sobrepasan las expectativas.
La Orquesta Mariinsky posee un sonido prístino que se ajusta a las exigencias técnicas de Gergiev, un director sobrio, ajeno al histrionismo, para quien “los mejores maestros de los músicos son los compositores”. Sin embargo, debajo de esa presencia adusta hay en Gergiev una sutileza conmovedora, que casi puede verse en la delicada forma como sostiene la pequeña batuta entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha.
El programa inicia con las Danzas polovtsianas, tomadas de la ópera El príncipe Ígor, de Aleksandr Borodin, que por cierto se estrenó en noviembre de 1890 en el Teatro Mariinsky. Sirva este comentario para enfatizar que la orquesta que hoy cimbra al público mexicano se especializa en acompañamientos de ballets y óperas en el mencionado recinto ruso, y tal vez por eso sus acordes parecen transmitir imágenes en movimiento.
A continuación, Sergei Redkin y su instrumento se colocan en primer plano para la interpretación del Concierto para piano y orquesta núm. 1 en si bemol menor, Op. 23, de Chaikovski. En la página de la Orquesta Mariinsky él había dicho en video que estaba muy emocionado porque tocaría en México “una de mis composiciones favoritas, con una de mis orquestas preferidas”. La química entre el conjunto y el solista se manifiesta durante los cuarenta minutos que dura la pieza, y continúa en el encore con un fragmento de La Cenicienta, de Prokófiev.
La perfecta sonorización en el Auditorio Nacional permite escuchar a detalle cada nota que sale del piano de Redkin, en perfecta sincronía con la imagen de sus dedos que se proyecta en las pantallas, aunque también está la opción de ver directamente al muchacho de veinticuatro años que en 2013 obtuvo el primer premio del Concurso Internacional de Piano Prokófiev, de San Petersburgo.
El intermedio sirve para que la gente salga brevemente del estupor que causa la perfección interpretativa, pero el aluvión regresa con una versión corta de la música del ballet El pájaro de fuego, de Stravinski, que sirve para que cada quien ponga a danzar su imaginación según le plazca.
Pese a tantas emociones vividas hasta este momento, nada puede preparar para un final oficial como el que se produce con la Obertura 1812, casi un himno a la libertad que Chaikovski compuso en 1880 para conmemorar la derrota napoleónica en Rusia, y que de manera tentativa serviría para estrenar la Catedral de Cristo Salvador en Moscú, proyecto que se frustró por razones políticas. Es por eso que en el fondo del escenario hay cinco campanas, que repican como lo hubieran hecho en el mencionado templo.
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
Era un broche perfecto, pero por gentileza de Gergiev hay un encore con fragmentos de Romeo y Julieta, de Prokófiev, que sirve para calmar un poco los ánimos que había generado la Obertura 1812, que a nivel local hace pensar en el cura de Dolores.

La energía de Gergiev
Mientras la china Elim Chan dirigía como huésped los dos primeros conciertos de la Orquesta Mariinsky en el Palacio de Bellas Artes (1 y 2 de marzo), Valery Gergiev, titular de la misma, conducía en Florida a la Filarmónica de Viena. La tercera fecha en México del conjunto de San Petersburgo sí estuvo a cargo de Gergiev, al igual que la presentación en el Auditorio Nacional.
Valery Gergiev no sólo es director general y artístico del Teatro Mariinsky (ópera, ballet y orquesta), también está al frente de la Filarmónica de Múnich, de la Sinfónica de Londres y de varios festivales y concursos internacionales. Bajo su cobijo se han desarrollado muchos músicos, bailarines y cantantes de fama internacional, entre quienes se destaca la soprano Anna Netrebko.
Gergiev nació el 2 de mayo de 1953 en Moscú. Estudió piano en el Conservatorio de San Petersburgo y dirección de orquesta con maestros particulares. A los veintidós años ganó el Concurso de Directores de Orquesta de la Unión Soviética y, a los veintitrés, el Concurso Herbert Von Karajan de Directores de Orquesta, en Berlín.
Fue director de la Orquesta Estatal de Armenia entre 1981 y 1985. En 1991 salió de su país para dirigir óperas en Múnich y San Francisco, y desde entonces no ha dejado de hacerlo alrededor del mundo. (F.F.)

Programa
Danzas Polovtsianas (Aleksandr Borodin) / Concierto para piano y orquesta núm. 1 en si bemol menor, Op. 23 (Piotr Ilych Chaikovsky) / Encore: La Cenicienta (fragmento, Serguéi Prokófiev) / Intermedio / El pájaro de fuego (versión corta, Ígor Stravinsky) / Obertura 1812, Op. 49 (Piotr Ilych Chaikovski) / Encore: Romeo y Julieta (fragmentos, Serguéi Prokófiev).



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