sábado, 22 de noviembre de 2014

El barbero de Sevilla: Remedio para olvidar la tristeza

Foto: Metropolitan Opera

Transmisión de ópera en vivo desde el Met de Nueva York. HD. / 22 de noviembre, 2014 / 
Función única / 3:30 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.

Fernando Figueroa
“La música de Rossini sirve para olvidar que existe la tristeza en el mundo”, dijo alguna vez Stendhal, biógrafo de lujo del músico italiano. Tal frase resume las tres horas y media que dura el encantamiento al presenciar El barbero de Sevilla, en una exquisita producción de Bartlett Sher.
La partitura de Gioachino Rossini (1792-1868) y el libreto en italiano de Cesare Sterbini (a partir de la obra homónima de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais) son suficientes elementos para congraciarse con la humanidad, más aún si se suma un elenco sin fisuras encabezado por Lawrence Brownlee (Conde Almaviva, tenor), Isabel Leonard (Rosina, mezzosoprano) y Christopher Maltman (Fígaro, barítono).


Aunque la presencia escénica de Maltman es arrolladora, sobre todo en el primer acto, Brownlee se convierte en la estrella gracias a la estupenda coloratura que despliega a lo largo de la ópera, en especial cuando canta los ocho minutos de “Cessa di piu resistere”. Por su parte, Isabel Leonard se consagra como una muy bella Rosina, cuya voz está a la altura de su pretendiente.

Quienes son asiduos a las transmisiones del Met celebran que Leonard sea capaz de interpretar con solvencia a la mujer de Almaviva, sin importar que, apenas un mes antes, ella misma haya participado en Las bodas de Fígaro como Cherubino, donde este personaje masculino desea conquistar a todas las mujeres, ¡incluso a Rosina!
Hay que recordar que El barbero de Sevilla forma parte de una trilogía dramática de Caron de Beaumarchais, con los mismos personajes, que se completa con Las bodas de Fígaro y La madre culpable, las dos últimas convertidas en óperas por Mozart y Darius Milhaud, respectivamente.
En el intermedio de El barbero de Sevilla, la presentadora Deborah Voigt le pregunta a Isabel Leonard si no le afecta saber que Rosina será traicionada sentimentalmente en Las bodas de Fígaro. La joven intérprete dice que ella se limita a vivir el comienzo del romance y no piensa en lo que está por venir.
Voigt cuestiona a Leonard y Brownlee acerca de las dificultades que implica el bel canto (no como sinónimo de ópera sino en torno a un estilo determinado que implica sofisticación técnica). Leonard afirma que es un trabajo divertido y agotador, que requiere una práctica constante. Brownlee señala que desde su etapa estudiantil los maestros le dijeron que tenía facultadas naturales para incursionar en ese difícil terreno, y le sugirieron que lo hiciera como una extensión natural del habla, sin exageraciones.
En la tradicional charla previa, el maestro Sergio Vela se refirió a las exigencias básicas del bel canto: impecable legato, tono ligero en los agudos, vibrato rápido, timbre templado, dicción pulcra y fraseo con encanto. Es decir, todas las virtudes que minutos después muestran en vivo Rosina y Almaviva en el escenario del Met, que en esta ocasión luce una pasarela que acerca a los cantantes y al público neoyorquino que ocupa las primeras filas.
Respecto a ese detalle escenográfico, Christopher Maltman comenta con buen humor que “es muy interesante porque puedes ver al público a los ojos, aunque también conlleva ciertas dificultades porque, en determinados momentos, le damos la espalda al director musical y tenemos que usar la fuerza (mental) como en Star Wars, para adivinar sus indicaciones”.
Por cierto, la batuta está a cargo de Michele Mariotti, un joven de treintaicinco años de Pesaro, Italia, donde también nació el compositor de El barbero de Sevilla y El conde Ory. Incluso, Mariotti estudió composición en el Conservatorio Rossini de esa ciudad, además de haber recibido la distinción suma cum laude en la carrera de conducción, en la Accademia Musicale de Pescara. La crítica Corinna da Fonseca-Wollheim, de The New York Times, elogió la “atención a los pequeños detalles de la partitura” por parte de Mariotti, quien debutó en el mundo de la ópera precisamente con El barbero de Sevilla, en 2005, en el Teatro Verdi de Salerno.
Paata Burchuldaze (Don Basilio, bajo) y Mauricio Muraro (Dr. Bartolo, bajo-barítono) son otros dos aciertos del impecable casting, sobre todo el último de ellos, quien es un ridículo y egoísta rabo verde, tutor de Rosina, que desea casarse con ella. Fígaro (barbero, sacamuelas, fabricante de pelucas y confidente, “factótum de la ciudad”) se las ingenia para que Almaviva entre en contacto con su amada y se casen, luego de una deliciosa comedia de enredos que sirve para olvidar que existe la tristeza en el mundo.

De reventadores y pasteles
• Rossini escribió treintainueve óperas, la primera a los dieciocho años y la última a los treintaisiete; dejó de hacerlo durante casi cuatro décadas, pues murió hasta los setentaiséis. Algunos estudiosos creen que abandonó esa tarea por problemas de depresión, pero otros lo atribuyen a que el bel canto decayó en el gusto del público; esta última tesis es más creíble porque él nunca dejó de componer otro tipo de obras cortas.
• Rossini también fue un aceptable cantante y buen cornista. Tenía tanta confianza en sí mismo que no le importó que ya existiera una versión exitosa de El barbero de Sevilla (1782), de Giovanni Paisiello. La de Rossini se estrenó el 20 de febrero de 1816 en el Teatro Argentina, de Roma. La primera función fue un desastre porque había reventadores entre el público; la segunda fue un éxito, al igual que todas las subsecuentes. En la actualidad, la versión rossiniana ocupa el puesto número nueve entre las óperas más programadas a nivel mundial, mientras que la de Paisiello tiene el sitio doscientos cuarentaicuatro.
• Isabel Leonard dice que adora las buenas comedias porque contienen verdades que el público acepta a través de la risa. Por su parte, Christopher Maltman afirma que le divierte mucho “interpretar personajes que meten el dedo en todos los pasteles, como Fígaro”. (F.F.)

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