lunes, 19 de octubre de 2015

Blanca Li: ¡Robot a la vista!


43 Festival Internacional Cervantino / Compañía de Danza Moderna Blanca Li / 19 de octubre, 2015 / Función única / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: Fideicomiso para el Uso y Aprovechamiento del Auditorio Nacional

Gustavo Emilio Rosales
El vertiginoso asombro que nos produce mirar una máquina en apariencia inteligente, ejecutando labores propias de un humano, es algo antiguo. Se sabe, por ejemplo, que los artesanos de la época clásica, en Grecia, construyeron teatros por completo mecánicos, donde autómatas disfrazados de personajes heroicos representaban relatos importantes, como la Guerra de Troya. Es esta emoción ancestral la que precisamente alimenta los diseños coreográficos del espectáculo Robot!, en el que estructuras electrónicas prodigiosas, diseñadas como seres afines a las personas, conviven con virtuosos bailarines.

Siete figuras enormes, estilizadas a la manera de una torre o un tótem, dominan el fondo del escenario, que se encuentra poblado de objetos rectangulares y cuadrados que forman parte de un sistema de escenografía modular; hay también cables colgando a los costados y diversas capas de color que dividen el espacio. El conjunto de imágenes tiene la atmósfera de un sueño. Las capas de color se concentran en algo que aparece en mitad de este ámbito onírico: es un hombre, de pie y semidesnudo. El cuerpo del varón se tiñe de proyecciones en video que se suceden vertiginosamente, sin que sea posible distinguir con claridad qué es lo que representan; después de unos segundos, pareciera que se trata de la historia universal corriendo alegre sobre campos de piel.

El pasaje anterior es una célula inicial de la propuesta de Blanca Li —exitosa generadora de movimiento poético para escena, cine y videos musicales de estrellas como Beyoncé y Coldplay— con el propósito de explorar, de manera lúdica y por medio del lenguaje coreográfico interdisciplinario, las posibles interacciones contemporáneas entre las personas y las máquinas creadas para servirnos desde el polémico concepto de “inteligencia artificial”.
Ocho jóvenes bailarines, cinco mujeres y tres hombres, ejecutan con precisión una larga danza hecha de múltiples situaciones que pudieran ocurrir entre el organismo humano y una cosa que procede como si fuera capaz de sentir y pensar por cuenta propia. Las mencionadas torres cobran movimiento autónomo y, al desplazarse, vemos que portan numerosas piezas que también accionan por su ley —hélices, bloques que se abren y cierran, pantallas giratorias, luces de led; alguna tiene un par de manos de madera que chocan entre sí—, generando con sus evoluciones una descabellada sinfonía musical, de tonos acústicos y electrónicos, que evoca las series de televisión de los años setenta, como la que en nuestro país se difundió con el nombre de Perdidos en el espacio, en las que la aparición de robots enemigos quedaba invariablemente inmersa en un mar de rasguños acústicos, compases aleatorios de algún órgano eléctrico mal afinado y ruidos difíciles de identificar.
La danza que emana de los cuerpos sigue líneas narrativas, en las que los bailarines figuran situaciones rituales —con ayuda de una segunda partitura sonora grabada, que articula temas pop, algunos con matices afrocaribeños—, miman el accionar de las maquinarias sonoras, e interactúan con un modelo muy simpático de androide que repentinamente surge para capturar de inmediato la atención de público de todas las edades; se trata de un modelo de reproducción artificial de dinámicas corporales que lleva por nombre NAO, fabricado por técnicos de Japón y Francia, cuya graciosa figura trae a la mente la imagen de un pequeño robot de apariencia infantil.
NAO es capaz de gran diversidad de movimientos. No sólo tiene una amplia gama de acción y reacción, sino que también puede ejecutar esta cualidad a ritmos diversos, lo que lo convierte en un modelo idóneo para reproducir situaciones de danza, como se puede ver en numerosos videos que circulan en las redes sociales, donde grupos de este modelo de autómatas bailan coreografías de famosos videos musicales, como Thriller, de Michael Jackson. En la pieza de Blanca Li, cinco de ellos realizan cuadros de movimiento, en los que ocasionalmente interviene algún bailarín o bailarina, para realizar un pas de deux, con el inquieto artificio que súbitamente habla con una voz que revela su identidad electrónica. 
En su punto climático, la propuesta de Li —perteneciente a la programación del 43 Festival Internacional Cervantino— accede a la entropía y hay un intenso entrar y salir de bailarines, máquinas y autómatas. La humanidad, cifrada en los cuerpos de la escena, parece estar al borde de una catástrofe organizativa. En mitad del caos, los danzantes emplean grandes cabezas de carnaval, testas de autómatas pasados de moda y máscaras que aluden a algún rito caníbal perdido en los anales de la historia. Lo que parece un final —los humanos atados a cables que simulan nutrirlos y controlarlos— da paso a otro principio, que genera una nueva conclusión, que abre otro comienzo con una escena cómica, teatralizada, en la que una despampanante chica coquetea con un modelo de Nao, que impulsa una nueva espiral de acciones coreográficas. El efecto que produce este laberinto de escenas en espiral dura hasta mucho después de que el espectáculo en verdad finalizó, y adquiere la matriz de una pregunta silenciosa: ¿cómo habría de ser el robot que fuera como yo?

Diario íntimo de una máquina
Siglos antes de Sócrates, se cuenta que había estatuas que hablaban articuladamente, con ronca voz de profeta, y también figuras de reyes y dioses que lanzaban fuego por los ojos, en señal de poder.
En 1950, el escritor estadounidense de origen ruso Isaac Asimov publicó un conjunto de relatos llamado Yo, Robot, que pronto cobró fama internacional. El núcleo de las historias escritas por el también autor de El sol desnudo es la argamasa de conflictos que emanan de lo que serían las tres leyes de la robótica; a saber: 1.- Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por su inacción, permitir que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la primera ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.
Blanca Li representa el avance de un nuevo tipo de artista de la coreografía: el empresario de su propia creación. No conoce el retroceso o la derrota y, con estrategias ejemplares, logra coproducir espectáculos costosos, como Robot!, que incluye, además de nueve bailarines (uno viaja con la compañía como reemplazo de urgencia), varios técnicos de luces, escenografía y programación robótica. Las máquinas musicales que intervienen en su obra fueron diseñadas en los estudios del afamado colectivo de ingeniería en multimedia Maywa Denki, que preside el genial Tosa Nobumichi, conocido como “el científico loco de la era post apocalíptica”. Los diversos NAO —cada uno de cinuenta y ocho centímetros de altura, con dos cámaras HD a manera de ojos y un amplio rango de autonomía dinámica— han sido programados y se encuentran supervisados por miembros del grupo francés Aldebaran Robotics. (G.E.R.)

Créditos
Robot! Idea original, coreografía y dirección artística de Blanca Li / Bailarines: Jonathan Ber, Iris Florentiny, Yann Hervé, Samir M’Kirech, África Manso, Margarita Riera, Gaël Rougegrez, Yui Sugano y Déborah Torres / Robots musicales: Maywa Denki, Yoshimoto Creative Agency / Robots NAO: Aldebaran Robotics / Música original: Tao Gutiérrez y Maywa Denki / Escenografía: Pierre Attrait / Iluminación: Jacques Chatelet / Video: Charles Carcopino / Ingeniería computacional: Pachoud & Conil / Coproducción con el Festival Montpellier 2013. Espectáculo integrante de la programación escénica del 43 Festival Internacional Cervantino.

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