lunes, 17 de febrero de 2014

Bunbury: La transición permanente


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Palosanto / 29 y 30 de enero; 1 y 17 de febrero, 2014/ Cuatro funciones /
 2:20 hrs. de duración/ Promotor: Ocesa Promotora, S.A. de C.V.

David Cortés
¿Noche de farra o de contención? ¿Abrimos la puerta a los excesos o damos cabida a la prudencia? Con Enrique Bunbury nunca se sabe, aunque si algo caracteriza al oriundo de Zaragoza, España, es su negación por las medias tintas.
Hoy presenta Palosanto, su álbum catorce de estudio y octavo en solitario, un periplo definido por él como de tránsito: “Todos ellos los considero discos de búsqueda. Una permanente huida hacia adelante. Un viaje interminable que nunca llega a su fin y que pretende no pasar dos veces por el mismo cruce de caminos. Así, considero que Palosanto es mi decimocuarto disco de transición”.

Atrás han quedado los días de indefinición, los momentos en los cuales se debatía por asumir una identidad. Hoy se concentra en el ejercicio de lo que mejor sabe hacer: cantar (aunque jamás podrá dejar de lado la vena dramática). Y su inicio es enjundioso, porque detrás de él hay una banda que después de años de trabajar en comunión, se encuentra adherida a su piel.
“México… Distrito Federal, inmenso placer pisar de nuevo el Auditorio Nacional —la ocasión anterior fue en octubre de 2010—, queremos mostrarles un recorrido con canciones del pasado más lejano, también del pasado más inmediato”. 
Y entonces el listado de temas se convierte en maleable línea del tiempo porque el cantante y su sexteto ahora viajan a Radical sonora (1997), su placa debut; brincan al reciente Palosanto, para luego encallar en Helville de Luxe. Prácticamente, el vocalista pisa cada una de sus acometidas en solitario e incluso el trayecto lo lleva a confines más remotos.
“Necesito un público que me haga crecer como músico, no que me haga tocar toda la vida ‘Entre dos tierras’ y encima como lo hacía con Héroes”, dijo luego de la gira promocional de su primera producción como Bunbury. Sin embargo, a media etapa de la noche acomete “Deshacer el mundo”, una composición de su época con Héroes del Silencio, aunque lo hace en una versión rumbeada y en la cual únicamente el solo al final de la misma conserva algunas rebabas del acero original.
A partir de la segunda mitad, el set se hilvana con destreza, las costuras entre cada una de las canciones son invisibles y se encuentran tamizadas por algún detalle específico: ora un solo hiperbólico de la guitarra, ora un breve repaso por el funk, ora un guiño al jazz de parte de los teclados. Siempre la gestualidad del vocalista.
¿Cuál es, entonces, la diferencia de este concierto en relación a otros de él mismo? Allí están las constantes: una audiencia entregada, rayana en la devoción, una banda profesional en cada una de sus aristas, un audio impecable y un juego de luces diseñado para resaltar lo primordial y ocultar lo desdeñable.
La distinción se encuentra en los gestos y en lo que flota en el aire. Las poses del histrión son un recuerdo constante de la década de los setenta. Marc Bolan, Jim Morrison, Mick Jagger, David Bowie, reencarnan en él; incluso la nave espacial que arriba al inicio del concierto y que luego habrá de recogerlo en el primer final en falso, rememora al U2 de la época de Pop.
Lo inasible también se hace presente en ciertas atmósferas con aires de sicodelia, en los destellos de blues que entregan sus guitarristas. Esas costras imprimen un toque duro a la noche, aunque también hay resquicios para lo amable y tranquilo como su interpretación de “Frente a frente”, o “Mar de dudas”, cuando llama al escenario a “uno de los talentos más caros de este país, la queridísima Carla Morrison”, recibida con igual o mayor estruendo que quien la ha presentado.
 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Ha tiempo Bunbury y público mexicano sostienen intenso amasiato. Cada uno sabe lo que espera y ansía del otro; se dicen, hablan, cuchichean y expresan sin tapujos. Éstos tributan reverencia, aquél se deja querer; éstos claman, piden e incluso exigen y él se muestra dadivoso. Con el tiempo, el hispano ha aprendido a ser pródigo con sus devotos en esta tierra; hoy no es la excepción y aunque cerca del cierre pregunta más de una vez si ha llegado el cansancio, el clamor, la respuesta, ese ruido semejante a un río desbordado lo impele a más. Y él se da, se torna generoso, se brinda. El romance prosigue.

La ruta solitaria
La trayectoria de Enrique Bunbury como solista, no obstante algunos altibajos derivados de su natural inquietud y su necesidad de alejarse de lo trillado, mantiene una innegable calidad. Radical sonora (1997), su debut, lo muestra desprendiéndose de las escamas, de los residuos rocanroleros del Bowie de los setenta. En Pequeño (1999) se anuncia el comienzo del flirteo con la música del mundo y aparecen los sonidos de los Balcanes mezclados con los del cabaret.
En Flamingos (2002), encontramos a un cantante en un ambicioso ejercicio de producción que arrojó un álbum denso, abigarrado y signado por la transición; en cambio, dos años después el doble El viaje a ninguna parte es una panoplia de sonidos, un muestrario de viajes y ritmos en donde lo mismo hay espacio para un tango, un corrido o un blues. Desde Helville de Luxe (2008), Las consecuencias (2010), Licenciado cantinas (2011), hasta el reciente Palosanto (2013), el cantante ha contado con la colaboración de Los Santos Inocentes, grupo que le ha permitido mantener unidad en un viaje que se ha hecho cada vez más personal e íntimo. (D.C.)

Programa
Despierta / El club de los imposibles / Los inmortales / Contracorriente / Hijo de Cortés / Ódiame / Más alto que nosotros sólo el cielo / Porque las cosas cambian / Destrucción masiva / El extranjero / Deshacer el mundo / El rescate / Los habitantes / Salvavidas / El hombre delgado que no flaqueará jamás / Hay muy poca gente / Frente a frente / Que tengas suertecita / De todo el mundo / Si / Lady Blue / Mar de dudas / Infinito / Bujías para el dolor / Sácame de aquí / El viento a favor.





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