sábado, 31 de octubre de 2015

Tannhäuser: Wagner, Levine, Botha y el arpa

Foto: The Metropolitan Opera

Transmisión de ópera en vivo desde el Met de Nueva York. HD. Temporada 2015-2016 / 31 de octubre, 2015 / 
Función única / 4:20 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional.

Fernando Figueroa
Los quince minutos que dura la obertura de Tannhäuser, funcionan como un sentido homenaje al director de orquesta James Levine, a quien las cámaras de video muestran desde varios ángulos. La pasión que muestra el de la batuta se mezcla con las notas creadas por Richard Wagner, ejecutadas con elegancia y precisión por una orquesta que paga el boleto por sí sola. Y esto apenas comienza.


El ímpetu innovador que ha mostrado el Met de Nueva York durante los últimos años, abre un paréntesis para una puesta a la antigua, del austriaco Otto Schenk, que data de 1977. Una parte del vestuario fue creado hace treinta y ocho años, los cuadros escenográficos remiten a viejos tiempos —fondos oscuros con paisajes bucólicos—, pero sobre todo los cantantes parecen sacados de una época en que la apariencia física no importaba nada.

El crítico de The New York Times, Anthony Tommasini, afirma que este montaje sirve para recordar que la ópera es, antes que nada, canto. No tiene empacho en calificar a Johan Botha (Tannhäuser) como alguien torpe al caminar y de lo más alejado del arte de la actuación. Sin embargo, lo llena de elogios en su trabajo como tenor, “de amplio registro, potente, de gran resistencia, capaz de transmitir inicialmente anhelo juvenil, y después la desesperación de su crisis espiritual”.
Tommasini también tiene palabas de admiración por las voces de la mezzosoprano Michelle De Young (Venus), la soprano Eva-Maria Westbroek (Elisabeth), el barítono Peter Mattei (Wolfram) y el bajo Günther Groissböck (Conde Hermann), quienes tampoco tienen una labor histriónica destacable.
En la tradicional charla previa, celebrada en el Lunario del Auditorio Nacional, el maestro Sergio Vela calificó a Tannhäuser como “una de las expresiones más vigorosas del romanticismo en general, y de mayor intensidad melódica y accesible dramatúrgicamente dentro de las obras de Wagner”.
Tannhäuser se debate entre el amor apasionado por Venus, quien vive en un espacio mitológico, y la simpatía que siente por Elisabeth, una mujer que bien podría ser el ama de casa perfecta en el mundo terrenal donde ella habita.
Cuando el héroe decide abandonar a Venus, ésta enfurece y hasta cambia su registro de voz, pues el enojo convierte en acero sus imprecaciones. El personaje principal, un trovador que canta y toca el arpa con especial virtuosismo, intenta un fallido acercamiento con Elisabeth, quien lo idolatra. La culpa se apodera de Tannhäuser y viaja a Roma para confesar sus pecados al Papa, pero es rechazado por el pontífice, quien afirma que su báculo no florecerá jamás como símbolo del castigo. El músico muere pensando que su alma irá al infierno, pero unos peregrinos anuncian que al bastón del líder religioso le brotan ya algunas ramitas.
El estreno mundial de esta obra se llevó a cabo en la Ópera de la Corte, de Dresde, el 19 de octubre de 1845. En 1861 tuvo un reestreno en París, con un ballet añadido al primer acto por Wagner. A Tommasini le parece que en la producción de Otto Schenk los bailes del primer acto “son tontos”, pues se trata de una orgía muy light con taparrabos
Hay que destacar la extraordinaria labor del coro, la orquesta y, en especial, el exquisito trabajo del arpista Emmanuel Ceysson, quien debe transmitir las emociones de tres concursantes que dentro del argumento se disputan el amor de Elisabeth. Durante el intermedio, Ceysson comenta que ésta es la ópera más difícil que ha enfrentado con su instrumento.
Susan Graham, en su papel de presentadora, había dicho al inicio que “Tannhäuser es una ópera de desafíos épicos”. En el Met fue estrenada en 1844, y se dice que la función más emotiva se produjo el 22 de enero de 1943, cuando la soprano Marjorie Lawrence regresó a las tablas luego de dos años de ausencia a causa de la poliomielitis.
La función de hoy también ha sido inolvidable por muchas razones, en especial debido a la entereza y el talento del señor James Levine, un especialista en Wagner que durante los últimos años ha luchado contra diversos padecimientos que lo obligan a dirigir desde una silla de ruedas, y lo han alejado del podio de manera intermitente. Al final, los aplausos para él son los más estruendosos.

Un creador inmortal
Durante la charla introductoria, el maestro Sergio Vela hizo un breve repaso de la biografía musical de Richard Wagner, quien nació el 22 de mayo de 1813, en Leipzig, Alemania. A los seis meses de su nacimiento, muere el papá y es criado por Ludwig Geyer, su padrastro, un pintor y actor que lo introduce en el mundo del arte.
Wagner no fue un niño prodigio; a los quince años escribió Leubaldo y Adelaida, “un desmesurado drama” influido por la obra de Shakespeare, que conocía a la perfección. Durante tres años estudió música y nunca más lo volvió a hacer, pues sus maestros consideraban que ya no tenían nada qué enseñarle.
A los diecinueve compuso su primera sinfonía; a los veinte, la ópera Las hadas, y a los veintitrés La prohibición de amar, esta última basada en la comedia Medida por medida, del Cisne de Avon. Le siguió el drama Rienzi, el último de los tribunos.
El éxito llegó con el estreno de Rienzi en el Teatro Real de Dresde, y de El holandés errante, “primera ópera estrictamente wagneriana”. Tannhäuser consolidó el prestigio del compositor, un maestro en el arte de fundir historia, leyenda y mito. Vendrían después Lohengrin y la tetralogía de El anillo del nibelungo, que lo elevarían al olimpo de los creadores inmortales. (F.F.)

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