sábado, 30 de agosto de 2014

Óscar Chávez: Un espectáculo de la naturaleza

Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional

Kikiriki / 30 de agosto, 2014 / Función única / 
2:30 hrs. de duración / Promotor: Rosa Marta De Cea

Marcela Rodríguez
“¡Vamos, Macondo!”, un grito masculino entre la gente. Al fondo se divisan las figuras de los músicos, de riguroso negro. Como en una pintura de claroscuro, la luz tenue destaca las frentes de entradas amplias que otorgan a los rostros mayor dureza.

El público tiene su propio sistema de llamadas. Primera: exclamaciones y silbidos aislados, como si apuraran a un cácaro. Segunda: silbidos educados, sin la violencia de los anteriores, pero con el mismo fin, meter presión al artista. Tercero: aplausos. Allá adentro, el grupo que acompaña a Chávez intercambia en cada abrazo palmadas en la espalda; el saludo y afecto del hombre.  

La silueta alta y recia del cantante sigue a sus músicos al escenario. Camina con sosiego. La guayabera negra con aplicaciones blancas aligera la sobriedad del atuendo. Se acomoda en una silla común de oficina de la que, como si estuviera en un nicho, no se pondrá de pie. “Te amo”, le grita otro seguidor. De título juguetón, “Alingo lingo” abre el recital. Canta con los ojos cerrados, el rostro inexpresivo, las manos se tocan como en los ídolos budistas. Un monje seglar del son veracruzano.
“Antes de que se me olvide...”. Presenta al Trío Los Morales, al arpista Adán Sánchez; a Ernesto Anaya (guitarra, jarana y voz), y al percusionista Juan Gedovius, “el único que tiene pelo”, un joven de cabellera negra abundante. El resto son músicos con solera.
Chávez habla y su voz resuena como un espectáculo de la naturaleza. Las olas altas, la luna grande, el sol que asoma. Algo que forma parte de lo cotidiano y, al mismo tiempo, se admirara como un fenómeno que ocurre de tanto en tanto. Ese timbre profundo, grave, dramático, debió pertenecerle a un oráculo en otros tiempos.
El público quiere sus canciones: “Hasta siempre”, “Mariposas amarillas”, “Macondo”, “Por ti”... Próximo a cumplir ochenta años, no se anda por las ramas: “Si cantamos las puras conocidas, menos vienen. Si empezamos con las que terminamos, nos vamos antes”.
Las mandíbulas de algún pobre animal son repasadas a manera de güiro en “El fandanguito”, la jarana es rascada, el cajón siente las manos Gedovius, y todos el canto del Caifán. Una de las piezas más festejadas de la noche, además de “Vanidad”, célebre canción del chileno Armando González; “La piragua”, de José Barros, cumbia colombiana que Carlos Vives rescató; “Total” (Ricardo García Perdomo), relanzada por Vikki Carr en los ochenta; la esperada “Por ti” del anfitrión, que provoca que algunas parejas se miren y ocurra un beso, y otras eviten la mirada y escurra una lágrima.
Las canciones de Chávez están en el inconsciente colectivo local, las cabezas asienten en las llamadas de protesta. “Una canción que hice hace muchos años y que por desgracia sigue vigente, ‘Se vende mi país᾿, por todos lados”. Al grado que tiene una segunda parte: “No se pierdan la continuación de este dramático episodio”. Que llega seguida de “Siempre alcanza la danza”, escrita para el movimiento zapatista.
Parecería una crueldad interpretar “Hasta siempre” y “Macondo”, luego despedirse, dejar al público así, con las ganas renovadas que esas canciones inyectan. La gente lo hace volver al escenario, los músicos están listos, el cantante dice a los Morales “parece que queremos pasar Navidad con nuestros padres”, a metros bajo tierra. El último tirón, dos boleros más, “Perdón” y “Flor de azalea”. En ellos deja todo.
 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
Después sólo queda “Un pañuelo de silencio / a la hora de partir”, como dice la sevillana “El adiós” que dedicó a Tehua: “Estés donde estés, que estés bien. Esta canción es para toda esa gente que se nos va”.
Parafraseando el título de una de sus canciones: a Chávez siempre le alcanza el canto. 

Caifán de la Portales
Nació en la colonia Portales en 1935, pero vivió buena parte de su infancia y juventud en Santa María la Ribera. Tenía un hermano mayor que falleció, y dos hermanas menores. Su padre, del mismo nombre, era operador de maquinaria pesada en obras de ingeniería civil. Del lado de su madre, Esperanza, hereda el timbre de voz barítono, como el de sus primos, el actor y el poeta Enrique y Eduardo Elizalde, respectivamente.
De parte de su papá, quien cantaba y tocaba la guitarra, le viene el gusto por la música tradicional mexicana. El intérprete recibió una guitarra de regalo cuando era niño, y repetía las canciones que su progenitor cantaba y las de los discos de casa.
Estudió teatro con Salvador Novo y Seki Sano. Destaca su actuación en Los Caifanes, una película de Juan Ibáñez con guión de Carlos Fuentes. Filmada en la Navidad de 1966, el grueso se rodó en exteriores a falta de presupuesto. Por su actuación recibió la Diosa de Plata y el Ariel. Para la serie Voz Viva de México, de a la UNAM, grabó poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, Gilberto Owen y Amado Nervo.
Tiene una trayectoria que suma más de cincuenta años en el medio. A finales de 2014 presentará material nuevo con arreglos de Héctor Morales; un disco de once sones antiguos de Veracruz, con canciones como “El fandanguito”, “Las olas del mar”, “La habanera”, piezas que no habían sido grabadas. (M.R.)

Programa
Alingo lingo / Se vende mi país / Herminia / Carabalí / Las ciudades / Sin pan / La brujería / Que le echen aguas / El fandanguito / La habanera / Vanidad / Paisa / La piragua / Por ti / Levántate Juana / Se vende mi país (segunda parte) / Siempre alcanza la danza / Total / Ya no te quiero / La estrella / El adiós / Soy albañil / Zapatitos colorados / El congresista / Las olas del mar / Hasta siempre / Macondo / Perdón / Flor de azalea.







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