miércoles, 14 de octubre de 2015

André Rieu: Jolgorio a ritmo de vals

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


André Rieu and his Johann Strauss Orchestra. Love in Venice tour / 14 y 15 de octubre, 2015 / 
Dos funciones / 2:50 hrs. de duración / Promotor: André Rieu Productions Holding, B.V.

Gustavo Emilio Rosales
Decenas de instrumentos expelen melodías: cascadas de sonido marcadas por el tiempo, algunas por lustros, otras por centurias. El público no tiene reparo en abandonar sus asientos para emprender un paso de vals; llora, grita, lanza vítores y, sobre todo, ríe con soltura al ser estimulado por el encantamiento de André Rieu, el concertista más exitoso y carismático del orbe.


Desde que da comienzo la velada, al ingresar los músicos en festivo desfile, enmarcado por los tonos envolventes de un ramillete de trombones, queda claro que la divisa de este artista neerlandés y de su singular agrupación es divertir. Se ofrece un concierto sin mácula de agobio y lo anterior está garantizado cuando la reunión de vestidos para heroínas de relatos de hadas de los setenta, utilizados por las ejecutantes sin excepción, en consonancia con los fracs de cola abierta de todos los varones, traza sobre escena un panorama de holanes, levitas y colores pastel semejante a un apetecible montículo de golosinas confitadas con un baño de merengue.

De manera evidente, con signos que son hojuela de oro en las aplicaciones rebuscadas que adornan los diversos pisos del estrado en el que se asienta la orquesta; que son copiosa lluvia de grandes globos de múltiple tintura, por medio de los cuales numerosos espectadores recuperarán, por momentos, la chispa de los niños; que son el conjunto de gestos, reacciones e intenciones corporales que Rieu maneja con la maestría de un actor y la convicción de saberse poseedor de una gestualidad que remite al paradigma del músico inmortal que tantas efigies de Beethoven ha inspirado, el espectáculo gusta en demasía.
Mirar hacia el patio de butacas, completamente ocupado por personas de todas las edades y estratos sociales, y sentir una deflagración de emotividad tejida por miradas en estado de asombro, por brazos que se agitan de un costado a otro, sin querer comprender qué es la fatiga; por carcajadas emitidas desde lo profundo del estómago, lugar donde se cree que habita una antigua capacidad que el organismo posee para saberse feliz; no es un fenómeno que esté de antemano relacionado con las figuras “música clásica” y “orquesta filarmónica” salvo que, como sucede en este caso, te encuentres sumergido en la vorágine de un concierto de André Rieu y su agrupación —bautizada con el nombre del máximo compositor de valses, Johann Strauss—, donde los músicos son capaces de beber champán a cuello de botella mientras interpretan Libiamo, de Bizet; donde las concertistas discuten entre sí y se muestran proclives a jugar bromas pesadas; donde, en resumidas cuentas, la calidad de la interpretación no desmerece un ápice frente a tan alta voluntad de jolgorio.
El humor es una de tres columnas vertebrales del proyecto artístico que ha catapultado a Rieu hacia los terrenos que otrora fueran dominio exclusivo de las estrellas de la música popular: estadios repletos, arenas que agregan tres o cuatro recitales debido a la intensidad de la demanda, listas internacionales de discos que rompen marcas de ventas, grabaciones y conciertos en video por decenas; legión de admiradores; viajes por el mundo con toneladas de equipo correspondiente al área de producción y junto a un grupo de numerosos especialistas en el que se incluyen entrenadores personales, cocineros, maestros y cuidadores para los hijos pequeños de los músicos.
Un humor hecho de detalles precisos, con un principio y un fin determinados, con un soporte electrónico —una amplia pantalla curva, detrás de la orquesta— donde se proyectan paisajes y dibujos decorativos de contexto (sombreros, maracas y cactus cuando se ejecuta el “Jarabe tapatío”, por ejemplo) y lugar específico dentro de una dramaturgia diseñada para hacer efectivo un itinerario de situaciones de índole teatral: la mujer de vestido rojo que es perseguida por un hombre dentro de una botarga de toro, mientras que la orquesta ejecuta una canción española que alude a la fiesta brava; la intervención protagónica de la clarinetista Manoe Konings, quien demuestra ser experta en el menospreciado arte de silbar como es fama que lo hacen los arrieros (con sonoridad incrustada de lascivia y candor); los argumentos esgrimidos por Rieu para incentivar la participación de la audiencia —“¡si cantan con ganas esta canción, los Pumas van a ser campeones de fútbol!”—; especialmente, la actitud participativa de los artistas convocados por el líder para conformar un equipo creativo que le otorgue a la práctica profesional de la música de concierto lo que ésta ha gozado poco y mal: alegría manifiesta al momento de brindar públicamente los saberes del oficio.
El segundo eje del éxito es la calidad musical. En su imaginario de creación, lo que podría pasar por informalidad no implica la instauración de comportamientos displicentes; por el contrario: repertorio, concertistas y solistas demuestran solvencia técnica e incluso capacidad actoral. Lo que se ofrece como un concierto de música sinfónica, con variantes de corte popular, deviene viaje de casi tres horas por el camino soleado de la historia sonora, donde valses del siglo XIX conviven con extractos de ópera, canciones estadounidenses y europeas del periodo de entreguerras e incluso con sones de mariachi. Los protagonistas invitados por la orquesta son asiduos cómplices de Rieu: el trío Platin Tenors —Gary Bennett, de Tasmania; Bela Mavrak, húngaro; y Eric Reddet, francés—, y el ensamble Berlin Comedian Harmonist, cuyos cinco integrantes masculinos traslucen la influencia histriónica del legendario Buster Keaton. Mención especial, por el virtuosismo demostrado en su actuación, merecen las hermosas sopranos Mirusia Louwerse, de Australia; Donij van Doorn, de los Países Bajos; y Laura Engel, también neerlandesa, pero de origen chileno.
 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
A medida que avanza el entramado de potencias melódicas, carnavalada y lances del público que no cesa de festejar la luz de este convivio, de bailar en su asiento o fuera de él, se fortalece el tercer fundamento del sello que ha convertido al violinista y director en un coloso de la mercadotecnia musical a gran escala: el personaje de patriarca que provee de adecuada nutrición sonora a todos los miembros de su clan; un héroe familiar. Con su porte de genio extraído de alguna enciclopedia especializada, con lujo de seguridad en el despliegue de su talento para conducir la orquesta con el mismo arco con que frota las cuerdas de su invaluable violín Stradivarius, sin atraer la nota falsa, al tiempo que se comunica con el público a través de una gestualidad graciosa; con uso sabiamente calibrado de una energía de chamán que cumple puntualmente la labor de guiar la psique de la comunidad en un periplo de conciencia alterada, es que André Rieu salva el día y después de nueve encores nos dice que vayamos en paz, aunque la música se antoje interminable; sin fin visible, al menos, en el universo excepcional que él ha creado.

