lunes, 14 de julio de 2014

A Small Family Business: La farsa del consumismo

Foto: National Theatre

National Theatre de Londres presenta. NT Live / 14 y 22 de julio, 2014 / Dos funciones / 
2:45 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – Embajada Británica en México

Fernando Figueroa
Cuando Adam Penford decidió montar A Small Family Business, fue a la casa del autor Alan Ayckbourn (Londres, 1938) para pedir su autorización. Mientras comían una deliciosa sopa, el dramaturgo le preguntó al director cuál era su proyecto; Penford respondió: “Estar a la altura de su texto”.

Michael Billington, crítico del diario inglés The Guardian, afirma que A Small Family Business es la obra de los ochenta que mejor retrata la contradicción esencial del thatcherismo, que se debate entre los enfermos valores tradicionales de la familia y la santificación de la codicia individual. Añade que la brillantez del autor, en este caso, radica en mostrar la forma en que los compromisos menores conducen al desastre moral.

En el intermedio de la función, el joven director es entrevistado en la misma sala donde se desarrolla la acción. Cuando le preguntan si se trata de una obra de corte político, responde que es un drama familiar con un trasfondo en el que hay muchos ingredientes. (Cuando lo han cuestionado al respecto, Ayckbourn ―creador de setenta y ocho obras― ha dicho que no se considera un escritor político sino social.)
Charles Spencer, del Daily Telegraph, señala que esta obra es la respuesta de Alan Ayckbourn al lema thatcheriano “la codicia es buena”. Se narra la historia de Jack McCracken (Nigel Lindsay), un cincuentón que recién dirige una empresa dedicada a la fabricación de muebles. Es un paladín de la cultura del esfuerzo que, de pronto, descubre que sus socios-familiares se han enriquecido gracias a una red de corrupción que pone en riesgo la estabilidad del negocio.
Por todo lo dicho, no se piense que estamos ante un denso drama; Ayckbourn opta por el humor ácido de una farsa que resulta hilarante de principio a fin. Inicialmente, Jack es el único personaje que puede ser feliz con un trabajo digno, buena comida y bebida, más sexo casero sin inhibiciones. Sin embargo, la ola neoliberal lo convierte en un mafioso con guiños de parodia a El Padrino de Francis Ford Coppola.
Esta obra se estrenó en el Olivier Theatre de Londres, en 1987, y estuvo en cartelera durante dieciséis meses. En 1992 se montó en Nueva York y ahora está de regreso en la capital inglesa, en el mismo sitio que hace veintisiete años. Por cierto, la escenografía de Tim Hatley muestra cuán sofocantes pueden ser los lindos hogares de las familias disfuncionales.
Nigel Lindsay está estupendo no sólo como líder del negocio familiar sino además en plan de papá, incapaz de comunicarse con su conflictiva hija adolescente. A la misma altura se ubica Mathew Cottle como el detective Benedict Hough, quien a la hora de investigar las corruptelas actúa de manera similar al teniente de televisión Columbo (por sus habilidades deductivas), pero en versión perversa.
El toque sexy lo aporta Niky Wardley (Anita), una mujer promiscua con gran debilidad por los amantes italianos. Su contraparte es la maniaca Harriet (Amy Marston), quien odia la pasión de su marido por la cocina, al punto de considerar el acto de comer como algo obsceno.
La escena final de A Small Family Business ―ganadora del premio Evening Standard a la Mejor obra de 1987― muestra que los negocios van viento en popa, pero que al mismo tiempo hay algo podrido en los individuos que idolatran el consumo. 
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