miércoles, 11 de noviembre de 2015

Bodas de sangre y Suite flamenca: Contigo en la distancia


Compañía Antonio Gades presenta: Bodas de sangre y Suite flamenca, desde el Teatro Real de Madrid
11 y 12 de octubre, 2015 / Dos funciones / 1:35 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Gustavo Emilio Rosales
Ocho meses antes de su muerte, Antonio Gades se dispuso a cumplir lo que sería su última odisea: navegar de España a Cuba en un velero. Gracias a su temperamento de volcán —con el que aseguró un lugar en la esfera de las bellas artes para el género flamenco, anteriormente relegado a las cuevas del Sacromonte como si se tratase de una expresión menor—, sorteó los “no navegarás en alta mar con cáncer terminal” de los doctores, y pudo, por fin, llegar a la isla anhelada para decirle de viva voz al presidente Fidel Castro, mientras el mandatario lo condecoraba con la Orden José Martí: “He arribado a mi Ítaca”.
Gracias a la tecnología vigente, que permite que las transmisiones a distancia se verifiquen en alta definición, podemos, desde el Lunario, tener un asiento de primera fila en el majestuoso Teatro Real, de Madrid —inaugurado por la Reina Isabel II, en 1850—, donde adquiere su total lucimiento la versión de Bodas de sangre, realizada por Antonio Gades en 1974, antes de que el mencionado bailaor y coreógrafo (nacido en Elda, Alicante, el 14 de noviembre de 1936, como Antonio Esteve Ródenas) participara en la famosa adaptación de Carlos Saura, en la cinta que lleva el mismo título acuñado por Federico García Lorca al momento de narrar, en la forma de teatro poético que con tanta fortuna logró el bardo de Fuente Vaqueros, una trágica historia definida por la pasión y la venganza.
Desde los primeros instantes de Bodas de sangre resulta evidente la apuesta escénica de Gades: evitar afectaciones escenográficas, eludir grandilocuencia en la dramaturgia musical y poner el acento creativo en la expresión corporal de los bailaores, que también demuestran ser grandes histriones. Es un goce inmenso el atestiguar la limpieza en el trazo espacial, que distribuye sabiamente las rutas del coro (la gente de un emblemático pueblo de España, al inicio del siglo XX) y los protagonistas: los dos hombres que pelean por el amor de la misma mujer; la dama en disputa, que apuesta por fugarse con el hombre que no es con quien estuvo a punto de desposarse; la mujer del amante, atada a la cuna de su hijo, empapada en el alcohol de los celos que despierta su atinada intuición.
Fue el espíritu utópico que lo llevó a buscar su propia Ítaca hacia el filo de su vida lo que impulsó a Antonio Gades a introducir el arte de la música y el baile flamencos en los grandes relatos ibéricos, que antaño se pensaban exclusivamente reservados para su abordaje desde la literatura, el teatro y el ballet. Con asistencia del astuto coreógrafo Alfredo Mañas, consiguió adaptar los lenguajes de la creatividad gitano andaluza a una dramaturgia balletística, conservando el vigor de la tradición original. De este modo, logró ésta y otras producciones espectaculares (Don Juan, Carmen, Fuenteovejuna), que se conocen masivamente.
Para la continuidad de este fenómeno, después del fallecimiento de Gades, ocurrido en 2004, ha sido clave el buen entendimiento que han tejido la viuda del bailaor, Eugenia Eiriz, quien preside la fundación encargada de resguardar el acervo coreográfico correspondiente, y la nueva directora artística de la compañía, Stella Arauzo, quien le ha dado a las producciones originales un aura contemporánea, sin deformar su identidad. 
De tal forma, los cuarentaicinco minutos dedicados a la representación de uno de los más significativos dramas lorquianos suceden como uno de esos sueños vertiginosos que no quisiéramos que terminaran, pese a que conocemos su final. Los ritmos asombrosos de los zapateados, que parecen despertar energías dormidas en el piso; la gracia de los conjuntos femeninos de baile, que no le piden nada a las legendarias damas convertidas en cisnes; la virilidad combatiente de los hombres que deciden jugarse la vida por amor; son elementos que capturan nuestra atención y nos mantienen, perplejos, al borde del asiento, olvidando por completo que la tragedia que nos ha capturado se encuentra impresa en una dimensión virtual.
Como un regalo agregado a la espléndida función que acabamos de atestiguar, a miles de kilómetros de distancia del sitio en que inició la transmisión, se brinda la Suite flamenca, en la que el maestro Gades colocó, como en un juego de vínculos secretos, los motivos que lo llevaron a consagrarse por entero a su arte: obsesión por lograr que el cuerpo exprese lo que ya no pueden decir las palabras; urgencia de que la tradición de este género perdure en los nichos más altos del espíritu. Guiados por la sabiduría en el baile de la propia Stella Arauzo y Miguel Lara, y también por el acompañamiento de músicos virtuosos, los miembros de la Compañía Antonio Gades cumplen a carta cabal, en un derroche energético que danza en espiral por los palos constitutivos del flamenco, la voluntad de un hombre que supo que su destino era realizar odiseas, que le fue fiel al hado y las cumplió, incluso al borde de su último suspiro.

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