sábado, 4 de enero de 2014

Orquesta Sinfónica de Minería y Mario Iván Martínez: Platícamelo otra vez

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

La música y los cuentos / 4 de enero, 2014 / Función única / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. - OSM.

David Cortés
Las piernas se mueven con rapidez a pesar de lo corto de su estatura. Su voz, apagada por el sofoco, apenas es audible: “¡Corre, corre, están dando la tercera llamada!”. El pequeño, tal vez de seis o siete años, de pronto se detiene, mira a su madre y vuelve a hablar: “¿Para qué la tercera?” y echa a correr otra vez.

Hay muchos niños en el Auditorio Nacional. La mayoría vienen expectantes. Algo les han contado sus padres para convencerlos de dejar por un momento sus tablets o videojuegos; otros, renuentes y enfurruñados, se acomodan con reticencia en sus asientos. No obstante, cuando la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM) comienza a tocar, se opera el cambio. Los semblantes se transforman, la sorpresa aparece, una sonrisa se dibuja: el embrujo de la música, aunado a una dinámica narración, comienza a funcionar. 
Sobre el escenario hay una conjunción de talentos. Mario Iván Martínez asume el papel de narrador; Iván López Reynoso, becario de la Dirección General de Música de la UNAM, conduce a la OSM que, al abrir el año, presenta un programa dedicado a los cuentos.
La magia la echa a andar el entrecruzamiento de medios. Sin apoyarse en un alarde de tecnología, el narrador toma sus títeres y comienza a contar la historia del pequeño Mozart. "¿Conoces a Wolfi?" es una obra incluida en el volumen XII de una colección de cuentos titulada Un rato para imaginar —producida, ejecutada y distribuida por Mario Iván Martínez—, que le valió a su autor ser distinguido con el Premio Nacional Alas de Plata en 2006 por su labor didáctica con los niños.
Uno no puede más que solazarse en los gestos, en las muecas, en esos ademanes que sin dejar de ser serios, sí quebrantan toda solemnidad e imprimen a lo contado un ritmo dinámico. Eso, más el desfile de los personajes —el propio Mozart, su hermana, su padre, el bedel, varios de ellos personificados por niños prodigio mexicanos— y la atinada batuta convierten esta primera parte en un festín a los oídos.
Hay que recordar que Iván López Reynoso es un músico excepcional. Tomó clases magistrales de dirección orquestal con Fernando Lozano y José Areán; ha dirigido, entre otras, la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata, la Orquesta Sinfónica Juvenil Silvestre Revueltas y la Filarmónica de Jalisco. También es un destacado pianista y director de ópera. Todos esos logros, a la temprana edad de veintitrés años, sólo son equiparables a los alcanzados por el legendario Eduardo Mata.
Ante lo visto y escuchado, uno no puede dejar de preguntarse qué sucedería en las escuelas si todos los infantes fueran introducidos a la música de esta manera tan lúdica y hermosa. Porque ora las cuerdas, ora las maderas se encargan de embelesarnos.
Su sonido en directo es tan profundo y conmovedor, que en las caras de los pequeños se advierte un brillo de emoción que bien podría iluminar el lugar. Y qué decir de sus risas cuando, llegado el momento, aparece un instrumento que no encuentra la melodía ("Tubby la tuba", música de George Kleinsinger y texto de Paul Tripp).
Es en ese instante, tal vez el más didáctico, que ensueño y risas se dan la mano sin contradicción alguna. La orquesta se presenta en cada una de sus partes y escuchamos las voces individuales. Así, nos enfrentamos a la aguda y hasta chillante voz del piccolo, a la gravedad del trombón que parece regañar a los asistentes con sus notas. El fagot, todo un señor emperifollado, también habla y, aunque muy sobrio, se da tiempo para la melodía. Luego, en pleno, el director hace cantar a la totalidad de la orquesta.
Sin embargo, la alegría no es duradera, porque en el centro, olvidada, está la tuba, robusto instrumento de potente voz que está destinado a sólo marcar el ritmo. Y esa grandulona, cuyo mejor amigo es una pequeña flauta, busca cómo cantar, pero no sabe hacerlo y se llena de vergüenza ante la burla de los demás (“le están haciendo bullying, mamá”, dice una pequeña en el balcón).
Del baúl de Mario Iván Martínez surge la rana, cuyo croar convence a la tuba de sus posibilidades sonoras. Son esos chispazos de magia, de realización de lo improbable, los que hacen memorable la ocasión.
 
Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
Y al final, lo que queda no es el recuerdo de estar en la víspera del Día de Reyes, sino el haber presenciado una suerte de milagro. Hoy, los rostros de los niños así lo muestran, se han celebrado varias epifanías. Un día como hoy, dentro de veinte o treinta años, otros pequeños correrán ansiosos hacia la puerta de acceso y conminarán a su padres a apresurarse, a presenciar cómo la música, esa señora invisible, se da la mano con la palabra y el teatro para crear una puerta que, una vez franqueada, es una invitación a un mundo de fantasía.

Más cuentos
Pedro y el Lobo, de Prokófiev, es considerado el relato sonoro dirigido a los infantes por antonomasia; sin embargo, no se trata del único, aunque sí del más nombrado.
Regularmente se trata de obras en las cuales los instrumentos personifican a bestias con una buena dosis de humor. Es el caso de El carnaval de los animales, de Camille Saint-Saëns, obra nacida como una broma —el autor incluso prohibió su publicación en vida— en donde los instrumentos encarnan a leones, gallinas, tortugas, entre otros. También podemos mencionar Fantasía (1940), largometraje de Walt Disney que contiene ocho piezas musicales dirigidas por Leopold Stokowski e interpretadas por la Orquesta Sinfónica de Filadelfia.
Es indispensable en esta breve relación citar el trabajo del compositor Carl Stalling, muy conocido por musicalizar los dibujos animados de la serie Looney Tunes, periodo formativo musicalmente hablando para quienes encontraron en los instrumentos musicales una multiplicidad de encarnaciones, tanto humanas como de la fauna. (D.C.)

Programa
¿Conoces a Wolfi? / Tubby la tuba.



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