miércoles, 25 de noviembre de 2015

Eugenia León, Tania Libertad y Guadalupe Pineda: ¡Salve, canción!

Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional

Juntas por primera vez / 25 de noviembre, 2015 / Función única / 
2:40 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora, S.A. de C.V.

Gustavo Emilio Rosales
“¿Cómo ven? No estamos tan tiradas a la calle, ¿verdad?”, inquiere Eugenia León mientras da una vuelta sobre su propio eje para mostrar en detalle el inmenso motivo artesanal, estilo Árbol de la vida mixteco, que decora su larguísima capa color rosa mexicano, mientras Guadalupe Pineda y Tania Libertad la contemplan de cerca, risueñas, relajadas, con vestuarios que también son amplios, bordados y coloridos.


Sus cuerpos ya no son más los de aquella simbólica ninfa a la que Pablo Milanés dedicó “El breve espacio en que no estás”, sino estos señoriales organismos que han decidido despejar el primer plano del escenario para mejor pasear en él, por rondas que se entrelazan en paisajes de movimiento que hubieran fascinado al filósofo francés Gilles Deleuze, sin entorpecer el kilométrico lucimiento de sus galas.

Son las tablas —figura que en el argot teatral significa experiencia, destreza, madurez en el desempeño del oficio— las que definen la buena fortuna de este concierto en que las tres cantantes emblemáticas, en México, del llamado Canto nuevo (un movimiento artístico que se convirtió en eco de la denuncia social contra las dictaduras sudamericanas y lo que ellas representaban, a finales de los setenta; inspirado en la Nueva trova cubana y la Nueva canción catalana), resumen los periplos musicales que las consagraron como vocalistas de élite, al tiempo que se atreven con el repertorio fundamental del mariachi y atisbos de buen ver y mejor escuchar al son cubano, al tango y al bolero. 
Sin flaquezas o grises, el concierto se articula por un tono emotivo, musicalmente espléndido. Los músicos que acompañan al trío e invitadas —instrumentistas y el ensamble de mariachi Sonidos de América— cumplen un trabajo eficaz, sin lances innecesarios, lo que permite que cada protagonista luzca su sello vocal específico, inconfundible para un público que ha seguido durante casi cuatro décadas su tenaz trayectoria, a lo largo de un repertorio poderosamente marcado por los compositores que dotaron de sentidos político y poético a la canción latinoamericana, en una época que hoy parece muy distante, pero que pudiera volver: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Víctor Jara, Joan Manuel Serrat, Violeta Parra, el joven Fito Páez y la inspiración del poeta cubano Nicolás Guillén, musicalizada por el ensamble Quilapayún, de Chile. Hacia el último tramo del recital, Eugenia León sumará a esta línea temática una particular versión de la antigua pieza mexicana llamada “La paloma” —que, según se dice, era preferida de la emperatriz Carlota, por lo que los independentistas la adoptaron entre sus himnos, modificándola con versos críticos y satíricos—, por medio de la cual augura un futuro de esperanza para un México que aprecia momentáneamente hundido.
Las invitadas de honor —Ely Guerra, María León y Lila Downs— también colaboraron en el reciente disco de las anfitrionas (Las tres grandes); todas ellas se muestran agradecidas por la oportunidad de aparecer dentro de este marco dedicado, señala Guerra, a “honrar la canción que dice algo”. La cantautora regiomontana aparece vestida con una túnica negra, que acentúa el enigma de su afilado rostro, para unirse al grupo en la interpretación de una de las canciones más conocidas del chileno Víctor Jara, “Te recuerdo Amanda”. Guerra se despide llamando “maestras” a sus colegas y felicitando al público, que casi ha colmado este majestuoso recinto, por reconocer con su presencia la calidad artística de las protagonistas. 
Voz e imagen principal de la agrupación pop Playa Limbo, María León se une a Guadalupe, Eugenia y Tania en la interpretación de uno de los temas emblemáticos de María Grever, “Alma mía”, canción grabada por Eugenia en su disco Suave patria. Sin tacones, con una sencilla indumentaria bicolor, la también bailarina, otrora integrante de la banda T’ de Tila, brinda una apariencia completamente distinta a la de su personaje acostumbrado, que suele calzar plataformas de más de diez centímetros y dejar al descubierto sus bien torneadas piernas. Este momento significa la puerta de entrada al sendero romántico de la velada, el cual habrá de ser dominado por Pineda, con notables interpretaciones de “Yolanda”, de Pablo Milanés (canción que la impulsó a la fama, al comienzo de los ochenta); “Te amaré”, de Silvio Rodríguez; y, “Deja que salga la luna”, de José Alfredo Jiménez. 
La última invitada suscita público revuelo: sus interminables trenzas color azabache, serpenteando indóciles sobre exuberantes bordados de múltiples colores, definen su grata presencia, que experimenta el acompañamiento del ensamble de mariachi y el correspondiente repertorio de canción vernácula como si ambos conformaran un hábitat que le es dado ocupar de manera coherente. Junto a ella —Lila Downs—, el trío central ofrece un par de divertidos temas —“La calaca”, “Y ándale”—, y así ponen en máximo funcionamiento el mecanismo de luces variopintas y las proyecciones ubicadas en una enorme pantalla al fondo de la escena, atrás de los músicos, en un ambiente de carnaval signado por imágenes representativas de nuestra tradicional festividad de Día de muertos. 
 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
Es una fiesta de viva voz este concierto, una manera tripartita de exclamar “¡Salve, canción!”, reconociendo que esta forma musical ha sido, desde hace por lo menos tres siglos, pieza clave en la educación sentimental de las culturas hispanohablantes. Guadalupe Pineda, Tania Libertad (quien se reconoce peruana en varias ocasiones, pero no deja de nombrar a México como su patria espiritual y de creación) y Eugenia León han dedicado toda su trayectoria profesional a escudriñar dicho fenómeno artístico, para estimular su desarrollo dentro de grandes capas de población, dándole brillo en casi todos los géneros que valen la pena, dotándolo de alcances de calidad que han sido inusuales para la estructura desechable del formato comercial. Hoy, ellas se permiten festejar lo anterior con la conciencia plena y limpia de quien ha hecho bien el trabajo. Las lágrimas sin contención y sin vergüenza, las palmas que se tornan carbones encendidos de tanto aplaudir; los gritos —alaridos—, de agradecimiento, de amor, son la constatación más clara de que esta noche el artista atiende, de que el arte está aquí.