Música de puertas abiertas
Detrás de cada gran empresa palpita una paradoja y el cosmos musical de André Rieu no es la excepción, pues se ampara en el legado de Johann Strauss hijo —quien transformó las cadencias de un conjunto de danzas plebeyas en entretenimiento refinado, susceptible de engalanar los ámbitos de la aristocracia vienesa—, para adelgazar el aura de elitismo de la música clásica y suscitar así que los dones de esta cultura se esparzan a nivel masivo. 
El trabajo de Rieu y la Johann Strauss Orchestra polariza opiniones. Sus detractores argumentan que se trata de la comercialización de un estilo que, por su complejidad estética, debe preservar sus contenidos en una dimensión simbólica reservada a quienes puedan y quieran educarse para acceder progresivamente a ella. Sus partidarios comentan, desde la ribera opuesta, que para acceder a todo tipo de música tan sólo es necesario vivir el fenómeno con pasión y en libertad de elegir, y que lo que el artista europeo ha realizado, a lo largo de casi tres décadas al frente de la mencionada agrupación, significa la apertura de puertas culturales hacia un amplio sector ciudadano que se beneficia por experiencias antaño reservadas a un cónclave de diletantes y expertos.
Sin preocuparse por el “qué dirán”, André Rieu ofrece, además de un repertorio internacional de corte histórico, un mosaico de músicas locales. El tablero acústico correspondiente a México es, según declaraciones del propio director, uno de sus favoritos; contiene varios himnos no oficiales de nuestro país, como la canción “Cielito lindo”, que fue escrita por Quirino Fidelino Mendoza y Cortés (1862-1957), un músico nacido en Tulyehualco, quien ingresó al Ejército Nacional, donde alcanzó el grado de teniente coronel y mereció la responsabilidad de dirigir una banda de guerra. Dicho tema lo compuso para seducir a una joven que ostentaba, en efecto, un tentador lunar junto a la boca; a la postre lo logró: la dama en cuestión, de nombre Catalina, se convirtió en su esposa. (G.E.R.)

Programa
Primera parte: Seventy Six Trombones (M. Willson) / Blaze Away (A. Holzmann) / Second Waltz (D. Shostakovich) / Volare (tradicional italiano) / Amor de mi vida (F.M. Torroba) / Nessun dorma (G. Puccini) / España cañí (P. Marquina) / Bésame mucho (C. Velázquez) / Sportpalast Walzer (Wiener Praterleben) (S. Translateur) / Im Weissen Rössl (R. Benatzky). Segunda parte: Vilja-Lied (F. Lehár); Veronika, der Lenz ist da (W. Jurmann) / Irgendwo auf der Welt - Das ist die Liebe der Matrosen (W.R. Heymann) / Wishing You Were Somehow Here Again (A. L. Webber) / An Der Schönen Blauen Donau (J. Strauss) / Ode an die Freude (L. van Beethoven); Radetzkymarsch (J. Strauss). Encores: Strauss & Co. (fragmentos de obras de Strauss, Lehár y Kálmán Koppstein) / Libiamo ARV_10 (G. Bizet) / Happy Days Are Here Again (M. Ager y J. Yellen) / La paloma (S. de Iradier) / Jarabe tapatío (J. L. E. Reyes Oliva); Cielito lindo (Q. Mendoza y Cortés); Adieu, Little Captain of my Heart (R. Stolz) / Marina (R. Granata) / Cielito lindo (bis).





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