martes, 2 de febrero de 2016

Tercera de forros: A trote entre Dios y el diablo


Foto: Colección Auditorio Nacional

Salón Blanco / I Walk the line. Diálogo a partir de la música de Johnny Cash / Fausto Alzati Fernández, Juan Cicerol y Mariana H (moderadora)
2 de febrero, 2015 / 1:15 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional. 

Alejandro González Castillo
Quien primero toma la palabra es Fausto Alzati Fernández para decir que, pese a ser escritor, tatuar es la actividad que absorbe la mayor parte de su tiempo y que, al igual que Juan Cirerol, quien se encuentra a su lado, años atrás encontró en el rock eso que le hacía falta para aminorar el malestar que suele generar la adolescencia. Luego, ambos revelan que Johnny Cash es un artista admirable, aunque para ellos funge más como una especie de amigo, pues éste, tal como la dupla, encontró en los excesos el alivio que requería durante los años en que las giras y el desenfreno eran el combustible de sus días. 
En medio de la pareja, Mariana H presume sus botas vaqueras y una taza con la imagen de Cash, de la cual bebe cerveza mientras le pregunta a Fausto cómo y cuándo conoció la obra del homenajeado. “Fue cuando vi la película Walk the Line (James Mangold, 2005) que empecé a interesarme en este personaje”, comenta el interrogado; “entonces descubrí que vivió la juerga, el despilfarre, el jolgorio y las adicciones, que cayó en muchas tentaciones; pero al mismo tiempo, Johnny estuvo muy apegado a la Biblia. O sea, era bastante mocho debido a su religión; pero también brutalmente honesto. Vivía un doble discurso”.
Cicerol recalca cómo el nacido en Arkansas pasó de ser protagonista de la era dorada de Sun Records a erigirse como la figura más representativa de la música country para luego reinventarse hacia el final de sus días; “el vato tocaba como loco en los años cincuenta, por todos lados. Pero conforme se fue acercando a la vejez se transformó en un rechazado, la industria discográfica lo despreciaba hasta que Rick Rubin lo rescató para producirle varios discos”. 
Para demostrar que él tampoco planea ceder ante las exigencias de sello disquero alguno, Cirerol toma su guitarra e interpreta “Nocturno a Rosario”, un poema de Manuel Acuña musicalizado por Chalino Sánchez que en la voz del de Mexicali adquiere un grado de pesadumbre que va de maravilla con la prosa de Alzati, certificable en libros como Poemas perrones pa’ la raza y Algo tan trivial. Sin embargo, la desazón que dicha canción proyecta no sólo sirve para recordar que el autor de “Folsom Prison Blues” solía ponerse “existencial con tratados introspectivos impactantes” como “She Used to Love Me a Lot”, según refiere el de los brazos tatuados; sino para rememorar el modo en que éste recurría al humor, como bien apunta la moderadora cuando platica las aventuras de “A Boy Named Sue”.
 
Foto: Colección Auditorio Nacional
“Cash era como un llanero solitario sobre su caballo y anduvo un sendero a trote, entre el Dios y el diablo. El suyo era un sentimiento crudo y granjero”, sentencia el escritor. “Busquen sus shows en vivo de los años cincuenta, todos son impresionantes”, sugiere a los presentes quien inició su carrera presentándose en taquerías. “Recordemos su gesto, su peinado, cómo siempre lucía impecable”, recalca Mariana para después verbalizar la imagen que ha trazado en su cabeza, a modo de despedida, ya de pie y con su taza del hombre de negro en el aire: “¡salud por David Bowie, quien seguramente ya está brindando con Johnny Cash en alguna otra parte!”.

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