sábado, 1 de noviembre de 2014

Caifanes: El espectáculo eres tú

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

1 de noviembre, 2014 / Función única / 2:10 hrs. de duración /
Promotor: OCESAPresenta, S.A. de C.V.

Gustavo Emilio Rosales
Noche de difuntos. Cerca de diez mil almas en vida festejan la resurrección de una era musical impermeable al olvido, por medio de la fuerza recobrada de una banda de culto.
El escenario se ha tornado camposanto: legión de flores color naranja —cempasúchil, las joyas del jardín de la muerte— y un tapiz de veladoras enmarcan la presencia de los cinco músicos que han apostado a sostener en presente la leyenda aún llamada Caifanes.


El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, pero los temas que alguna vez sorprendieron el brillo de nuestra juventud, en el ocaso de los años ochenta, hoy vuelven a vibrar desde los pechos de gente nacida al filo de la transición entre siglos y milenios, junto al canto tempestuoso del público que Caifanes invocó puntualmente a lo largo de su poética sonora: las hordas delirantes, de profetas exiliados que acuchillan la atmósfera del final de la primera jornada de noviembre con alaridos de aprobación y aliento, impulsados por la energía inexplicable, mezcla de serenidad, trance y fatiga, con la que el vocalista y ejecutante de guitarra Saúl Hernández insiste en llamar a su grupo “pretexto”, al tiempo que sostiene: “Raza, el verdadero espectáculo aquí eres tú”. 
El público de innúmeras cabezas concede la certeza al hombre frontal de la agrupación que despejó al rock en idioma español, hecho por gente de México, del estigma de expresarse constantemente por medio de frases incoloras, y con pulcritud canta poco más de la mitad de La célula que explota, entre una lluvia de finos haces de luz que parecen extender aún más la tensión de los remates agudos —“¡Y esaaaa no la paraaaaassss! ¡No, nooo!”— y también, especialmente, la intención del acompañamiento plural: el deseo colectivo de que esta ceremonia de un bien recobrado no desemboque nunca en “La negra Tomasa”, previsible conclusión de un retablo acústico que hasta el momento se ha comportado como ofrenda, disconformidad, iniciación y fe de valentía.
Ofrenda porque los votos sensibles de tantos ojos humedecidos con un bálsamo que viene del pasado, se han compartido ritualmente: pan y vino hechos de música, palabras encantadas, cadencias que las tribus urbanas del país han hecho suyas, como si fueran talismanes que en su reverso dicen “Viento”, “La vida no es eterna”, “Aquí no pasa nada”, “Miedo”, “Los dioses ocultos”, “Nubes”; todas divisas de la pulsión trascendental de esas miradas que al empapar de sudor su canto, sus brincos, sus miembros extendidos e hilarantes se transforman en cifra de esa mirada conjunta a un más allá.
Disconformidad porque tan sólo el silencio es complaciente (cómplice, por tanto); no lo es, por el contrario, el sonido que vale, que se hace valer, y de ser necesario se hace acompañar de las fotografías ampliadas —rotuladas también, con nombre y apellido— de cada uno de los cuarentaitrés estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero, para enmarcar lo que Saúl llama “fractura”, que ha dejado en la penuria, en la desprotección, a la persona, a esa entidad expuesta para la cual consagra “Antes de que nos olviden”.
Hay un lazo subjetivo entre padres e hijos, entre el experto que se percata de las ocasiones en que Saúl modifica las letras y puede asegurar que la raíz de Caifán es un vocablo pocho que expresa “me cae bien” —“me cae fain”— y el novato que se baña por vez primera en las aguas de este río, que es y no es idéntico a sí mismo. El bautizo de fuego para el guitarrista Rodrigo Baills (integrante de The Melovskys), que ocupa ahora el sitio de Alejandro Marcovich, dimensión que parecía asegurada a perpetuidad por el músico argentino debido al quiebre que los Caifanes experimentaron en 1995. El hecho de que este ejercicio comunitario de memoria implique la primera interpretación en vivo del tema “Nada”. Tales casos trazan la iniciación.

