jueves, 3 de julio de 2014

Alberto Vázquez y Enrique Guzmán: Dos shows por un boleto

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

¡Como nunca esperaste verlos! / 3 de julio, 2014 / Función única / 
2:40 hrs. de duración / Promotor: Omar Suárez Aguilar

David Cortés
La expectación se advierte en el vestíbulo y en los pasillos interiores. Los comentarios aluden al encuentro de esta noche, al de un par de hombres que, de jóvenes, compartieron espacios pero a quienes el tiempo distanció, y no obstante los esfuerzos de terceros ha sido imposible reunirlos.


Los dos son muy distintos: uno muy desparpajado, el otro más formal. Abre la sesión Enrique Guzmán, precursor del rocanrol y ex integrante de uno de los principales grupos de los años dorados del género: Los Teen Tops.

Su carácter sigue intacto: jovial, bromista —varias de sus puyas son acerca de su compañero de profesión—; continuamente hace remembranzas, cuenta detalles de algunas de sus canciones. Su set está marcado por una atmósfera de nightclub y la orquesta contribuye a ello, especialmente los alientos que imprimen ciertos toques de big band.
El espíritu del rocanrolero iconoclasta e irredento hace su aparición. De pronto se cuelga la guitarra y anuncia las primeras notas de “Lucila”, a la que liga con una cita de “I Can’t Get no (Satisfaction)” y después enlaza con “Popotitos”, tema que monta sobre el riff de “Pretty Woman”, de Roy Orbison, mientras sus coros guiñan un ojo al góspel.
Sin embargo, los instantes más emotivos, esos que espera el público y con los cuales se genera una mayor empatía, se dan cuando arriban las baladas. Se escuchan grandilocuentes y el saxofón, en aquellos pocos momentos en los cuales un instrumento se adueña del escenario, le agrega sensualidad a la pieza. Uno a uno, estos temas complacen a los asistentes, y cuando menos se dan cuenta llega el final. Guzmán regresa para encarar “Uno de tantos” y decir a los asistentes que en unas semanas habrán de verse nuevamente en este lugar porque él vendrá a escuchar a su hija.
La luz tenue anuncia el cambio de tiempo y cuando ésta se apaga, la oscuridad la rompe un haz que ilumina una mano cuyos dedos, ya sin el cigarro de antes, chasquean y marcan la entrada inconfundible de “Sixteen Tons”, original de Merle Travis. Como su colega, Vázquez forma parte de lo que se denomina los años dorados del rock and roll en México, pero a diferencia de aquél, el sonorense nunca se integró a una agrupación y su carrera en solitario le abrió, como a Enrique Guzmán, espacios en televisión y cine.
Alberto Vázquez también bromea y desglosa a lo largo de sus interpretaciones algunas indirectas. Encara la velada con un poco más de rocanrol, su grupo se permite un sonido grasoso y en varias de sus interpretaciones la guitarra toma un rol preponderante. En un par de ocasiones, para hacer énfasis en la letra, llama a una de sus coristas para construir el diálogo y dar más color a su participación.
Conserva la voz, pero su vida en el norte del país le juega una mala pasada y recurre al oxígeno para contrarrestar los efectos de la altura de la ciudad de México, pero ello no le impide entregarse. En una de sus alocuciones comenta que esperaba hacer un dueto con Guzmán, pero que no se pudo; sin embargo, dice, “voy a cantar una canción de él, nada más que bien cantada” y ataca “Quiero ser libre”.
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Cierra con una composición que, sin duda, es su marca personal: “El pecador”. Y, como invariablemente sucede, parece invitar al cielo a abrirse y a que de él surja un rayo flagelante que acabe con las culpas de quien se reconoce abyecto, pero no desea el mal a su amada.
El tan anunciado encuentro no pudo realizarse. Enrique Guzmán y Alberto Vázquez pisaron el mismo escenario, pero nunca lo compartieron. Los fanáticos de ambos, que no saben de diferencias ni exclusiones, disfrutaron el peso de dos leyendas, aunque su ansiedad no se vio mitigada: en un espacio de sus corazones aún se alberga el deseo de verlos juntos, de que su canto se una, en el mismo escenario y al mismo tiempo.

Cine, sueños y rocanrol
El rock and roll llegó a México de la mano de la Orquesta de Luiz Arcaraz, “primera agrupación en interpretar el novedoso ritmo en nuestro país, aunque nunca lo grabaron” (Federico Rubli, Estremécete y rueda. Loco por el rock & Roll, 2007); pero fueron los jóvenes quienes lo volvieron rebelde y desde los comienzos del género en él destacaron Enrique Guzmán y Alberto Vázquez. El primero con Los Teen Tops; el segundo como solista. Sin embargo, fue gracias a la aparición de ambos en el séptimo arte que esta corriente musical tuvo mayor difusión en el país.
Guzmán cuenta en su filmografía con cerca de treinta películas, trayectoria que inició en 1964 con Mi alma por un amor. Aunque los filmes en los cuales actuó no siempre fueron musicales, una de sus películas más aclamada fue Sor Ye-yé (1967) al lado de Hilda Aguirre, en donde una novicia acude al Festival de San Remo para tratar de salvar al convento de sus penurias económicas.
Vázquez, por su parte, filmó su primera cinta en 1962 (A ritmo de twist), pero es muy recordado por su actuación en Cuando los hijos se van, al lado de Fernando y Andrés Soler, en donde encarna a un joven que se rebela ante su familia para perseguir el sueño de ser cantante (D.C.).

Programa
Enrique Guzmán: Mi corazón canta / Yo te seguiré / Más / Con y por amor / Agujetas de color de rosa / Secretamente / Cariño y desprecio / Tu cabeza en mi hombro / Lucila / Popotitos / La plaga / Lo sé / Acompáñame / Oye / Payasito / Uno de tantos.
Alberto Vázquez: Sixteen Tons / El velador / Cosas / Fue en un café / La felicidad llegó / Blueberry Hill/  Para decir adiós / Cuando apenas era un jovencito / Tus ojos / Tú significas todo para mí / Olvídalo / O quizá simplemente le regale una rosa / Lanza tus penas al viento / Bote de bananas / Si la invitara esta noche / Maracas / Quiero ser libre / Al modo mío / El pecador.




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