sábado, 21 de febrero de 2015

Between the Buried and Me: Virtuosos y bestiales

Foto: Carlos Alvar / Colección Auditorio Nacional

21 de febrero, 2015 / Función única / 2:30 hrs. de duración / 
Promotor: Alejandro de la Cuesta 

David Cortés
Anima Tempo y The Greatest Design se aplican, ponen lo mejor de sí. Difícil ser los teloneros de hoy; su esfuerzo, lejos de aplacar la expectación, la aviva. Los gritos de “Be-Tween, Be-Tween”, lo constatan; la ansiedad está en un punto muy alto.

La inquietud detona, se vuelve esquirlas en cuanto los nativos de Carolina del Norte golpean con una áspera mezcla de metal, un poco de rock progresivo y math rock, por lo que no deja de ser asombroso que hayan tomado su nombre de “Ghost Train”, una canción de Counting Crows.

Tommy Giles Rogers (voz y teclados), Paul Waggoner y Dustie Waring (guitarras), Blake Richardson (batería) y Dan Briggs (bajo), apenas interactúan con el público —“¿Están listos para el roucanroll”— dice en español un sofocado guitarrista. Sin embargo, las palabras no hacen falta, si el idioma es un impedimento para comunicarse, la articulación sonora de Between the Buried and Me (BTBM) salva cualquier distancia.
La noche, en apariencia, va por un derroche de técnica. Estos cinco son bestiales al acometer sus instrumentos, incluso la concentración los lleva a sacrificar la expresividad corporal, por lo que Rogers tiene que duplicarse como frontman. Solo en ocasiones Waggoner recurre a los clichés metaleros con un poco de headbanging, pero BTBM está lejos de manejarse como un combo de la perfección. Si bien son virtuosos la mayor parte del tiempo, también es cierto que hay un duende lúdico que atraviesa sus composiciones y que les imprime frescura.
De pronto, en esos pasajes atiborrados de notas, en esas abruptas paradas que luego reinician con la misma explosividad y que habla de una exacta compenetración musical, los guiños al jazz, a ciertas texturas ambientales, a un pasaje mitad circense, mitad country, a un vals, brindan a sus composiciones matices, contrastes, las hacen más relajadas, rompen la tensión.
Porque BTBM tampoco sigue una fórmula; les gusta ser impredecibles, no van por el esquema rápido-lento-rápido, sino por una combinación de tiempos que, dosificados, vuelven el concierto una agradable alfombra sobre la cual viajar.
En medio de los explosivos ires y venires, esos pasajes dan un poco de respiro, al tiempo que enriquecen la música de este quinteto que, luego de más de una década, trae sobre las espaldas una decena de álbumes, entre ellos el reciente Future Sequence: Live at the Fidelitorium.
 
Foto: Carlos Alvar / Colección Auditorio Nacional
Desafortunadamente, esa meticulosidad al ejecutar sus instrumentos cansa a los músicos. Sus temas son tan demandantes que eso se ve reflejado en la brevedad del set. No importan el clamor, los pedimentos de más. Cuando regresan para un encore, éste es corto. Arriba ha quedado la piel y es hora de emprender la partida y saborear cada uno de los momentos del concierto que, eso sí, podrá durar para siempre en la memoria.

Programa
The Decade of Statues / Obfuscation / Astral Body / Lay Your Ghost to Rest / Telos / Bloom / White Walls / Selkies: The Endless Obsession / Mordecai.




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