domingo, 12 de octubre de 2014

Un tranvía llamado deseo: Soledad y aires de grandeza


Foto: National Theatre

National Theatre de Londres presenta. N.T. Live. / 12 y 13 de octubre, 2014 / Dos funciones / 

3:20 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – Embajada Británica en México


Fernando Figueroa
Aunque se trata de una gran producción en el Teatro Young Vic de Londres (incluido en el programa National Theatre Live), esta puesta en escena de Benedict Andrews pasará a la historia por la actuación de Gillian Anderson en el papel de Blanche DuBuois. Así de fácil.

Olvídense de la agente Scully (Expedientes secretos X), por cuyo trabajo Anderson ganó un Emmy, un Golden Globe y dos Screen Actors Guild. Esto es otra cosa, un monumento al histrionismo, la consagración de una artista de altos vuelos.

La duda que flotaba en el ambiente antes de la proyección era si los actores serían capaces de reproducir el acento sureño de Estados Unidos, tal como lo exige la célebre obra de Tennessee Williams. Anderson, nacida en Chicago, lo consigue con pasmosa naturalidad, además de plasmar con exactitud la doble personalidad de Blanche: los patéticos aires de grandeza y una profunda soledad que la tiene al borde de la locura. El resto del elenco cumple con su trabajo, pero sin alcanzar las cimas por donde se mueve el personaje principal.
El bostoniano Ben Foster (nada que ver con el mítico Marlon Brando) es un Stanley Kowalski prototípico, sobrado de músculos y crueldad, y escaso de materia gris. La inglesa Vanessa Kirby como Stella es muy convincente en el primer acto, cuando se muestra sensual y feliz de tener a un marido medio bruto, pero resulta poco creíble cuando aparece con un embarazo avanzado en la segunda parte. Corey Johnson (de Nueva Orleans) está bien como Mitch, el pretendiente de Blanche, al igual que los amigotes de Kowalski, cuyos papeles son realmente secundarios.
El escenario en movimiento y en medio de las butacas ayuda a que el espectador vea con claridad el punto de vista de cada personaje, tal como lo consignó el crítico Michael Billington en el diario The Guardian, quien además captó una incongruencia evidente, pues en un momento dado Blanche dice que a la casa de su hermana Stella y Stanley sólo Edgar Allan Poe podría hacerle justicia, “cuando en realidad luce blanca y pura como un cuarto de hospital”.
Muchos son los méritos del director Benedict Andrews, pero el principal fue la elección de Gillian Anderson, quien parece levitar mientras suelta las más hermosas frases del libreto: “Todos tenemos algo que no queremos que nadie toque”, “Hay tanta confusión en el mundo”, “Soy el pariente pobre que todas las familias tienen”, “En una tarde lluviosa cada hora es un trocito de eternidad”, “Supongo que estoy chapada a la antigua”, y la más famosa de todas, cuando el loquero va por ella: “Siempre he dependido de la amabilidad de los desconocidos”.
La música de fondo intensifica las acciones: rock en los momentos dramáticos, pop cuando las aguas se calman y jazz si la sexualidad se desborda (por ahí se cuela un fragmento de “Bésame mucho”, de nuestra Consuelo Velázquez).
Para nadie es un secreto que Un tranvía llamado deseo es una obra perfecta en su estructura y contenido (ganadora de un premio Pulitzer), pero no está de más que una gran compañía de teatro nos lo recuerde en el décimo aniversario del Lunario.
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