miércoles, 30 de abril de 2014

Pocoyó: ¡Hurra por los niños y sus papás!


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

El show de Pocoyó en vivo / 30 de abril y 1 de mayo, 2014 / Cuatro funciones / 
1:45 horas de duración / Promotor: Pupeatry y Zinkia Enterteinment

Julio Alejandro Quijano
“Y arora Pato epanta a Ocoyó”, le explica Janet a su madre, cuyo semblante aún refleja el agobio por los pendientes que dejó en la oficina precisamente hoy, Día del Trabajo. Janet la mira y comprende que debe ser más clara en la explicación para atraer su atención: “Pato epanta a Ocoyó a ras tres. Pato a ra una, Pato a ras dos, Pato a ras tres: ¡grrrrrrrrrr!”.

La mamá se espanta. Con el gruñido de su hija abandona la ansiedad y entra al mundo de Pocoyó: grita cuando Pato se convierte en un monstruo gracias a una caja de cartón en la que dibujó dientes afilados, y se indigna cuando le roba la muñeca a Elly, la elefanta rosa y mandona que sólo quiere jugar a la comidita.

“Y arora es Superocoyó”, describe Janet mientras en el escenario el personaje principal se pone una capa roja y una S en el pecho, que bastan para quitarle el miedo ante el monstruo. “Y arora...”, dice la mamá, quien se detiene al descubrirse hablando como Janet. Corrige: “Y ahora ha aprendido a ser valiente”.
“¡Hurra por Pocoyó!”, dice el narrador de la obra. “¡Hurra!”, responden los niños y papás que juegan con las pelotas gigantes repartidas por los amigos de este niño de cuatro años que, a pesar de no hablar bien, se entiende a la perfección con los preescolares. O quizá sea por eso mismo que ellos se sienten identificados al punto de disfrazarse como él: gorra, sudadera y pants azules.
“¿Qué es eso Pocoyó?”, pregunta el narrador. “Autos carrera, vamos, run run”, responde el coro de los miles de niños que ―tal como lo hacen cuando lo ven por televisión― interactúan con la historia que ahora cambia de escenario. Ya no es un bosque donde vive el Pato-Monstruo sino una pista sobre la que Pájaro Dormilón y Lula se unen al grupo para competir y llegar primero a la meta.
La carrera se suspende porque Pocoyó tiene un problema. Se baja de su bólido y parece que va a bailar. “No bailar”, dice en su lenguaje cortado. “Anda pipí”, grita. El narrador interviene: “Parece que tendremos que darle unos minutos a nuestro amigo. ¿Pueden aguardar unos momentos?”. Sin esperar la respuesta, el personaje sale corriendo. 
“Anda pipí”, repite una niña a su padre, quien le responde: “Sí, Pocoyó va a ir al baño y luego regresa para terminar la carrera”. “Anda pipí”, insiste. “Sí, ya te dije que regresa al ratito”, dice el papá, acostumbrado a que su hija sea repetitiva cuando ve los programas de su personaje favorito. “No papá ―grita con urgencia―, Pocoyó no; yo anda pipí”.
Al volver del obligado intermedio, la competencia de autos termina con un empate porque todos se quedaron sin gasolina cuando estaban a unos centímetros de la meta. Abandonan los carros y se sumergen en otra aventura: visitar a Pulpo en el fondo del mar, en donde el lenguaje es aún más peculiar. “Tororo tarara, taaaan”, dice Pulpo a sus amigos cuando los ve llegar con sus juguetes.
“¿Qué dijo?”, pregunta uno de los adultos. “Jugar música”, le traduce su hijo. En efecto, Pulpo se pone detrás de un tocadiscos y comienza a poner música. Pero Pato quiere jugar a la pelota, Pocoyó a los superhéroes y Elly al ballet. “¿Qué podrán hacer para divertirse juntos?”, pregunta el narrador.
“¡Compartir!”, gritan todos al mismo tiempo. Se da entonces una lección de convivencia porque dejan de lado el tutú, la pelota y la capa para dejarse llevar por la música. 
 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Así como compitieron en la carrera de autos, ahora organizan un concurso de baile. Elly muestra elasticidad y glamour, Pato presume unos pasos robóticos dignos de Michael Jackson y Pocoyó ejecuta su mejor (y único) paso: con los pies abiertos, bien plantados en el suelo, dobla el cuerpo hacia adelante y mueve los brazos como si fueran hélices.
Ese lenguaje no necesita traducción. Con Pulpo convertido en un DJ ecléctico (su aguja va rápido del ballet al rock), todos se levantan para bailar junto a los personajes, sin importar si tienen cinco o cincuenta años. Como diría el narrador: “Hurra por los niños y sus papás”.

Un momento de iluminación
Pocoyó, la serie de animación española, se ha vendido a más de cien países y en todos lados le entienden. “Lo que pasa ―dice David Cantolla, el creador― es que no tratamos a los niños como si fueran tontos; no hay una voz cantarina que le habla a nuestros hijos como si no se enteraran de nada. ¡Pues claro que se enteran!”.
El artista ibérico, como todo padre de familia, batalló para entender a sus dos hijos cuando empezaban a hablar. Cuenta que todas las noches los reunía para rezar: “Yo decía: ‘Jesusito’; y ellos contestaban ‘de mi vida’; yo decía ‘tú eres niño’; y ellos respondían: ‘como yo’”. Así nació el personaje. Porque su hija, que tenía dos años, en lugar de “como yo” decía “Pocoyó”.
Cantolla lo explica como un momento de iluminación. Acababa de cerrar una empresa y estaba por iniciar una nueva, dedicada a la producción multimedia. Era 2001 y necesitaba un producto, un servicio, algo para arrancar. “Y si mi fuente de inspiración decía Pocoyó… por algo sería”, cuenta ahora que recuerda el origen de este personaje al que, por cierto, abandonó en 2008 por “diferencias filosóficas” con los socios de la empresa que había fundado. Curiosamente, no entendió el lenguaje de los adultos. (J.A.Q.)





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