lunes, 6 de octubre de 2014

Lana del Rey: La elegante afectación

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

6 y 7 de octubre, 2014 / Dos funciones / 1: 20 hrs. de duración / 
Promotor: Alive Entertainment, S.A. de C.V.

David Cortés
Dice un refrán que no se puede tapar el sol con un dedo. Cierto, hay cosas innegables, rotundas, absolutas y una de ellas es el pasmo, el silencio que se produce cuando, al apagarse las luces, sobre el escenario aparece la estilizada figura de una mujer que no contenta con saberse bella, se encarga de recordárselo al público a cada momento.


Como diría el merolico, que no le digan, que no le cuenten. Porque en medio de la gritería, de esas gargantas que luchan entre sí por ver quién profiere el aullido más largo, hay un espacio de silencio muy breve, pero que no deja de ser significativo: es el instante propicio para tributar un homenaje a la belleza.

En realidad, el asunto que nos ha convocado aquí va más allá de la apariencia física de esta cantante estadounidense a quien el éxito le ha tendido la mano con rapidez. Ella parece que pertenece a ese linaje de las míticas diosas griegas que al mismo tiempo eran terrenales y etéreas; pero a diferencia de una Afrodita, Lana del Rey no usaría su belleza para el embaucamiento. En vez de ello, cual sirena que seduce a los hombres, apostaría por lo melifluo de su canto, por esas palabras que se decantan pero nunca tocan el piso.
El punto más alto del concierto se da cuando interpreta “Video Games”; sin embargo, el que esta sea su canción más sonada no implica que sea la mejor, y durante la noche Del Rey entrega una serie de postales que la retratan como una vocalista empecinada en demostrar que lo suyo está afincado del lado del talento, no sólo de lo baladí, de aquello que los años consumirán paulatinamente.
Al escuchar sus composiciones, hay dos referentes importantes a considerar: Tori Amos y, más lejana, Nico. Pero a ella se le dan mejor las canciones lentas, las que pueden conmover y hasta destrozar, pero que no exigen arrebatos ni exabruptos, porque si algo la distingue es ese toque de elegante afectación que se manifiesta en su persona y se extiende a su quehacer creativo.
No es que Del Rey no quiera prodigarse, de hecho lo hace prácticamente desde que sale al foro porque no encuentra otra manera de responder al recibimiento; pero al cantar, pareciera vivir en otro plano, estar en una dimensión diferente a la de sus fanáticos. Es como si entre ellos se levantara una delgada pero impenetrable película invisible que impidiera la comunión total, pero que no resta mérito a la intérprete.
El secreto, si lo hay, radica en la clase, en la sensualidad de sus ademanes, en la parquedad de movimientos. Es un catálogo de modales, buen gusto y comportamiento. Acompañada de un cuarteto, pasa revista a lo más celebrado de su repertorio, pero lo adereza con sabiduría. Cuando las introducciones de sus temas se extienden, aprovecha para firmar algunos discos o dar autógrafos; en “Body Electric” genera una continua tensión que imprime tonos épicos.
Si pudiéramos definirla, tal vez sería a partir de esa tendencia a lo grandilocuente que es una cualidad intrínseca, natural en ella, no una pose o un alarde. Simplemente así se presenta y esa honestidad se trasmina a sus composiciones.
A veces en su música se cuela un poco de jazz, otras, las percusiones y teclados crean una textura reminiscente de Dead Can Dance; hay instantes en que el guiño se dirige a la polifonía vocal de Cocteau Twins o al trabajo de Beach House, pero el todo es una trama atmosférica, orquestal, melodías que lindan con el barroquismo.
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
Para el cierre, dice que es muy afortunada y está feliz. Cómo no, si su mirada delata azoro ante las muestras de entusiasmo y fidelidad de sus fanáticos. El brillo de su mirada exhibe sorpresa ante tanto afecto y se ruboriza un poco al señalar que será la última canción, porque la espera otra noche aquí, igual o mejor. Mientras tanto, luego de una fingida decepción, sus seguidores asienten y se dejan llevar por esa voz que los transporta a sitios no imaginados, pero placenteros, mismos que comienzan a recrear de inmediato una vez que les lanza el adiós definitivo.

Vertiginosa carrera
De ascendencia escocesa, Lana del Rey nació en Nueva York, en 1985 (acerca de su edad, la información es contradictoria —aquí tomamos el dato de una entrevista realizada en Rolling Stone por Brian Hiatt—; ella se limita a decir: “La gente ha mencionado diferentes edades”). Su nombre original es Elizabeth Woolridge Grant, pero lo cambió en 2009.
El ascenso ha sido vertiginoso; comenzó su trayectoria profesional en 2010 con un disco titulado Lana del Ray a.k.a. Lizzy Grant (poco después cambiaría su apellido a Del Rey). De allí se desprendió un sencillo, “Video Games”, que se utilizó en las series de televisión Ringer y Gossip Girl, lo que impactó fuertemente en su popularidad. En 2012 lanzó Born to Die y al año siguiente obtuvo un Brit Award como Mejor artista solista femenina internacional.
En 2013 escribió el tema “Young & Beautiful” para la banda sonora de la cinta The Great Gatsby; en 2014 estrenó el sencillo “Once Upon a Dream”, perteneciente a la película Maléfica. Su más reciente disco lleva por título Ultraviolence (2014). (D.C.)

Programa
Intro / Cruel World / Cola / Body Electric / Blue Jeans / West Coast / Born to Die / Ultraviolence / Old Money / Carmen / Summertime Sadness / Money Power Glory-Million Dollar Man / Video Games / National Anthem.





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