miércoles, 10 de septiembre de 2014

Vicente Fernández: Con el corazón en la mano

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Hasta siempre, México / 10, 12, 13, 15, 16, 19 y 20 de septiembre; 2, 3, 5, 11 y 12 de octubre, 2014 / 
Doce funciones / 2:30 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora, S.A. de C.V.

Marcela Rodríguez
Un piso negro, reluciente, refleja los atriles distribuidos con holgura a lo largo de una U, más propio de una orquesta que la formación en línea de un mariachi. Es el escenario de un crooner de esmoquin. Con puntualidad, el conjunto Azteca enfundado en color arena ocupa la figura de herradura.


Vicente Fernández cruza el escenario a zancadas, ya sus muchachos corean el “uy, uy, uy... de un rancho a otro: los tres potrillos”, improvisa él, bigote y cejas negras, sus señas de identidad. Mirarlo es entender de qué se trata el carisma. Eso de nacer con estrella. Encaja el sombrero en la base del micrófono. Pone las cartas sobre la mesa: “Con el corazón en la mano, lleno de melancolía por ser las últimas fechas que canto aquí, en la capital...”. Luego de librar un cáncer de hígado y leve trombosis pulmonar, recuperado, se despide de los conciertos en directo con el tour Hasta siempre, México.
Atrás quedaron los años del charro con pesadas botas, busca la comodidad, se va deshaciendo del sombrero, de la pistola, “al fin que no la he de usar”, del ancho moño blanco que se antoja de seda. Canta “La derrota”, pero alguien gana. Hace señas para que se acerque una señora que parece dudar, él afirma con el dedo y batalla por desanudarse el moño; no ha de ser fácil porque la escena le ocupa más de una estrofa y un botón desprendido que sale volando, y qué, si le hace la noche a una seguidora.
Es un concierto de despedida tanto como de afirmación. Treinta y siete canciones sin intermedio, a ratos sin comentarios de por medio. Prescinde de los auriculares que usan los intérpretes por lo regular, como el músico que toca de memoria, sin partitura. 
En “Acá entre nos” ejecuta una declaración de principios. Se reta a sí mismo. Pone a prueba los pulmones tras su padecimiento. Un alarde de la potencia de su voz. Como aquella tarde en que el matador Dominguín alzó el dedo en señal de ser el número uno. El charro de Huentitán deja colgar el micrófono de su brazo y el canto es perfectamente audible en las fauces de ese animal gigante que es el recinto. El público no puede sino levantarse de sus asientos y rendirle una ovación. 
“Estoy tan nervioso...”, confiesa muy adelantado el concierto. Salva con entereza alguna falta; un adelanto al mariachi, un verso tragado. Sale airoso con naturalidad, humilde. Son casi cincuenta años sobre las tablas. “Esta canción me identifica mucho con Alejandro, se llama ‘El hombre que más te amó’”. Si con “Ese señor de las canas” rinde tributo a su padre, con ésta se despide de su hijo. El testamento de su amor.
Las pantallas regresan el tiempo. Al hombre de cabello negro en la flor de la canela. El de 2014 ha ganado en complexión y presencia, el señorío que sólo la edad otorga. El de gesto adusto en sus películas, aparece cariñoso con sus potros, Alejandro niño con su famoso padre. Que lo deja claro: “La suerte llega trabajando. No soy suertudo, soy cojonudo. He caído fuerte. Me he lastimado. El dolor en el cuerpo, el dolor en el alma, lo dejo en el camerino. Cuido mi voz para ustedes. La suerte no es yerba que crezca en el campo”.
Lo había dicho entero, al final el asomo del llanto lo traiciona. Si hay lágrimas se funden con la transpiración de la que se deshace rudo, arrabalero como el tono de “Urge”, se pasa el dedo por la frente sacudiéndose el sudor. Ese gesto y botar los vasos de agua vacíos remiten a los años pasados en palenques. 
 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Con la canción que despuntó su carrera en 1976, cierra una parte importante de su vida, ya entregó las llaves de su alma, ya dijo sigo siendo el rey, toca “Volver, volver “. No hay vuelta atrás. No regresa al escenario aunque la gente se lo pida a gritos.

La escuela de la vida
Procede de una familia humilde del campo. Si El Potrillo estudió arquitectura en una universidad particular, Chente se construyó a sí mismo en la escuela de la vida. A la cuenta de hoy, es un icono de la cultura mexicana y el fundador de una saga. De niño se ganaba unos centavos ocupándose de diversos trabajos que un menor puede llevar a cabo. Si hacemos caso a la estrofa que recita en la canción dedicada a su padre, Ramón, ese señor siempre lo supo respaldar. “Fue pobre en su infancia. Tuvo ignorancia, pero la logró vencer”.
Allá en Huentitán El Alto, Jalisco, donde nació en 1940, aprendió a tocar la guitarra a los ocho años, y tiene en su recuerdo que antes de esa edad acompañaba a su madre, Paula, a ver las películas del Ídolo de México, Pedro Infante; desde entonces decretó que cuando creciera iba a ser como él. Lo es en el México contemporáneo, el ídolo.
Con veintitantos años cantaba con los mariachis de Pepe Mendoza y Felipe Arriaga. Con éste actuaba en el restaurante Amanecer Tapatío y participaba en el programa de radio del mismo nombre. En 1960 debutó en el show de televisión La calandria musical, donde ganó su primer sueldo como cantante: treintaicinco pesos de cuando el dinero valía. Consiguió trabajo en la XEX y se presentó con Arriaga en el Teatro Blanquita. A mediados de esa década acude a diferentes compañías discográficas. Sólo la CBS lo firma y graba su primer álbum. Diez años después comenzaría a recoger los frutos con “Volver, volver”. (M.R.)

Programa
De un rancho a otro / Que te vaya bonito / Flor de azalea / Las botas de charro / La misma / Cien años / Sí acaso vuelves / Hermoso cariño / Lástima que seas ajena / Nos estorbó la ropa / Por tu maldito amor / Cada mañana / Otra vez / Un millón de primaveras / ¿Verdad que duele? / La derrota / Aunque me duela el alma / Olvidemos el pasado / Estos celos / Acá entre nos / Qué de raro tiene / Bohemio de afición / Yo no me quiero ir / Mujeres divinas / Ese señor de las canas / Alejandra / Urge / Gracias / Las llaves de mi alma / El rey / El adiós del soldado / La ley del monte / El hombre que más te amó / De qué manera te olvido / Serenata huasteca / Ella / Volver, volver.




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