jueves, 18 de diciembre de 2014

El Cascanueces: Un refugio para el espíritu

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

Del 18 al 21 de diciembre, 2014 / Ocho funciones / 2:00 hrs. de duración / 
Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – INBA

Fernando Figueroa
José Gilberto Ramón Celis tiene el mejor lugar para ver la representación del ballet El Cascanueces, pero su trabajo le impide disfrutar a sus anchas de las ejecuciones de la Compañía Nacional de Danza (CND). Sucede que él es contrabajista de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, agrupación que participa en el espectáculo con música en vivo.
Los cinco contrabajos están en el extremo izquierdo del foso, colocados de manera perpendicular al escenario, y por eso Ramón Celis tiene un amplio campo visual. Desde ahí todo está al alcance de su mirada: los ochenta bailarines, los setenta instrumentistas al mando de Juan Carlos Lomónaco y buena parte de las butacas y público. Está tan emocionado que siente que se le sale el corazón, es la primera vez que participa en este ritual navideño. A sus escasos veintiséis años le parece increíble lo que le sucede.
Casi llora porque durante dos horas “todo es regocijo en el escenario, en el foso y en las butacas, es como una gran reunión familiar”. A los siete años vio por vez primera El Cascanueces en el Palacio de Bellas Artes y nunca pensó que algún día sería parte activa de la gala. Desde que era adolescente le gustó tocar el bajo eléctrico y lo suyo era el rock, pero estudió en la Escuela Nacional de Música y ahí se cambió al instrumento más parecido al de su preferencia; actualmente forma parte del cuarteto de contrabajos Touche Magique.
La música de Tchaikovsky le parece “muy fina y con gran imaginación”. Le satisface mucho formar parte de la base armónica de El Cascanueces, “aunque los contrabajos también tienen algunas partes melódicas; claro, no tantas como los violines y las flautas, pero esto es un trabajo en equipo”. Tiene un ojo en la partitura y otro en las indicaciones del director huésped, pero confiesa que lo que sucede en el escenario “sí te jala a cada rato”.
Ese jalón es irresistible para todos los presentes porque se trata de una bellísima coreografía de Nina Novak, basada en la original de Lev Ivanov, y un montaje impecable de la CND, dirigida por Laura Morelos, más la participación de alumnos de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA. En las dos funciones del primer día de representaciones alternan como Hada de Azúcar y Caballero las parejas conformadas por Ana Elisa Mena y Argenis Montalvo, y Blanca Ríos y Erick Rodríguez. Todos ellos son primeros bailarines, excepto Montalvo, que es solista.
La participación de las grandes figuras es tan eficiente y conmovedora como la del cuerpo de baile; la perfección de un pas de deux cimbra al público igual que cuando un puñado de hadas de la nieve revolotean en un bosque de cristal que le da gran profundidad al escenario.
La historia inicia en un acogedor hogar durante la víspera de Navidad. La pequeña Clara, su hermano Fritz y varios amiguitos juegan alrededor de un árbol lleno de esferas y regalos. De pronto, aparece el juguetero Herr Drosselmeyer, quien trae mágicos obsequios: un arlequín, una colombina y un moro, quienes danzan en medio de la sala. Clara recibe de regalo un Cascanueces que más tarde, durante el sueño, cobra vida y se ve envuelto en una extraña batalla contra un rey y sus súbditos ratones; la niña se convierte en mujer y el Cascanueces en príncipe e inician una larga aventura por tierras ignotas.
Clara y su acompañante son muy bien recibidos a donde quiera que llegan. En el País del Azúcar se realizan festejos en su honor, incluso se sientan en el trono y ahí son testigos de deliciosas danzas relacionadas con el chocolate de España, el café de Arabia, el té de China, el nougat de Francia, los caramelos y las flores.
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
El viaje al mundo de la fantasía finaliza y los espectadores regresan a la realidad, a ese terreno fangoso que ha provocado que al inicio de la función se hiciera un pronunciamiento contra la violencia en el país, por parte de los integrantes de la CND. Una vez más, el arte ha cumplido con la tarea de enriquecer el espíritu de miles de niños y adultos que saben que cada diciembre el Auditorio Nacional es el mejor refugio para el espíritu.

El ballet, una ópera sin palabras
Piotr I. Tchaikovsky (1840-1893) consideraba al ballet como “una ópera sin palabras”, en donde los bailarines ocupan el puesto de los cantantes. El compositor ruso sabía de lo que hablaba porque en su vasta producción hay varias obras maestras en ambas disciplinas artísticas.
Como es bien sabido, compuso tres de los ballets con mayor número de representaciones en la historia: El lago de los cisnes, La bella durmiente del bosque y El Cascanueces, este último con libreto de Marius Petipa, basado en la versión de Alexander Dumas del cuento homónimo de E.T.A. Hoffmann.
Muchos críticos destacan una gran aportación de Tchaikovsky al ballet, pues él hizo a un lado el rol decorativo que solía ocupar la música y la convirtió en la obra negra del espectáculo dancístico.
Asimismo, Tchaikovsky compuso varias óperas, entre las que destacan Eugene Onegin e Iolanta. La primera de ellas pudo verse en el Auditorio Nacional, en octubre de 2013, dentro del programa de transmisiones en vivo desde el Met de Nueva York. En febrero 14 de 2015 se proyectará aquí mismo Iolanta. Curiosamente, en ambas producciones participa la soprano rusa Anna Netrebko. Y si de coincidencias se trata, habrá que decir que en el estreno de Iolanta (San Petersburgo, 1892) se bailó previamente El Cascanueces. (F.F.)





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