jueves, 17 de diciembre de 2015

El Cascanueces: Un tiempo de paz

Foto: Edgar Rubio / Colección Auditorio Nacional

Compañía Nacional de Danza y Orquesta del Teatro de Bellas Artes / Del 17 al 20 de diciembre, 2015 / 
Siete funciones / 2:00 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional - INBA.

Alejandro González Castillo
Se asoma por la ventanilla del asiento trasero del auto para mirar las avenidas, que celebran con luces la llegada de la época navideña mientras su padre conduce el bólido. Ella acaba de cumplir ocho años de edad, y le da otra mordida a su chocolate sin miedo a ensuciarse las mejillas porque está feliz de escuchar la historia que su madre cuenta.


“Ocurrió durante el invierno de 1967. Nevó aquí, en la ciudad de México. Las calles se vistieron de blanco y la gente salía de sus casas, alegre porque ese día el tiempo dejó de correr; los relojes se detuvieron y aquel gozo se prolongó más allá del derretimiento del hielo”. ¿A qué sabe esa nieve que da felicidad?, pregunta quien le da el último mordisco a su golosina mientras baja del auto para encontrarse con el Auditorio Nacional. 

“Tercera llamada”, advierte una voz desde quién sabe dónde; la señal de que es hora de buscar asiento y dejar de corretear al viento helado del vestíbulo del foro. “¿Quién es él?”, interroga la pequeña al tiempo que se acomoda en una butaca inmensa, justo cuando la gente aplaude la llegada de Srba Dinic y éste toma la batuta para que los oídos de la recién llegada se deslumbren ante las evoluciones de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes. La sorpresa es natural, la niña nunca había escuchado algo así; pero, a juzgar por su rostro, encuentra prodigioso ese remolino de sonidos, tan dulce y misterioso; la música ideada por Tchaikovsky para acompañar una historia que no requiere de palabras para ser comprendida. 
Pero ahí no acaba el azoro; más allá de los músicos, sobre el escenario, un puñado de bailarines con ropas extrañísimas y gestos magnánimos hace lo suyo. Estirando su cuello cual jirafa, la infanta analiza a fondo cada flexión de rodillas y hombros, muñecas, tobillos y dedos. “Esos giros a toda velocidad, ¿no producirán mareos?”, medita la inspectora a la vez que se maravilla ante esas chicas que consiguen sostenerse de puntillas sin que su sonrisa se ablande. Recordando sus clases de ballet, la chiquilla observa cómo violonchelos, flautas y tambores mantienen una sincronía perfecta con los movimientos de quienes bailan entre pinos bañados de frío. “¿Ensayaron mucho para darnos este show?”, pregunta la danzante amateur para que su madre asienta.
Entre ratones agrestes y serenos ángeles, la función avanza hasta alcanzar el punto cumbre, según la espectadora de baja estatura, una vez que un chico ataviado de blanco arroja al aire a su delicada compañera, cual si de una pluma se tratase, para luego atraparla al tiempo que decenas de parejas rodean a ambos con movimientos igual de osados y las partituras exigen que los ejecutantes apliquen una dosis extra de brío. Pero la niña no es la única que encuentra espléndido ese momento en el que un globo aerostático recoge a los protagonistas del espectáculo; los aplausos de su mamá y los de miles más que despiden a la Compañía Nacional de Danza apoyan su punto de vista. Por otro lado, los rostros de satisfacción de quienes calzan zapatillas de danza no dejan espacio para la duda: ha sido una función maravillosa.
 
Foto: Edgar Rubio / Colección Auditorio Nacional
“Clarita, ¿te ha gustado El Cascanueces?”, inquiere el papá a su hija apenas la encuentra a la salida. Ésta, por supuesto, contesta afirmativamente; y así, andando hacia el coche con las manos entumecidas ante el aire gélido, mirando las nochebuenas que adornan Paseo de la Reforma, pensando en la música, el baile, la Navidad, la felicidad y la nieve, Clara arroja la última pregunta de la noche, antes de quedarse dormida camino a casa: “mamá, papá; ¿de verdad es posible congelar el tiempo cuándo se es muy feliz, como hoy, por ejemplo?”.

Danza y música invernal 
Clara es el nombre de la niña que en la víspera de Navidad sueña con un príncipe que la invita a hacer un viaje invernal donde la fantasía desconoce limites, al lado de la Reina de la Nieves, un ejército de ratones y el Hada del Azúcar, entre danzas de diversos países como Francia, Arabia, España o China.
El autor de dicha aventura fue Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, quien en 1816 ideó El cascanueces y el rey de los ratones, un cuento escrito en alemán que, tras ser adaptado al francés, fue tomado en 1891 por Ivan Alexandrovitch Vsevolojski (entonces director de los Teatro Imperiales de San Petersburgo) y el coreógrafo Marius Petipa, para bautizarlo como El cascanueces de Nuremberg.
Para concretar uno de los ballets más populares de la historia, Piotr Ilich Tchaikovsky fue quien comenzó a trabajar en la música del relato, al tiempo que Lev Ivanov tomaba el sitio de Petipa, cuando éste cayó enfermo. A la fecha, El Cascanueces se anuncia como el ballet más representado del mundo, y en el Auditorio Nacional ya son quince años consecutivos que lo presenta la Compañía Nacional de Danza —actualmente bajo la dirección de Laura Morelos—, en la versión coreográfica de Nina Novak. (A.G.C.)





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