viernes, 1 de mayo de 2015

Joaquín Sabina: Un libro abierto


Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

500 noches para una crisis / 1, 2, 4, 13 y 14 de mayo, 2015 / Cinco funciones / 
2:25 hrs. de duración / Promotor: Erreele Producciones S.A. de C.V.

Fernando Figueroa
En la casa de Joaquín Sabina nunca suena un disco de él “porque eso sería un sacrilegio, ahí sólo se escucha buena música”, dice socarrón el Flaco de Úbeda cuando explica por qué decidió recrear el álbum 19 días y 500 noches, a quince años de su aparición.


El público ríe con ganas debido al chascarrillo y el andaluz prosigue con la anécdota. Uno de sus escuderos, Pancho Varona, se atrevió a poner ese álbum en el hogar del cantautor y éste se molestó. Pero le sirvieron un whisky para que se relajara y las canciones le empezaron a gustar, sobre todo después del tercer trago; al quinto, le pareció que el disco “podía compararse con Sgt. Pepper’s de The Beatles y con la novena sinfonía de Beethoven”.

En el verano de 2014 Sabina inició la gira 500 noches para una crisis, que recorrió ciudades de Sudamérica (en Argentina se grabó en vivo un doble CD y DVD), España y “el México profundo”, pero hasta ahora llega al Distrito Federal, al Auditorio Nacional, donde el cariño de sus fans se manifiesta con butacas llenas y un ambientazo.
El espectáculo recorre casi por completo 19 días y 500 noches, y luego remata con un puñado de otros éxitos que dejan a todo mundo satisfecho. A tres lustros de distancia, el álbum en cuestión luce vigoroso y se enseñorea como el más completo de su larga carrera. Las letras que escribió en 1999 lo muestran como un autor sólido, irónico, gracioso y desprejuiciado; los géneros van del bolero y el rocanrol a la rumba flamenca y el corrido. Lo que el productor Alejo Stivel logró con ese material fue darle unidad a las tesis sabineras del desamor y la melancolía. 
En diciembre de 2014, el poeta Luis García Montero escribió que “Joaquín Sabina es uno de esos artistas que viven cada cita como un acontecimiento”. Esta noche no es la excepción. En ningún momento se percibe prisa por cumplir con un trámite; al contrario, hay un constante regodeo con la música y hasta pequeños cambios en las letras para ubicar la acción en medio de “chilangos y forasteros”.
Sabina es un libro abierto. No tiene empacho en hablar ante diez mil personas acerca del infarto cerebral que sufrió en 2001 y que lo hizo cambiar de amistades y de hábitos. A los sesentaiséis años (ya no son “Cuarenta y diez”) se le ve “la escarcha en el pelo”, pero su actitud sigue siendo vital, de goce pleno por estar “en el país que desde hace treinta años nos abrió una avenida latinoamericana que tantísimo nos ha calentado el corazón”. 
En medio de este ejercicio de reinvención, el artista anuncia “un estreno, una versión muy libre de una canción de Robert Allen Zimmerman, mejor conocido como Bob Dylan”. Comenta que desde hace cuarenta años quería homenajear al de Minnesota, “pero para algunas cosas soy muy lento”. La melodía es casi la misma, aunque el español le metió mano en serio a la letra de “It Ain’t Me Babe” (“Ése no soy yo”): “No quiero ser tu enemigo / ni tu andén ni tu alcanfor / ni príncipe ni mendigo / ni Jack El Destripador”. 
En las pantallas laterales se reproduce lo que acontece en el escenario; y en el centro, al fondo, se proyectan animaciones con dibujos que Sabina ha realizado durante los últimos años, y que fueron incluidos en Muy personal (Planeta, 2013), un libro de apuntes escritos por él mismo. Las imágenes muestran a un artista plástico amateur, obsesionado por la figura femenina, que obviamente ha visto muchos cuadros de Picasso y Miró.
Dentro del show, la teatralidad está presente en todo momento —el líder con bombín que ejecuta algunos pasos de baile o que le sube la falda escocesa al aragonés que toca el saxofón—, pero cobra mayor relevancia cuando la corista Mara Barros se caracteriza de meretriz en “Una canción para la Magdalena”, el tema al que Pablo Milanés le puso música en su momento. 
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
El compositor dice que cuando grabó 19 días y 500 noches no había correo electrónico ni Facebook ni Whatsapp. Es cierto; hace tres lustros los fans iluminaban el graderío con encendedores o tripitas fosforescentes; hoy muchos captan a su ídolo con teléfonos inteligentes y guardan para siempre imágenes fijas o en movimiento. En medio de los avances tecnológicos, hay unas melodías que se empeñan en subsistir, pero sobre todo letras que perdurarán hasta el final de los tiempos.

Brassens, Waits, Cohen y Guzmán
En 1970 Joaquín Sabina salió huyendo de España y se refugió en Londres. En ese año, la banda The Beatles grabó su último álbum de estudio, Let It Be. En 1969, The Rolling Stones había lanzado Let It Bleed. Admirador de ambos grupos, el español se nutrió de ese ambiente musical en la capital inglesa (alguna vez como camarero recibió una propina de Georges Harrison), aunque su estilo tiene más cercanía con el compositor francés Georges Brassens (1921-1981). Sabina compuso su primer éxito, “Pongamos que hablo de Madrid”, luego de escuchar el último álbum de Brassens, Trompe la mort (eso lo ha contado con conocimiento de causa el cantautor español Javier Krahe).
Sabina no sólo comparte año de nacimiento con Tom Waits (1949), también tiene vasos comunicantes creativos con el californiano, a quien el ibérico homenajeó en “La canción de las noches perdidas”, incluido en el álbum Física y química (1992). 
El autor del libro de sonetos Ciento volando de catorce (2001) suele decir con sarcasmo a los periodistas que no pagaría por ir a un concierto de él mismo, pero sí de Leonard Cohen. En 2012 se lanzó en España el álbum Old Ideas del compositor canadiense, en cuyo cuadernillo se incluyeron las canciones en inglés y español, traducidas libremente por el andaluz, lo que sirvió para potenciar las ventas de ese material en aquel país.
Si se habla de influencias musicales, Sabina no se cansa de gritar a los cuatro vientos su devoción por el compositor José Alfredo Jiménez y por la cantante Chavela Vargas. Ahí están “Y nos dieron las diez” y “Noches de boda” como guiños al mexicano y la costarricense. Por último, no hay que olvidar que cuando Joaquín Sabina escuchó a Enrique Guzmán por vez primera supo que el rocanrol podía ser cantado en español. (F.F.)

Programa
Ahora que / 19 días y 500 noches / Barbi Superstar / Una canción para la Magdalena / A mis cuarenta y diez / Donde habita el olvido / Ése no soy yo / Peces de ciudad / Viridiana / El caso de la rubia platino (Jaime Asúa) / Cerrado por derribo / Pero qué hermosas eran / Más de cien mentiras / Noches de boda – Y nos dieron las diez / Conductores suicidas (Pancho Varona) / Noches perdidas / Y sin embargo te quiero (Mara Barros) – Y sin embargo / Por el bulevar de los sueños rotos / Princesa / Tan joven y tan viejo (Antonio García de Diego) / Contigo / Pastillas para no soñar / La canción de los buenos borrachos.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.