miércoles, 4 de febrero de 2015

Buena Vista Social Club: Nunca más esta candela


Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

Adiós Tour / 4 de febrero, 2015 / Función única / 1:40 hrs. de duración / 
Promotor: OCESA Promotora, S.A. de C.V.



David Cortés

¿Cuánta vitalidad cabe en un cuerpo de ochentaicuatro años? A juzgar por lo que muestra Omara Portuondo, ese líquido tan ansiado por los antiguos, ese flujo de la eterna juventud, circula a raudales en su interior. Su caminar es lento, pero eso no le impide mostrar simpatía, garbo, señorío y carisma.
Al surgir ella en el escenario, la Orquesta Buena Vista Social Club es opacada. Tan rotundo es el brillo de la cantante que ésta se muestra generosa con los asistentes. Baila con sensualidad, enseña la pierna, azuza al público a corear más fuerte, hace una pequeña broma y canta, con una sonoridad tan rotunda que seguramente el cielo sufre una fisura.
Hoy es una noche de evocaciones y despedida (Adiós Tour), un tributo a quienes se quedaron en el camino y una vuelta más a la espiral. Hace diecisiete años Ry Cooder encendió la chispa que detonó nuevamente el interés masivo por la música cubana; en ese entonces, una pléyade de soneros y cantantes recogió el nombre de Buena Vista Social Club, un lugar en el que se tocaba en directo y se bailaba hasta que el sudor corría por las paredes y el piso, y lo propulsó al mundo.
De ese proyecto asentado en un álbum del mismo nombre, son pocos los sobrevivientes (Barbarito Torres, Manuel Guajiro Mirabal, la señora Portuondo) y más los caídos. Mientras los músicos repasan los temas emblemáticos nacidos en la isla caribeña, las pantallas recuerdan a Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Puntillita Licea, Cachaíto López.
Sin embargo, la remembranza jamás es dolorosa; al contrario, es festiva y caliente, volcánica. Esa orquesta bien amalgamada es una forma más de mirar al pasado. La disposición de la misma, su elegancia en el vestir, sus modales, son un guiño a las noches de velado erotismo que permeaban los centros nocturnos de La Habana en las décadas de los cuarenta y cincuenta, sitios en los cuales el brillo y el oropel eran un adorno más porque los vaivenes sonoros eran lo más importante.
Sí, sobre el escenario hay un tándem de virtuosos, dechados de técnica y ejecución impecable al momento de interpretar cada tema, pero es también un combo en donde la libertad es una de sus máximas, porque continuamente el camino se perla con descargas, con improvisaciones que permiten el lucimiento de los instrumentistas, el alargue de las composiciones, el revestimiento de las mismas y el insuflarles vida.
La materia prima es el son, pero este ritmo ha viajado tanto que en su periplo se ha impregnado de otros ambientes, tanto que en sus instantes climáticos tiende una mano al jazz, a la balada y estos affaires se expresan en las paráfrasis que hacen, ya sea con una composición de Violeta Parra (“Gracias a la vida”), Soutullo y Vert (“La leyenda del beso”, más conocida por ser la música de “Amor de hombre”, tema popularizado por Mocedades) o de Arlen y Harburg (“Somewhere Over the Rainbow”).
Ahora las percusiones, luego las trompetas. El turno es del piano, que teje una  alfombra para que la voz de la Portuondo se desgrane en “Veinte años” y después dar paso a un hermoso solo del trombón. Barbarito Torres no solo imparte lecciones de virtuosismo, también hace un poco de floritura cuando toca el laúd por la espalda; la dinastía de los Mirabal, abuelo y nieto, sacan lustre a sus trompetas, pero también hacen de sus solos instantes memorables.
En los pasillos, las chispas cunden. La musicalidad que irradia desde el frente prende, y no hay cuerpo que se contenga, ya sea porque éste se menea en su asiento o porque ha abandonado su lugar para encontrarse con otro y fusionarse en trepidante baile.
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
Los Ferrer, los Compay y demás pueden estar contentos de que su legado está a buen resguardo. La Orquesta Buena Vista Social Club hace tiempo que dejó de ser una reunión de estrellas para convertirse en el pretexto para salvaguardar, primero, y luego extender esa música nacida en la isla que hace más de dos décadas resurgiera y fuera acogida otra vez por la humanidad, a quien, por fortuna, en realidad pertenece.

Cronología
1997. Producido por Ry Cooder, se lanza al mercado el disco Buena Vista Social Club con la participación de más de veinte músicos, entre ellos, Ibrahim Ferrer, Omara Portuondo, Juan de Marcos González y Compay Segundo.
1999. Wim Wenders estrena el documental del mismo nombre que recoge actuaciones de los músicos cubanos en Amsterdam y el Carnegie Hall (Nueva York).
2000. Muere Manuel Puntillita Licea, vocalista original en las sesiones del álbum.
2003. Fallecen el pianista Rubén González y Francisco Repilado Muñoz, mejor conocido como Compay Segundo. La revista Rolling Stone incluye el mencionado álbum en la lista de los quinientos mejores discos de todos los tiempos.
2005. Fenece Ibrahim Ferrer, compositor de “Camino a la vereda”, tema incluido en el álbum.
2006. Pío Leyva, otro de los integrantes originales del proyecto, muere.
2008. Grabado en vivo, ve la luz Buena Vista Social Club at Carnegie Hall.
2009. Muere Orlando Cachaito López, músico que cuenta en su haber el tocar en trece de las catorce canciones de Buena Vista Social Club.
2014. Arranca el Adiós Tour, gira que concluirá en 2015, en La Habana.
2015. Con temas extraídos de las sesiones originales de 1997, se edita Lost & Found. (D.C.)

Programa
Como siento yo / Tumbao / Bodas de oro / Rincón caliente / Trombón majadero / Black Chike / Bruca manigua / Batanga # 2 / Veinte años / Tiene sabor / No me llores / Quizás, quizás / Chan chan / El cuarto de Tula / Dos gardenias / Candela.





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