Memoria de vinilo
En un cuento magnífico, digno de numerosas relecturas, el escritor argentino Jorge Luis Borges traza una imagen prodigiosa: “El jardín de senderos que se bifurcan”. Laberintos dentro de laberintos; ramificaciones de una imagen de por sí diversa, situada en una habitación tapizada de espejos. Así de variada, de compleja, es la trayectoria de cada una de las protagonistas de este concierto. Todas han colmado foros principales del país; han viajado al extranjero, representando a México con dignidad y, en alguna ocasión, trayendo consigo de vuelta algún premio importante, alguna significativa mención. Juntas, parece que multiplican sus créditos de subjetividad en la alegría de públicos de, al menos, tres generaciones, que saben de su pasado, directa o indirectamente, y reconocen la buena, digna, forma en que se ofrece su actualidad.
A diferencia de otros conciertos, en los que la etapa de salida implica un mar automotriz, hay un numeroso grupo de personas dispuesto a regresar a casa en Metro. El umbral de la estación correspondiente se ilumina con un don inesperado: sobre el piso y recargados en una de las paredes correspondientes a la zona de escaleras, se encuentran a la venta numerosos discos de vinilo, LP’s, de las tres cantantes. Guadalupe Pineda con Caíto en Sanampay, en la época que cantaban al alimón la hermosa “Canción infantil para despertar a una morena de tres primaveras”; Tania Libertad, recostada sobre un aire ambarino, con su guitarra como amante, en la primer portada del carismático Trovadicción; Eugenia León, con la mirada feroz de la Sibila, dominando la cubierta de Juego con fuego, donde habita “El piano de Genoveva”, poema escrito por Ramón López Velarde y musicalizado por el laborioso David Haro. El paisaje completo de lo que parece ser más una exposición que una vendimia se completa con joyas del primer Canto nuevo, como el entrañable Donde arde el fuego nuestro, de Los Olimañeros, dueto de Uruguay; y el legendario Mateo y Trasante, disco que impulsó inéditas rutas de sonido para la canción sudamericana. Revelación: presente es la memoria. (G.E.R.)

Programa
Cómo agradecer - Cantares (cantan las tres) / Te amaré (voz principal de Guadalupe Pineda, coros a cargo de Tania Libertad y Eugenia León) / Cinco siglos igual (voz principal de Tania Libertad y Eugenia León, coros de Guadalupe Pineda) / Alma mía (cantan las tres con María León) / Gracias a la vida - Chan Chan (cantan las tres) / Yo vengo a ofrecer mi corazón (Eugenia León) / Contigo (cantan las tres) / Qué nos pasó a los dos (Tania Libertad) / Te recuerdo Amanda (cantan las tres con Ely Guerra) / Luna (Eugenia León) / La muralla (cantan las tres) / Yolanda (Guadalupe Pineda) / Paloma de papel (Tania Libertad) / Los pájaros perdidos (Eugenia León y Guadalupe Pineda) / Pa’ todo el año (cantan las tres) / La calaca - Y ándale (las tres con Lila Downs) / Un puño de tierra (Eugenia León y Guadalupe Pineda) / El buscapiés (cantan las tres) / Acá entre nos (Tania Libertad y Guadalupe Pineda) / Canción con todos (cantan las tres) / Encores: Contigo en la distancia (cantan las tres) / Cuando salga la luna (Guadalupe Pineda) / Concierto para una voz (Tania Libertad) / La paloma (Eugenia León) / Cómo agradecer (cantan las tres).





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