lunes, 29 de septiembre de 2014

Medea: La atrocidad cotidiana

Foto: National Theatre

National Theatre de Londres presenta / 29 y 30 de septiembre, 2014 / Dos funciones / 1:30 hrs. de duración / 
Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – Embajada Británica en México

Fernando Figueroa
En noviembre de 2012, dentro del ciclo National Theatre Live, se pudo ver en el Lunario una buena actuación de Helen McCrory (Londres, 1968) en The Last of the Haussmans, de Stephen Beresford, pero lo que ella muestra en Medea, de Eurípides, es supremo. Por eso Charles Spencer, crítico de The Telegraph, escribió que éste es el mejor trabajo en la extensa carrera de la actriz.

La nueva versión de Medea, de Ben Power, dirigida por Carrie Cracknell, resulta inquietante porque no muestra personajes míticos y grandilocuentes sino seres contemporáneos y creíbles. La célebre mujer celosa y su entorno son muy similares a lo que el espectador ha visto en su vida cotidiana (los niños ven televisión o juegan ensimismados con sus tabletas).

La primera vez que aparece en escena, Medea es como cualquier mujer que se cepilla los dientes mientras deambula por su casa, pero la cara desencajada muestra ya los estragos de la traición. Su esposo, Jasón (Danny Sapani), la ha abandonado para casarse con Kreusa (Clemmie Sveaas), la joven hija del Rey de Atenas (Dominic Rowan).
Durante noventa minutos frenéticos, el personaje que interpreta Helen McCrory transforma el dolor en rabia sin mostrar signos de buena salud mental. Eso lo sabe la nodriza (Michaela Coel), quien desde el principio le advierte al público que la tragedia es inevitable: “La noche todo lo engullirá”. A través del baile y el canto (con música en vivo de Goldfrapp), una docena de mujeres corintias también enfatizan el predominio del destino sobre la voluntad de los hombres.
Medea no perdona que Jasón “haya pasado de un lecho a otro como una serpiente”. Afirma que todas las mujeres, por haber sufrido tanto en sus vidas, son “eruditas del terror”. Su venganza —apoyada por la diosa Hécate del inframundo— consiste en regalar una capa envenenada a su rival de amores y, como todo mundo sabe, matar a sus propios hijos.
Esta última imagen no necesita ser explícita para causar conmoción, porque momentos después ella regresa del oscuro jardín arrastrando dos bolsas ensangrentadas. McCrory tiene la capacidad de transmitir a plenitud el infierno que vive en ese momento, y aún tiene fuerza para desear que sus hijos descansen en paz y que sus ancestros la ayuden a expiar la culpa.
Todo el elenco cumple su parte con mucho tino, pero destaca el trabajo de Danny Sapani, a quien le toca apechugar las locuras de su ex esposa, quien jamás creyó que él la hubiera abandonado para garantizar el bienestar económico de los críos; “los dones de un malvado no causan provecho alguno”, le advierte.
“Al final de esta producción emocionante y despiadada, saldrás del teatro sintiéndose horrorizado y extrañamente eufórico, la señal inequívoca de que la tragedia ha dado en el blanco”. Con esas certeras palabras concluye su comentario el crítico del mencionado diario inglés.

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