martes, 21 de octubre de 2014

José Alfredo Jiménez: La emancipación del dolor


Tercera de Forros. Un mundo raro. Diálogo a partir de la obra de José Alfredo Jiménez. Enrique Serna, Pascual Reyes y Julia Palacios. Salón Blanco
21 de octubre, 2014 / 1:30 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.

Alejandro González Castillo
Creó más de mil canciones sin contar con una formación musical formal, nació en Guanajuato en 1926 y, pese a que su corazón se detuvo en 1973, prácticamente ninguna borrachera tiene lugar actualmente sin su presencia, ya sea en la guitarra de algún cantor improvisado, la rockola de cierta cantina o la discoteca en formato mp3 del anfitrión de la juerga. Enrique Serna lo certifica esta noche, apenas toma el micrófono: “porque hablar de José Alfredo Jiménez sin un trago en la mano es un pecado mortal”. 


Al lado del narrador y ensayista se encuentra Pascual Reyes, compositor, cantante y guitarrista de San Pascualito Rey, y Julia Palacios, quien se define a sí misma como “rockera de corazón y vida, amante de la cultura popular”. Es el músico quien revela su admiración hacia el guanajuatense gracias a las estrambóticas anécdotas que éste vivió con Chavela Vargas y que ella solía contar. Fascinantes historias que llevarían al de Ciudad Satélite a incluir una versión de “Corazón, corazón” en uno de los discos del grupo que lidera. Entonces, el tema discográfico es aprovechado por Serna, quien rememora la ocasión en que Jorge Saldaña rompió un álbum de José Alfredo en un programa televisivo, pues se llegó a la conclusión de que su contenido no era más que “una apología del machismo”.
Y es que una primera lectura a la colección de melodías firmada por Jiménez llevaría a considerar que la ofensa y el reproche hacia las mujeres operan como eje temático imbatible. Sin embargo, Reyes recomienda ir al fondo, pues “en realidad, José Alfredo jamás fue un macho; todo lo contrario. De hecho, se rendía ante los pies de la mujer. Era un ardido en el amor, un despechado, sí; pero para él la mujer era como una divinidad”. Y de inmediato su vecino de asiento apoya tal versión: “muchas feministas siguen satanizándolo sin saber que él quiso ser un macho dominador y arrogante, pero al notar que no podía amarrar a las mujeres a su lecho prefirió transformar los reproches en alabanzas”. Lo aseverado por el autor de Las caricaturas me hacen llorar puede demostrarse escuchando “La media vuelta”, donde su artífice se devanea entre la rendición servil y el desdén malsano en menos de tres minutos; o en “Amarga navidad”, la devastadora aceptación de incompetencia ante una relación asesina. “Es que él fue el primer emo que existió, mucho antes de los ojos delineados y las prendas oscuras”, comenta Palacios al respecto.
Tras equiparar la obra del charro con la de Octavio Paz, “porque igualmente hace una radiografía muy compleja del carácter del mexicano, quien se regodea en el dolor hasta mutar la pena en una fuente de placer”, una escatológica y amarga sentencia de Francisco de Quevedo aparece de pronto, y se erige como regidora de las historias del autor de “Caminos de Guanajuato”: “la vida empieza en lágrimas y caca”. 
“La vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba”; se quejaba quien hizo de la cantina un templo de lamentos y confesiones; “es que la vida sin dolor no es vida. El dolor nos hace sentir vivos”, remata Pascual antes de la despedida. Salud, se escucha por ahí, y los presentes alzan su copa para luego abandonar sobriamente sus mesas.

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