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
“No hay que tener miedo, mucho menos temer al amor”, dijo Saúl al inicio de todo, cuando “Aviéntame” ya había sido gasolina para el ánimo. Segundo tras segundo hemos constatado que este comentario adquiere un peso propiciatorio, profético, quizá; y que Sabo Romo en su bajo, Alfonso André, el baterista; Diego Herrera, que alterna entre los teclados y el sax, y el propio Saúl Hernández son hombres frágiles, como somos todos los humanos.

Saúl y sus cómplices
Pocos meses después de su fundación, ocurrida en 1987 —a partir del germen que fue un proyecto musical llamado Las Insólitas Imágenes de Aurora—, Caifanes tocó por vez primera en el Auditorio Nacional, abarrotando el recinto. Fue la señal de que la condición fundamental de esta banda era su estrecho vínculo con públicos que aguardaban una propuesta de rock mexicano auténticamente creativa, en mitad de un panorama repleto de lugares comunes.
La trayectoria de Caifanes tiene más compilaciones —La historia, Rock Milenium, Lo esencial de Caifanes, Recupera tus clásicos, 25 Aniversario— que discos grabados en estudio. Estos últimos son cuatro —Caifanes (1988), Caifanes. Volumen II (también llamado El diablito, de 1990), El silencio (1992), El nervio del volcán (1994)—, a los cuales se puede sumar la grabación del concierto electroacústico que la agrupación llevó a cabo en 1994 para la cadena de televisión MTV.
Menos contundente que su discografía ha sido la estabilidad de Caifanes como colectivo. Los únicos dos miembros que han permanecido durante todas las etapas correspondientes son Saúl Hernández y Alfonso André; Sabo Romo y Diego Herrera participaron desde el origen y hasta 1993, para regresar en 2011 y permanecer a la fecha. Por su parte, Alejandro Marcovich ingresó en 1989 y se quedó hasta 1995, año en que el grupo decidió disolverse; en 2011 se incorporó al histórico retorno del conjunto, pero en 2014 fue relevado por Rodrigo Baills.
Varios artistas de prestigio han cruzado por la historia de Caifanes, de maneras diversas. Han sido notables, por ejemplo, la presencia del guitarrista Adrian Belew como productor del álbum El silencio; y la participación de Gustavo Cerati como músico invitado en la grabación del tema “La bestia humana”. El bajista Federico Fong, la cantante Cecilia Toussaint y Graham Nash, entre otros, participaron en El nervio del volcán, realización que llevó a la banda a tocar en el festival WOMAD y abrir un recital de The Rolling Stones. Mucho antes de ganar el Premio Alfaguara de Novela (2003), Xavier Velasco publicó el libro Una banda nombrada Caifanes (1990).
Entre los proyectos solistas de los integrantes de Caifanes destacan el par de discos de Saúl Hernández —Remando (2011), Mortal (2014)—; el álbum SSS, de Sabo Romo; el material como solista de Alfonso André, titulado Cerro del aire; Nocturnal, de Marcovich y, por supuesto, los seis discos de Jaguares, la agrupación que de 1995 a 2010, en etapas diversas, involucró los talentos de Hernández, André, Romo y Herrera, junto a una legión de instrumentistas. (G.E.R.)

Programa 
Aviéntame / Para que no digas que no pienso en ti / Miedo / La vida no es eterna / Aquí no pasa nada / Nubes / Amanece / Cuéntame tu vida / Será por eso / Mátenme porque me muero / Afuera / Antes de que nos olviden / Piedra / Nada / De noche todos los gatos son pardos / Perdí mi ojo de venado / Los dioses ocultos / Nos vamos juntos / Quisiera ser alcohol / Viento / No dejes que… / La célula que explota / La negra Tomasa.





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