viernes, 13 de noviembre de 2015

Yoshio y Magdalena Zárate: Cambio y constancia

Foto: Edgar Rubio / Colección Auditorio Nacional

Tour Cómplices / 13 de noviembre, 2015 / Función única / 2:00 hrs. de duración /
 Promotor: Marcela Hernández Yáñez.

Gustavo Emilio Rosales
Ella se encuentra aquí, ahora, lo hace saber dando su cuerpo en canto y esta presencia definitiva deviene don vocal con el que embelesa a los centenares de personas que le brindan un silencio azorado como devolución. Pudo permanecer, segura y cómoda, entre los espectros del pasado —su vida es de película: triunfo repentino hace tres décadas, alejamiento total del medio artístico, trabajos de oficina—, pero quizá de modo intuitivo sabe que vivir también es renacer y de esta forma se ofrece, renovada, para transformar a su vez temas sumamente frecuentados, como “Bésame mucho”, con su generosidad emocional. Su nombre de escena, Magdalena Zárate, la acompaña de vuelta.
A él, por otra parte, hay que nombrarlo para constatar que no se fue, que mantiene una carrera constante en la que, pese al paso del tiempo, la palabra “Yoshio” (que, en idioma japonés, significa hombre noble) sigue evocando el programa de variedades dominical en el que consolidó su estrellato. Intérprete que siempre trabajó como tal —motu propio se encargó de aclarar que es uno de sus hermanos quien tomó el mando de la fábrica de cacahuates, herencia de su padre, y no él, como se rumoró—, le dedica a su hijo, adulto joven, “Lo que pasó, pasó”, del compositor Felipe Gil (actualmente Felicia Garza) con la que concursó en el Festival OTI, en 1981, mientras le dice, entre llanto, a su vástago, “¡Nunca cambies, jamás, te quiero así!”.
Ella porta voluntad de mudanza y resiliencia. Su disco actual, producido de manera independiente, se llama Alzar el vuelo: un tablero de canciones motivadoras, desatadas por una voz infatigable, diáfana. Yoshio (a quien pocos relacionarían con Gustavo Nakatani Ávila, su nombre original), en contraste, celebró recientemente cuarenta y cinco años de trayectoria artística con un álbum titulado Amo la vida, cuya temática se refiere a aferrarse a valores perennes, en tanto azoten tormentas que trastoquen el orden dominante: “¡Amo la vida, tal cual! ¡Que no me la cambien!”, establece en su primer sencillo este vocalista nacido en el popular barrio de La Merced, hermano del artista plástico, cineasta y escritor Carlos Nakatani, fallecido en 2004.
El espacio que cobija a ambos Cómplices, a una orquesta de ocho ejecutantes, dos coristas y la violonchelista Mónica del Águila, invitada especial, es una recreación de la vida de noche en la Ciudad de México de hace tres décadas, en lugares conocidos como centros nocturnos —Capri, Belvedere, El Patio, El Barco, Marrakech, El Morocco, etcétera—, donde entonces se pagaban las cuentas, riguroso contado, con billetes que valían miles de viejos pesos, y era menester empaparse de cubas para ejercitar los músculos del mal de amor, al compás de las melodramáticas melodías interpretadas por estrellas que se encontraban al ras del piso, en contacto con el reino de lo humano, que te cantaban en tu mesa, brindaban contigo e incluso sacaban a bailar a tus acompañantes.
Así, entre gruesos lienzos de tela que cuelgan desde el techo, convocados por un amplio cortinaje como telón de fondo, en una dimensión atávica bañada por luces de colores sólidos —a veces acompañados por esa lámpara dinámica a la cual se le conoce como seguidor—, Yoshio y Magdalena Zárate se divierten divirtiendo al público con la interpretación de un repertorio romántico que mezcla canciones de discos recientes y cortes famosos del repertorio popular. Ella combina el vestido largo, negro y con detalles de encaje, con un cambio audaz hacia una indumentaria ceñida. Él saca provecho de su buen estado físico para lucir un traje ajustado, que no le impide pasear su evidente excitación a lo largo del escenario, en cortas pero veloces caminatas. Ambos tienen un pequeño servicio de bar a su lado, del cual el intérprete de “Samurái” hace uso frecuente, celebrando con el público que le regala sin reserva su aplauso y su jolgorio.
Magdalena, quien luce un peinado alto y en capas —al estilo ochentero impuesto por la emblemática actriz Farrah Fawcett—, anima la progresión del concierto con interpretaciones sólidas, calibradas por un talento vocal bajo dominio. Su versión de “Lágrimas negras” resulta inspiradora y contagia a los músicos, dirigidos por Ricardo Martín, de un ánimo brillante. Yoshio, por su parte, juega a coquetear con su cómplice, la ronda, conversa con el público y se disculpa por no estar en plena forma vocal, pero en ciertos pasajes —como el correspondiente a la interpretación de “Reina de corazones”— su voz de tenor vuelve a lucir la elegante potencia que la llevó a ser considerada entre las mejores de México.
 
Foto: Edgar Rubio / Colección Auditorio Nacional
Con el impulso infatigable de estos dos simpáticos Cómplices, y también de los compositores que inspiraron los temas que ahora cantan —el mencionado Felipe Gil, Armando Manzanero, María Medina y Napoleón, entre otros—, se vive un viaje en el tiempo hacia las esferas musicales imantadas por el legendario Festival OTI. Fue un pasado cercano en número de años, pero distante en lógicas de funcionamiento. Hoy, esta noche en que nuestro país inicia otro Buen fin y París se cubre de luto, Yoshio y Magdalena Zárate encuentran la razón de ser de este concierto no sólo en vasos comunicantes de índole artística, sino, principalmente, en el sostén de un auditorio que sabe verlos aún con la misma mirada de antaño. Mañana… Mañana será otro día.

Programa
Sólo le pido a Dios / Amo la vida / Dormir contigo / Podría darle más / Remolino / Para decir adiós / Acompáñame / Bésame mucho / Chiquilla / Carta / Un tipo como yo / Como yo te amé / Vive / La felicidad / Lo que pasó, pasó / Lágrimas negras / Reina de corazones / Me dediqué a perderte / Simplemente amor / Encore: He venido a pedirte perdón.





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