martes, 9 de septiembre de 2014

Philharmonia Orchestra de Londres: Un cielo lindo

Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional

9 de septiembre, 2014 / Función única / 1:55 hrs. de duración / 
Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – Centro Nacional de las Artes

Fernando Figueroa
El paraíso debe ser un lugar confortable donde se escuchan composiciones inmortales, con setenta instrumentistas de primera línea, incluida una violinista de veinte años que parece descendiente de Paganini, dirigidos por una celebridad.

Una combinación similar hace posible que un martes por la noche se ocupen todas las butacas de la parte baja del Auditorio Nacional. En el escenario está la Philharmonia Orchestra de Londres, el hombre de la batuta es Vladímir Áshkenazy; la solista, Esther Yoo, y la obra que interpretan: Concierto para violín y orquesta en re mayor (Op. 35) de Piotr I. Tchaikovsky.

Mucho se ha escrito acerca de esta obra, pero hay un dato que no es del todo trivial y se destaca en la página oficial de la orquesta inglesa: “Fue escrita en un centro turístico de Suiza, a la orilla del lago Ginebra, donde Tchaikovsky se recuperó de la depresión causada por su desastroso matrimonio con Antonina Miliukova”.
La música del autor ruso es un mar en aparente calma; la orquesta, un crucero de lujo; Áshkenazy, el experimentado capitán, y Yoo una sirena cuyo canto no surge de las cuerdas vocales sino de las que tiene su violín “Prince Obolensky” Stradivarius de 1704. El resultado es un asombroso sonido que provoca silencio absoluto en la sala, un pasmo que rara vez se experimenta, una comunión entre miles de seres privilegiados.
Antes del concierto, Áshkenazy había dicho que el contacto con la música es un tónico que beneficia espiritualmente al individuo y la sociedad. Tales palabras se comprueban en una velada que, en la memoria de los asistentes, llevará un asterisco seguido del adjetivo “inolvidable”.
Imposible borrar de la mente la menuda figura del director, quien de algún modo se las ingenia para proyectar fuerza y poder. La docilidad de los músicos es producto de la aceptación unánime al mandato de un genio que envía señales claras y firmes; a Yoo él parece no ordenarle nada con la batuta, pero basta un ligero movimiento de cabeza para que la estadounidense se integre en el momento justo; la alineación de las estrellas se da de forma casi natural.
Esther Yoo no está aquí por casualidad ni favoritismo. Cuando grabó un disco con la Philharmonia Orchestra de Londres, entonces dirigida por Lorin Maazel, éste le propuso unirse a una gira de la agrupación por China y Corea en 2012. Dos años antes, ella fue la ganadora más joven (a los dieciséis) del Concurso Internacional de Violín Jean Sibelius que se celebra en Finlandia, y luego triunfó en el certamen Reina Elisabeth de Bruselas.
El programa inició con la obertura de la ópera Ruslán y Ludmila, de Mikhail Glinka, en la que orquesta y director mostraron sus impresionantes cartas credenciales.
Para la segunda parte sólo está programada la Sinfonía No. 5 en mi menor (Op.64), de Tchaikovsky, en la que el compositor quiso plasmar su “total sumisión ante el destino”, según registro de sus propias palabras. Si en el Concierto para violín el mayor protagonismo fue de Yoo, aquí el lucimiento se reparte democráticamente, aunque uno de los cornos (Katy Woolley) alcanza lo sublime en el segundo movimiento.
 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
Lo que parecía una noche de exclusiva música rusa, se modifica con un encore preparado para la ocasión: una singular versión de “Cielito lindo” que suena a mariachi exquisito con las cuerdas y trompetas delineando la melodía. Al día siguiente del concierto, algunos de los miembros del staff de la orquesta visitaron los canales de Xochimilco, seguramente sin saber que el autor de esa canción fue Quirino Fidelino Mendoza y Cortés, vecino del pueblo de Tulyehualco, perteneciente a la misma delegación del Distrito Federal.
Al abandonar México, el tour de la Philharmonia continuó en Lima, donde el primer encore fue “Fina estampa”, de la peruana Chabuca Granda. Pero como el público pedía más, les regalaron el tema que don Quirino le compuso a su esposa Catalina sin imaginar la repercusión que tendría en el siguiente siglo.

Para que la cuña apriete
De 1986 a 1994, Vladímir Áshkenazy estuvo al frente de la Royal Philharmonic Orchestra. Renunció cuando los directivos le dijeron que habían contratado a Daniele Gatti para preparar una sucesión a largo plazo, algo que le pareció inaceptable, según declaró en su momento al diario británico The Independent. Desde entonces se estrechó la relación de Áshkenazy con la Philharmonia Orchestra de Londres y en 2000 fue nombrado director emérito de esa institución, por donde han pasado figuras prominentes como Arturo Toscanini, Herbert von Karajan y Riccardo Muti.
Nacido en Rusia en 1937, Áshkenazy estudió en el Conservatorio de Moscú y en 1952 ganó el Concurso Tchaikovsky de Piano. Su discografía como pianista es muy amplia e incluye obras de autores consagrados como Chopin, Beethoven, Schumann, Shostakóvich, Bartók y Prokófiev, al igual que de otros menos conocidos como Sergei Tanéyev y Franz Danzi.
En el terreno de la dirección también ha grabado decenas de álbumes celebrados por la crítica; actualmente es director principal de la Orquesta Sinfónica de Sidney, director musical de la Orquesta Juvenil de la Unión Europea, y emérito de la Sinfónica de Islandia. (F.F.)

Programa
Obertura de Ruslán y Ludmila (Mikhail Glinka) / Concierto para violín y orquesta en re mayor (Piotr I. Tchaikovsky) / Intermedio / Sinfonía No. 5 en mi menor (Piotr I. Tchaikovsky) / Encore: Cielito lindo (Quirino Mendoza).










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