domingo, 27 de abril de 2014

Cri-Cri: Bailando bajo el chorrito

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

Compañía Nacional de Danza / 27 de abril, 2014 / Función única / 
2:00 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – INBA


Julio Alejandro Quijano
De pronto, como pasa casi siempre en Orizaba, caen cuatrocientos milímetros de lluvia, que traducidos a danza son dieciséis alegres bailarinas que cuando saltan hacen “¡pim pim pom! / ¡tin tin tin!”. Es natural que para hablar de Cri-Cri (y para bailarlo) se comience en esa ciudad veracruzana cuyo nombre significa en náhuatl “La ciudad de las aguas alegres”, en donde el niño Francisco Gabilondo Soler descubrió la inspiración de casi todas sus canciones.

El aguacero que azota ahora al Auditorio Nacional es similar al que él veía por la ventana durante meses (la época de lluvias en Orizaba dura medio año, de mayo a octubre), con cuya motivación escribió “Llueve”. 

Cuando llega la hora de “La merienda”, no sólo se ve a un niño malcriado que no quiere la leche fría ni caliente, sino a una especie de príncipe tirano que provoca carcajadas con sus berrinches cuando se le va el aire de tanto llorar. Y más allá de lo que se escucha en la letra de la canción, la servidumbre se torna en un séquito torpe que aprovecha el tiempo que tarda la leche en enfriarse para tener breves escarceos románticos.
José Luis González, el coreógrafo responsable de darle movimiento a las canciones (con arreglos del fallecido Eugenio Toussaint), explica que este espectáculo con setenta bailarines de la Compañía Nacional de Danza fue concebido para el disfrute de los niños, pero desde su estreno en 2007 (para celebrar el centenario del compositor), ha representado también la oportunidad para que los adultos recuerden su infancia. “Constituye la posibilidad de adentrarse en un mundo de fantasía y diversión”. Por eso son los papás quienes más ríen cuando el Negrito Sandía dice picardías y además las baila: intenta descubrir lo que se esconde debajo del tutú de cuatro bailarinas que, disfrazadas de sandías, le quieren quitar lo grosero a punta de coscorrones y nalgadas.
Pero los adultos también lloran. Lo hacen con “La muñeca fea”, que sale del ropero con un cabestrillo en el brazo derecho. Baila suave y triste al sentirse olvidada. Hasta ahí, la coreografía es una interpretación textual del tema, pero entonces aparece el ratón, que no tiene cara de roedor sino de galán de telenovela con vestuario de Don Juan. Y bailan no como si la estuviera consolando sino amándola al estilo de Sigfrido con Odette en El lago de los cisnes. Se transforma, pues, en una historia en la que los otros personajes, la escoba, el recogedor, el plumero, el sacudidor, la araña y el viejo veliz, no aparecen sino como objetos en manos de un bailarín que acompaña la escena desde lo alto de una escalinata. Al final, el ratón-galán hace feliz a la muñeca y la despoja del vendaje de su mano.
El giro no es descabellado. Entre los manuscritos del compositor orizabeño está el cuento en el que se basa la canción. Tiene un final alternativo: la muñeca es rescatada por un niño pobre que la repara, la cuida y la ama por mucho tiempo. “Y así fue porque los pobres cuidan infinitamente más sus cosas que los ricos”, remata el texto. 
En sus programa de televisión, Gabilondo Soler solía dar un consejo: “Penetrar en la región de la fantasía es algo muy sencillo, basta con tener muchas ganas de emprender el viaje. Pero Cri Cri, El Grillito Cantor, suplica atentamente a quienes lleguen a ese sitio, respetarlo todo, no lastimar a los enanitos ni tirar la cola del dragón”.
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
Y esquivar las balas, porque el Ratón Vaquero, a diferencia de lo que imaginó su creador, acá es un forajido con fuerza suficiente para doblar los barrotes de su prisión y salir a tirar balazos. Y lo más importante: abrir el paraguas. Porque además de que el chorrito salpica y despinta chapas cuando se hace grandote, hay que recordar que en Orizaba llueven cuatrocientos milímetros diarios.

¿Quién es ésa que anda ahí? 
Es una mujer que en todas las fotos aparece vestida de negro. Vivió en el siglo XIX y principios del XX, y en su casa de Orizaba tenía un ropero enorme en donde atesoraba la espada de su marido, el coronel José Antonio Soler Mazo, junto con su sombrero de guerra y el uniforme militar. De vez en cuando los sacaba a petición de su nieto Francisco.
“Tu abuelo fue un militar a las órdenes del general Juan Prim, quien pasó por Orizaba cuando Juárez era el presidente”, le decía. Luego lo sentaba en sus piernas y comenzaba a contarle un montón de cuentos, leyendas y anécdotas que alimentaron la imaginación de quien, años más tarde, se convertiría en el fabulista mexicano más importante de su tiempo. 
Esa mujer se llamó Emilia Soler y su ropero, por cierto, aún se conserva. Óscar Gabilondo, hijo de Francisco, lo tiene en la que fue su casa en el Estado de México. Ahí, lamentablemente, ya no está el atuendo del coronel pero ahora contiene el archivo de Cri-Cri: más de ochocientas fotografías, cientos de partituras originales, cuentos escritos a máquina y el bolo con el que se invitó al bautizó de aquel niño, el 20 de octubre de 1907. (J.A.Q.)

Programa
Introducción / Llueve / Los mosquitos trompeteros / El chorrito / ¿Quién es ése que anda ahí? / El ratón vaquero / Di por qué / Negrito sandía / El negrito bailarín / Negrita cucurumbé / La jota de la jota / Chong Ki-Fu / Jorobita / La muñeca fea / La patita / Los tres cochinitos / La merienda / La canción de las brujas / El ratón vaquero (bis).







1 comentario:

Gonzalo Ramos Aranda dijo...

A CRI CRI

Por Francisco Gabilondo,
el más musical Señor,
¡llegó, presto, a este mundo,
un grillito muy cantor!

En casa de la abuelita,
dicen que anda por ahí,
duerme en cálida cunita
y, pues, se llama Cri Cri.

Ese ser de las florestas,
que gusta de hierba verde,
dirige tiernas orquestas,
en la tarde, que se pierde.

Tiene antenas en cabeza,
dos ojos negros, enormes,
de una brillante belleza,
par de cejas uniformes.

Una cuerda es su boquita,
el cuello, casi, le falta,
arrugas, en la pancita,
con tonalidad resalta.

Se pone blanca camisa,
un moñito oscuro, grato,
saco de tela rojiza,
boleado calza el zapato.

Empuña violín de hoja,
un arco de cuerda fina,
el sonido se le antoja,
fantasías en la retina.

De melodiosa elegancia,
su inspiración una lira,
nunca se pierda la infancia
de la gente que lo admira.

Bajo el clima de Orizaba,
siempre Dios lo cuidará,
nota, pauta, armonizada,
¡muchos siglos vivirá!

Está en la imaginación,
de niñas, de niños, buenos
que, entonando su canción,
se ilusionan con los sueños.

Mirando caer la gota,
de agua, que da la nube
y al "chorrito" que rebota,
cuando baja, cuando sube.

Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
México, D. F., a 6 de octubre del 2007
Dedicado a mi pequeño nieto: Ian Santiago Mora Ramos
Reg. SEP Indautor No. 03-2007-082112003600-14

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